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VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO |
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Hace unos meses incluí en este sitio cibernético las remembranzas
de mi breve temporada europea del 1957 ---VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO.
MI CORTA TEMPORADA DEL 1957 EN ESPAÑA---, en ellas aludía a que los resultados de esa
campaña habían sido decepcionantes, pues contrastaban radicalmente con la
triunfal y excitante campaña invernal 1956-7 que había tenido en América ---VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO. MI PRIMERA CAMPAÑA AMERICANA:
EL ECUADOR 1956-1957. A pesar de
la apenada nostalgia que me invadía escribir los recuerdos de esos sucesos en
España, concluía mi relato con este párrafo, con el que expresaba mi optimismo
y determinación para avanzar en mi carrera:
En cambio, en lo positivo
sentía que poseía cualidades intrínsecas para ocupar una posición mejor de la
que ocupaba en ese momento, y me
encontraba con la afición y la determinación intactas y dispuesto a reactivar
mi carrera comenzando en Ecuador en diciembre de ese mismo año. Eso será el
tema de mi próxima VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO si me da por escribirla.
Pues bien, dos meses después de escribir ese párrafo
aquí me encuentro de nuevo recordando lo que me sucedió desde que, acompañado
por el ya matador de toros ecuatoriano Fernando Traversari “El Pando”, dejé Madrid rumbo a América, hasta
que en Guayaquil, Ecuador, el 31 de diciembre del 1958 con Sally Norton, la
joven que pronto sería mi mujer, alegremente despedíamos el año. No obstante, antes de proseguir con
esa historia americana, me referiré a los antecedentes a ese viaje.
Al volver a
España del Ecuador en mayo del 1957, seguí
en contacto en Madrid con “El Pando” quien, en su función de empresario de la
plaza de Quito, había sido quien me había contratado para actuar en las dos
corridas de la Primera Feria de Quito en diciembre del 1956 y quien, antes de
dejar Ecuador, me había apalabrado otras dos corridas para lo que hubiera sido
la segunda edición de esa feria. Yo quedé en echarle una mano con esa organización
en Madrid. Por lo tanto, cuando nos
veíamos cambíabamos impresiones sobre el asunto. “El Pando” contrató para dos
corridas cada uno a Cayetano Ordóñez “El Niño de la Palma” hijo y a Bartolomé
Jiménez Torres, y acordamos que ellos compartirían con el torero
ecuatoriano el cartel de la primera
corrida y que yo entraría en los carteles de las dos siguientes corridas.
Traversari también contrató a mi buen banderillero y amigo Máximo Gonzáles,
quien intervendría en todos los festejos en donde nosotros actuásemos en
Ecuador. Por otro lado, antes de partir para Ecuador Jiménez Torres organizó un
festejo en Ecija (Sevilla), su tierra, para que, con él de testigo, Cayetano le
diera la alternativa a “El Pando”. Además, antes de salir de España yo tenía ya
contratada con otra empresa ecuatoriana una
corrida para el 8 de diciembre hacer mi debut en Guayaquil.
A último de noviembre, antes de dejar Madrid “El
Pando”, mi representante Antonio Posada y yo, invitados por el director de DIGAME, nos pasamos por la redacción de
la revista para informar sobre nuestro viaje y los planes para la temporada taurina en Ecuador. Al día siguiente de
esa visita, encima del titulo de la noticia de prensa titulada MAS TOREROS AL ECUADOR aparecía una foto nuestra con este pie aclarativo:
Los
matadores de toros “El Pando” y Mario Carrión, acompañados de don Antonio
Posada, se despidieron de nosotros ante de emprender los dos primeros su viaje
al Ecuador. Junto a Mario Carrión aparece el doctor don Gabriel Tera, médico de
la enfermería de Villanueva del Arzobispo, el cual curó a Mario de una grave
cornada en el pecho. (Foto Santos Yuvero).
Lo que en DIGAME no se decía era que en realidad salimos primero
para Nueva York, pues “El Pando” tenía una hermana que vivía allí y planeaba
visitarla haciendo escala en esa urbe norteamericana a su vuelta a Quito. Por
lo tanto, me convenció, sin tener que hacer mucho esfuerzo, para que yo le
acompañara, con la promesa de que él y su hermana harían de guías para
enseñarme los puntos turísticos de esa inmensa ciudad. Acepté y por tres días,
borrando de mi mente mi obsesiva preocupación con la venidera temporada
americana, admiré en vivo la monumentalidad y modernidad de una ciudad que ya
conocía por las imágenes en el celuloide.
A primero de
diciembre “El Pando” y yo dejamos ‘la ciudad de los rascacielos’, yo hacia
Quito y el torero quiteño hacía
Bogotá, en donde tenía que arreglar algunos
asuntos. Conforme mi avión se aproximaba a la altísima capital ecuatoriana daba
la impresión que las alas iban a chocar en contra de los enormes picos andinos,
debajo de los cuales Quito se esconde pero, como por arte de magia, el piloto
escurría el avión por los cañones entre esos escabrosos promontorios. Mi
emoción era tan intensa pensando en todo lo bueno que había experimentado
durante el invierno anterior en esa ciudad, la que me había adoptado como
torero y en donde me había encontrado como en casa, que no sentí miedo de que
el avión se estrellara al hacer esas difíciles maniobras. Así que cuando me di
cuenta ya la nave de Avianca estaba inmóvil y segura posada en la pista del
aeropuerto. Al día siguiente en la noticia que se publicó sobre mi llegada en
el DIARIO DE QUITO leí sobre mis sentimientos sobre la ciudad y su gente
expresados por mí al reportero “Gitanillo”, y entonces, lo mismo que ahora,
reconozco que esas palabras eran genuínas y me habían salido del alma. Esta fue
la noticia:
MARIO
CARRION EN QUITO, EL PANDO LLEGA EL LUNES
En
“El Colombiano” de Avianca arribó ayer a esta ciudad, procedente de Bogotá,
penúltima escala de su vuelo internacional, el conocido diestro hispano Mario
Carrión. En el aeropuerto fue recibido por un grupo de aficionados y amigos que
estuvieron a dar la bienvenida al pundonoroso matador de toros, que tantos
recuerdos dejó en Quito en la temporada pasada...Carrión viene a actuar por
segunda vez en nuestras plazas ávidas de ver al valiente torero que a fuerza de
entusiasmo y afición logró conquistar un sitio más en esta tierra taurina. “Le
ruego, Gitanillo”, fueron sus primeras
palabras “ que dé un saludo especial para esta simpática afición de Quito, y
decirle que no he regresado al Ecuador, sino que no me he ido de Quito. Es que
lo he tenido tan dentro, lo he recordado tanto, que parecía que me encontraba
en la misma ciudad capital del Ecuador”.
Como en la temporada anterior establecí mi
residencia durante mi estancia en Ecuador en el Hotel Majestic, y cuando unos
días después llegaron a Quito los diestros Cayetano Ordóñez y Bartolomé Jiménez
y el subalterno Máximo González también
ellos se alojaron en el mismo establecimiento.
El Hotel Majestic, el que ya no existe desde el año
1974, estaba situado en el centro de la ciudad, con una de las fachadas
dando
frente a la bellísima Plaza de la Independencia y recordaba a los añejos
hoteles europeos. Una de sus dependencias era un ‘salón de té’, que era un
centro social donde la gente se reunía por las tardes para relajarse, siguiendo
la costumbre inglesa de la ‘hora del té’. Este salón, debido a nuestra estancia
en el hotel siguió siendo, como durante la temporada 1955-6, el centro taurino
de la ciudad, y aun más con el genial
Cayetano Ordóñez presente. Cayetano era una persona bohemia, simpática y
dicharachera, y no tardó mucho para que su presencia se hiciera sentir en el
salón, formándose siempre la mayor tertulia a su alrededor, formada por
nosotros los toreros, y un grupo de buenos amigos y aficionados ecuatorianos,
encabezados por los hermanos Andino, los dueños del hotel. Las risas del grupo,
causadas por las ocurrencias del rondeño, animaban el ambiente del sobrio
local. Pronto se hizo popular el decir entre los huéspedes y locales,
“sentémonos en la mesa de los toreros para oír las cosas de Cayetano” --- VIVENCIAS: ‘LAS COSAS DE CAYETANO’.
Pronto a Ordóñez le tocó ponerse serio, porque el
maduro maestro encabezó el cartel de mi debut en Guayaquil el día 8 de diciembre. Cerraba el cartel Fernando Traversari “El Pando”, quien
también hacía su presentación en esa ciudad costeña. Los toros de “Antisana”,
en general, fueron mansos pero manejables, excepto el sexto que fue un buey de
carretas. “El Pando” se negó a torearlo, promoviendo tal escándalo que el
público casi destruye la plaza. Menos mal que los espectadores se calmaron
aplaudiendo a Ordóñez y a mí cuando nos sacaban a hombros. Tuve un buen debut
en esa ciudad costeña, al ejecutar una faena a un toro con dificultades, de la
que uno como artista se siente realizado. En esta plaza, como veremos, luego
volví a torear en varias ocasiones más. La siguiente reseña de EFE se publicó
en la revista española DIGAME y otras publicaciones del mundo taurino:
El domingo 8 se celebró una
corrida de toros en la Plaza de la Macarena de Guayaquil con lleno completo. Se
anunciaron toros de media casta que resultaron mansurrones. El último de
imposible lidia, dio lugar a una airada protesta del público. El diestro
quiteño El Pando cargó con los dos bureles más mansos del encierro y no tuvo
lucimiento. Ante el alboroto que dio lugar la mansedumbre del sexto toro, que
huía hasta de su sombra, El Pando se negó a matarlo...Cayetano Ordóñez se
mostró como torero sobrio y conocedor, de muy buena muleta. Mató a su primer
astado de una buena estocada y se le otorgaron las dos orejas y el rabo.
Repitió la suerte en el cuarto y volvió a cortar los mismos trofeos. Mario
Carrión estuvo valiente y artista en sus dos toros. Mató al quinto de una buena
estocada y cortó las orejas y el rabo. Fue la labor de Mario en este toro lo
mejor de la corrida.
El 29 de diciembre Cayetano Ordóñez y yo, después
del triunfo que conseguimos en nuestra presentación, hicimos el paseíllo de
nuevo en la Plaza de Toros de la Macarena de Guayaquil. Esta vez íbamos
acompañados por Enrique Vera para enfrentarnos con un encierro mixto de
“Yanahurco” y Arturo Gangotena. Esa tarde, por segunda vez en 1957, resulté
cogido. Sucedió cuando, después de
haberle cortado un apéndice al primer astado de mi lote, toreaba de muleta a mi
segundo toro, un marrajo de “Yanahurco”, que había salido manso y bronco. La
cogida asustó al público pues veían como yo sangraba profusamente por el
costado, y a mí también me intranquilizó, pues pensé en el muy grave percance
que sufrí en 1953 en España en el pueblo jienense de Villanueva del Arzobispo,
cuando un novillo me perforó la pleura y el pulmón. Pero mis temores no se
realizaron, pues llevaba una herida limpia que no había comprometido a ningún
órgano importante. Por lo tanto, pensé que después de unos días estaría listo
para continuar mi campaña americana. Este fue el único susto que recibí en mis
campañas americanas y la última vez que entré herido en la enfermería de una
plaza de toros. El parte facultativo emitido por el doctor Crespo y Harb decía
así:
Durante la lidia del sexto
toro de la tarde ingresó en la clínica del doctor Crespo el diestro español
Mario Carrión herido por asta de toro en hueco axilar izquierdo de tres
centímetros de profundidad y diez de trayectoria, con compromiso de las paredes
de los vasos axilares. Diez puntos de sutura, previa ligadura y hemostasia de
los pequeños vasos sanguíneos.
Y este fue el parte con los resultados del festejo
emitido por Alfredo Paredes para DIGAME:
ECUADOR. Cayetano Ordóñez,
Enrique Vera y Mario Carrión. Quito 29. En guayaquil se celebró esta tarde la
segunda corrida de toros con numeroso público. Cayetano Ordóñez mató cuatro
toros [dos de
su lote más el que me hirió y uno de regalo] y estuvo superior cortando una oreja. Enrique Vera se llevó las dos
orejas de su primer toro, y en su segundo fue ovacionado con vuelta al ruedo. A
Mario Carrión le fue otorgada la oreja del quinto. Resultó con una herida leve
en la axila.
Como
la herida no era grave, con el visto bueno del
médico, decidí irme por avión a Quito para que un cirujano amigo examinara la
herida. El médico quiteño me permitió permanecer en la habitación del Hotel
Majestic en vez de la clínica, así que pasé allí la Noche Vieja y allí se
reunieron mis compañeros Ordóñez y Jiménez con otros amigos para brindar juntos
por el Año Nuevo. Durante los cuatro o cinco días que permanecí encerrado en mi
habitación, era raro que pasara un minuto sin que algunos amigos o amigas me
estuvieran visitando. En apenas una semana del percance ya comenzaba a hacer
mis entrenamientos, aunque con algunas molestias, para luego probarme con unas
becerras. Me sentía como nuevo y deseando otra vez de estar delante de un toro.
Una de las personas que me visitó un par de veces
mientras que me recuperaba era el padre carmelita Luis Alberto Luna. Menciono su nombre pues durante
mi estancia en Quito, desde que con Victoriano Posada llegué a esa ciudad en
diciembre del 1956, este humilde hombre religioso y gran aficionado a los toros
sutilmente e informalmente jugó un
papel espiritual para mí y para algunos de mis compañeros. El padre era un
joven sacerdote carmelita español que residía en el Convento de Santa
Teresita
de Quito, en donde también vivían otros religiosos españoles, entre ellos el
simpático hermano José María. No recuerdo como Victoriano y yo lo conocimos,
pero sí que “el Padrecito”, como le llamaban los parroquianos quiteños, nos
invitó a comer en el convento y compartimos las viandas con él y los otros
miembros de la orden. Esta comida y otras subsiguientes se convirtieron en
amenas tertulias que se extendían por horas, en las cuales hablamos de toros y
de todo, contábamos chistes y nos regañaban cariñosamente cuando se enteraban
de nuestras aventurillas amorosas y, entre broma y broma, nos daban sabios
consejos. A mi vuelta a Quito en 1957 continué estas agradables experiencias, y
a estas reuniones se nos unieron mis compañeros Cayetano y Bartolomé. De alguna
manera alguien sugirió que como se nos vería luciendo los hábitos religiosos en
vez de los trajes de luces, y ni corto ni perezoso, uno de los hermanos nos
trajo hábitos para que nos “disfrazáramos” de monjes, y así vestidos nos
fotografiamos. Sobra decir que les regalábamos algunas entradas para los
toros, y que algunos de los monjes,
medio a escondidas, fueron a la plaza para vernos actuar, y sin duda,
también cuando nos veían en peligro, rezarían por nosotros. Los recuerdos de
las horas pasadas en ese convento con hombres tan religiosos, buenos y
humildes, y a la vez comprensivos y humanos, perduran en mi mente como algo muy
especial.
Más que el percance en Guayaquil me dolió lo
sucedido con relación a “El Pando” entre las fechas de mis dos actuaciones en
Guayaquil, pues eso pudo haberme fastidiado la campaña americana. Sin
puntualizar demasiado explicaré el asunto lo más sucintamente posible.
Manolo Cadena era otro ecuatoriano que, al igual que
“El Pando”, se había ido a España para hacerse torero pero, a diferencia de
Fernando, la familia era rica. Lo apoderaba el matador de toros madrileño
Jerónimo Pimentel, quien estaba en el proceso de cambiar la espada y la muleta
por los tejes y manejes de los asuntos taurinos. Jerónimo pasó el anterior
invierno en Quito y , aunque actuó entonces en un par de festejos,
aparentemente había estado haciendo discretos planes para organizar con el
capital de su apodernante una temporada en Quito, en la cual Cadena se
presentaría ante sus paisanos. Como base de esa temporada Pimentel había
contratado a Enrique Vera y al excelente rejoneador Bernardino Landete, y él
mismo Pimentel completaría los carteles cuando fuera necesario. Vera en esos
momentos contaba con gran popularidad por haber actuado de galán con Sarita
Montiel en la taquillera película “El último cuplé” y también había actuado en
el extraordinario film taurino “Tarde de Toros”, con Domingo Ortega y Antonio
Bienvenida.
Fueran cuales fueran las razones, el socio
capitalista de “El Pando” le falló después de la primera corrida, y Pimentel y
Cadena se quedaron como empresa de la plaza de toros quiteña. Inmediatamente y,
como era lógico, Cayetano y Bartolomé se arreglaron con Pimentel, y yo por
lealtad a Traversari me quedé momentáneamente esperando que él organizara otros
festejos.
Sin embargo, al comprobar que tales festejos no se
materializaban, le dije que no lo hacia responsable de indemnizarme por mis
contratos incumplidos, pero que yo me quedaría libre para torear con quien me
contratara y alternar con quien fuera, pues yo estaba en América para torear y
no para imbuirme en conflictos ajenos. Tengo que añadir que a Fernando no le
había hecho gracia el que yo alternara en mi segunda actuación en Guayaquil con
Vera, aunque la empresa no tenía nada que ver con Pimentel. Como consecuencia
de estos contratiempos me quedé sin torear en la capital hasta Marzo, y mi
amistad y buena relación con “El Pando” se deterioraron hasta tal punto que
apenas nos vimos ni nos hablamos durante el tiempo que él y yo permanecimos en
su país.
Sentí enormemente el rompimiento con Fernando pues
durante toda la temporada invernal anterior el matador salmantino, ya retirado,
Victoriano Posada, “El Pando” y yo habíamos formado un trío inseparable que competía
en las plazas ecuatorianas para reavivar la afición y, a la vez, disfrutamos
con una intensa vida social. También en España, como antes relaté, habíamos
continuado siendo buenos amigos.
No volví a actuar hasta el 9 de febrero en Ambato y
una semana después en Riobamba, pero antes de contar los resultados de esas dos
actuaciones dejaré el asunto taurino para hablar de dos mujeres atractivas
americanas, una escritora y aventurera a la que inspiré para escribir en inglés
una novela de aventuras con contenido taurino, y una elegante señorita, de la
que me enamoré locamente y que luego me inspiraría para en poco más de año
cambiar el rumbo de mi vida.
En diciembre del 1956 conocí a la joven escritora
Jane Dolinger que con su marido, un antropólogo, se hospedaban también en el Hotel Majestic en Quito. Estaban allí
para continuar el viaje hacia El Oriente ecuatoriano, para desde allí
adentrarse en la selva amazónica con el propósito de escribir un artículo sobre
los indios jíbaros.
Sin embargo, al ellos hacerse amigos de Victoriano
Posada y mios se interesaron por los toros y decidieron retrasar su viaje para
escribir un artículo sobre el toreo con nosotros como protagonistas. Los
incluimos en nuestro mundo, y nos hicieron cincuenta mil preguntas y montones
de fotos. Llegó la hora de decir adiós y quedaron en volver la temporada
siguiente. Pensé que se olvidarían del toreo, pero al volver yo en diciembre
del 1957 me los encontré de nuevo en el hotel, y Jane me dijo que en vez del
artículo sobre el toreo había decidido escribir una novela con el título de
VERÓNICA, y a la que le estaba dando los últimos toques antes de publicarla.
Nos pidió permiso que para, sin leer siquiera la novela, usar nuestros nombres
para ponerlos con fotos en la cubierta recomendando su obra. Pero ahí no quedó
la cosa, pues también me dijo que si yo lo permitía ella escribiría el prólogo
como si yo lo hubiera escrito. Me tradujeron por arriba lo que yo supuestamente
expresaría en el texto del prólogo, y acepté pensando que esto era una manera de promover
el toreo en el mundo anglosajón. Cuando
aprendí inglés y fui capaz de leer VERÓNICA aprecié el ángulo anecdótico e
irónico de aparecer como haber escrito
un buen prólogo para una novela
en inglés cuando aun no era capaz ni de hablar ni de leer o escribir ese
idioma. De ninguna manera ahora me adjudicaría el crédito literario por algo
que no escribiera yo mismo pero, al mismo tiempo, comprendo que cuando se es
joven es difícil no complacer a una mujer atractiva cuando nos pide un favor.
Cuando me estaba recuperando del percance en la
axila conocí en una fiesta a la joven norteamericana Sally Norton. De
inmediato, le eché el ojo, y aunque ambos estábamos acompañados, tuve el
atrevimiento, o la desvergüenza, de decirle que se viniera conmigo y que nos
perdiéramos sin nuestros acompañantes. Naturalmente no accedió. Conseguí su
teléfono con
la intención de pedirle disculpa por mi osadía en la fiesta, lo
que así hice, aunque le dije jocosamente que ella era la culpable de mi
indiscreción por ser tan atractiva. Continuamos sosteniendo interminables
conversaciones telefónicas durante unos días, y al fin la convencí para que
saliéramos juntos. Al principio, yo pensaría que la relación con Sally, iba ser
como con tantas otras, el establecimiento de una agradable amistad, que luego
ambos olvidaríamos. Pero, no fue así, al verla, al charlar con ella, al estar
juntos, me sentía en las glorias, y el estar con ella se me convirtió en una
necesidad. Como consecuencia, comencé a estar más y más tiempo con ella, y
menos con mis otras amistades. Además, a menudo, lo que para mi era algo raro,
cuando un día no nos veíamos, pensaba en ella, cosa que no me había pasado
antes con otras mujeres. Si esas acciones y sentimientos eran señales de
enamoramiento probablemente los serían, yo no las hubiera reconocido, pues los
estaba experimentando por primera vez en mis 25 años de vida. Lo curioso es que
no nos declaramos como novios formales o “enamorados”, como lo llamaban en
Ecuador, sino lo nuestro fue una relación que creció y se solidificó antes de
que tuviéramos un compromiso formal. Con Sally hablaba de todo menos de toros,
pues ella no era aficionada.
Sally llevaba unos años viviendo con sus padres en
Quito, y estaba completamente integrada en la cultura y la sociedad local.
Trabajaba como traductora con la compañía IBM. Desgraciadamente, apenas a los
dos meses de conocernos, Sally y su familia se mudaron a Guayaquil, adonde a su
padre, quien trabajaba con una compañía petrolera, lo habían destinado. Esto no
enfrió nuestra relación. Al contrario la acrecentó, pues nos echábamos mucho de
menos, y yo para remediar la situación de ahí en adelante aprovecharía
cualquier ocasión para irme unos días a esa ciudad costeña para estar cerca de
mi “Gringa”, como yo cariñosamente comencé a llamarla.
Volvamos al tema taurino. En Ambato toreé el 9 de
febrero. Se reinauguraba la Plaza de Toros de “La Macarena” que había sido
remozada y ampliada, y el cartel lo componíamos el rejoneador Bernardino
Landete, Jerónimo Pimentel y yo con un encierro de “Yanaurco”. Era mi primera
actuación después del percance de Guayaquil y después de haber roto el
compromiso con “El Pando”. El ganado fue peor que malo, excepto por el primer
toro para el caballero, quien tuvo una actuación muy lucida mientras que
Pimentel estuvo en maestro y yo anduve muy valiente. Los tres fuimos
aplaudidos, aunque salimos del coso sin trofeos en nuestro haber. Esa tarde se
recordará por haberse estrenado la plaza, pero no por nada de lo que sucedió en
el ruedo.
En cambio,
una semana después volví a torear en Riobamba, en donde tuve otro gran éxito,
aun superior al de mi presentación en esa plaza en abril del año anterior. Hice
el paseíllo, sustituyendo al lesionado Enrique Vera, con Pimentel y Cadena
Torres para lidiar un encierro de “Pedregal”. Alfredo Paredes, el corresponsal
de "El COMERCIO", juzgó así mi buen hacer en el ruedo:
Mario Carrión valor y arte
puso en el asador, porque el macareno no vino a esta corrida a ver los toros,
ni para que se le aplaudiera en el paseo, sino a torear, a que lo vieran a él,
que no quiere diluirse en una tarde borrosa. Y como torea muy requetebién de
capa, y es un muletero de una vez, esta faena, la mejor que ha realizado en el
Ecuador, fue digna de hacerla en Madrid o Sevilla; pero no obstante creo que la
Macarena se asomó a Riobamba para contemplar a su hijo como se desenvolvía. En
el segundo toro de la tarde, su primero, tras cuidarle con esmero, no dejando
que nadie interviniera, hizo que pasara a banderillas con la mayor brevedad.
Fue esta una faena de una sola pieza, ligada, honda, y alegre a la vez,
facilota, con esa facilidad de quien domina la asignatura. Series de naturales
lentos, derechazos interminables, rítmicos, y toda la escala de adornos de la
mejor especie. Después de este faenón, la estocada hasta la mano, entrando y
saliendo como si estuviera en su casa. Se amorcilló el toro y tuvo necesidad de
descabellar, lo que consiguió al segundo intento. Una oreja...la otra, las
dos...Loor a Mario Carrión...En su segundo tuvo detalles de buen torero. Era
manso, y como tal, con quitárselo de en medio hizo bastante. Dio la vuelta al
ruedo en mérito de lo realizado.
En el mes de marzo salí de Ecuador para torear por
primera en otros países americanos. El día 17 debuté en Lima, Perú, y día 23 en
la Ciudad de Panamá, Panamá, con diferentes resultados artísticos.

Hice el paseíllo por el ruedo de la tradicional
Plaza de Toros del Acho de Lima con mi paisano Enrique Vera y el mexicano
Antonio del Olivar, los tres éramos nuevos en esa plaza, para enfrentarnos con
una seria corrida de “Pauca”. Desdichadamente yo dejé poco recuerdo en Lima, a
pesar de arrimarme a los dos toros de mi lote. Al primero lo pinché en demasía, y al segundo, el peor
del encierro, lo mandé al desolladero de un estocadazo después de pelearme con
él. Fui aplaudido al completar mis dos intervenciones. Salí del coso con un
sabor amargo en la boca, pues había soñado con triunfar en esa plaza, entonces
la de más prestigio de América del Sur. Mi desencanto aumentaba al pensar en
que Vera había dado dos vueltas al ruedo al cuajarle una buena faena a un buen
toro después de pincharlo, y en que el diestro mexicano había cortado una
oreja. En ocasiones como esas un torero con pundonor y ambición no duerme esa
noche.
En cambio, los resultados fueron los opuestos en la
Ciudad de Panamá, en donde después de algún tiempo se estaba dando una
temporada taurina, y en el quinto festejo, celebrado el 23 de marzo, toreé mano
a mano con el veterano diestro mexicano Manuel Jiménez “Chicuelín”. Lidiamos un
encierro, compuesto mitad y mitad por toros de una ganadería
mexicana y otros
de una recién formada ganadería local. El ganado local fue ilidiable, pero con
los toros mexicanos nos lucimos. El diario EL PANAMA AMERICA en un
párrafo insertado al pie de unas fotos con imágenes de nuestras actuaciones,
después de criticar la mala calidad del ganado local, concluía:
...afortunadamente los dos
toros mexicanos que se lidiaron al final salvaron la tarde conquistando los
toreros Mario Carrión y Manuel Jiménez
“Chicuelín” sendas orejas. Arriba [con referencia a la foto], el español Carrión dándose gusto con el toro al que hizo una
magistral faena, abajo [con referencia a la foto] “Chicuelín” toreando en el estribo. El mexicano hizo alarde de valor
y también hizo una gran faena que el público premio con aplausos. Ambos
cortaron orejas y dieron la vuelta al
ruedo. El público salió satisfecho del espectáculo.
Al recordar estos hechos se me hace irónico que en
aquellos momentos del éxito panameño mis sentimientos eran ambivalentes, por un
lado estaba satisfecho y feliz por este último triunfo, y especialmente por
haberme sentido torero al haber conseguido torear para mí mismo, y al mismo
tiempo muy triste al pensar que los resultados deberían haber sido opuestos,
haber tenido una tarde anodina en Panamá y haber ejecutado una magistral faena
en Lima. Así son las cosas con los humanos, pues a veces no disfrutamos
suficientemente de los buenos logros sin ponerles peros.
Al regresar de Panamá, como mi próxima actuación no
sería hasta el 13 abril en Quito, aproveché este tiempo libre para quedarme en
Guayaquil para visitar a Sally hasta que se aproximara esa fecha. Para estar
cerca de ella me hospedé en una residencia situada a menos de una manzana de la
casa en donde ella vivía con sus padres y sus tres hermanos. Su madre era
aficionada a los toros y estaba encantada con nuestra relación, mientras que su
padre me trataba cortésmente pero apenas me toleraba. Supe luego que no era
nada personal sino que pensaba que los lo toreros, como los marineros, teníamos
un amor en cada puerto y luego lo dejábamos. En cambio los hermanos me
adoptaron como a un hermano mayor y Sally y yo los incluíamos en muchas de
nuestras actividades. En fin que encontré en ellos un sustituto de mi añorada
familia que estaba en la lejana España. Como Sally no había vuelto al trabajo,
teníamos todo el día libre para ir a pasear, a la piscina, a las playas
cercanas, al cine casi diariamente, a comer fuera, a bailar o a visitar a algunos
amigos.
A diferencia de Quito, en Guayaquil, aunque se daban
corridas, no existía apenas afición, por lo tanto yo podía pasar desapercibido,
lejos de las miradas curiosas de la gente. No echaba de menos el politiqueo
taurino que ya se estaba desarrollándose entre los compañeros y los taurinos en
Quito, pero sí la presencia de algún otro torero o aficionado con quien poder torear juntos de salón. Lo hacia solo
en la habitación del hotel sin que nadie me hiciera de toro y luego completaba
el entrenamiento haciendo gimnasia y caminando o corriendo un par de
kilómetros.
Todo iba viento en popa y el tiempo voló en compañía
de mi novia y disfrutando de lo que podría llamar unas vacaciones de mi
obsesión con el toreo. Entonces llegó el tiempo de despedirme de Sally,
despedida que hubiera podido ser un adiós para siempre, pero la suerte o el
destino se puso de mi parte para que así no fuera. Me explico.
Tenía reservado mi pasaje de Guayaquil a Quito en un vuelo de la compañía
nacional Aviación Area para el martes 8, cinco días antes de torear en Quito.
Sin embargo no lo usé, pues la noche
antes del viaje tuve un encuentro casual con buen amigo quiteño que
afortunadamente me hizo cambiar mis planes. Cuando cenaba con Sally en el
restaurante Rincón de México ese amigo me insistió en que lo acompañara a Quito
en el coche que él acababa de importar de los Estados Unido, pero yo me
resistía, pues en aquel entonces el hacer ese viaje por carretera era una
incómoda y pesada aventura. Entonces para salirme del paso le di una respuesta
vaga como “ya veré lo que hago por la mañana”. Pero cual fue mi sorpresa
que a la mañana siguiente muy temprano mi amigo se presentó en mi habitación
del hotel para recogerme, y yo por hacerle el favor, sin siquiera cancelar mi
pasaje ni avisar a Sally, hice rápidamente la maleta y me fui en su automóvil
con él para Quito.
Al anochecer llegamos cansados a las puertas del Hotel Majestic en
Quito. Invité a mi amigo a tomar algo en el
‘salón de té’, en donde Cayetano Ordóñez se encontraba. Al verme,
mirándome como si estuviera ante la presencia de un fantasma, muy serio,
exclamó con exagerado énfasis: “Mario
¿qué haces aquí si tú estas muerto?”.
Yo sonreí porque creía que era una de sus ocurrencias, pero no era
broma, sino su reacción a una tragedia en la que él asumía que yo estaba
envuelto. Resulta que el avión en el que yo debiera haber volado, se había
estrellado contra un pico andino causando la muerte de los tripulantes y todos
los pasajeros, cuyos restos fueron encontrados cubiertos por la maleza varios
días después. Volví a nacer ese día...y con esa buena suerte como iba yo a
temer a un toro en la corrida que se aproximaba.
Había expectación por la corrida del domingo 13 de
marzo que se anunciaba en los carteles como Grandiosa Corrida de Gala.
Auspiciada por el Excmo. Sr. Presidente de la Republica Dr. Camilo Ponce
Enríquez quien dona una artística OREJA DE ORO que será disputada en esta
suntuosa Corrida a Beneficio de los Damnificados de Esmeraldas. Se refería al terremoto que había ocurrido meses atrás en el pueblo de
Esmeraldas y que había causado grandes pérdidas humanas y materiales.
Actuábamos desinteresadamente el rejoneador Bernardino Landete y tres de los
cuatro diestros españoles que nos
encontrábamos en el Ecuador, Pimentel, Vera y
yo, más el matador colombiano Manolo Zúñiga y el nacional Manolo Cadena Torres.
Los toros pertenecían a la ganadería “Pedregal Tambo”, de Arturo Gangotena.
Creo que mi presencia en el cartel era un aliciente
importante, ya que reaparecía después de haber quedado fuera de la temporada
oficial, debido a un ilógico antagonismo entre “El Pando” y Cadena, los dos
empresarios y toreros locales. Esta expectación por verme probablemente también
aumentaría por el aspecto morboso de ver torear a un espada cuyos restos
pudieran haber estado esparcidos por la
jungla ecuatoriana a causa del reciente accidente aéreo. Los medios de
comunicación hicieron una gran campaña publicitaria apuntando el aspecto
benéfico del festejo, e incluso se publicaron imágenes del Presidente Camilo
Ponce recibiéndonos en el Palacio Presidencial para desearnos suerte. El
público respondió llenando la plaza, contribuyendo con ello al éxito económico
del evento.
El resultado artístico para mí no hubiera podido ser
mejor, pues mi actuación me hizo merecerme el trofeo en disputa de la Oreja de
Oro, y además dejé constancia ante la afición de la injusticia que se había
hecho conmigo al haberme quedado fuera de la temporada oficial por el
politiqueo taurino. Detalladamente en EL COMERCIO de Quito se relataba mi actuación de esta manera:
CARRION Y PIMENTEL HICIERON LA CORRIDA, PERO MARIO FUE EL TRIUNFADOR, LLEVÁNDOSE LA OREJA DE ORO. PIMENTEL SE ADJUDICO LA MEDALLA DE ORO
Mario Carrion fue el triunfador de la corrida, le
tocó un toro con más leña, pero con bravura y suavidad. Abrió el capote y
prendió la alegría en la plaza. Seis verónica quietas que el público lo premió
con una sonora ovación que Carrión tuvo desde el primer tercio que agradecer
montera en mano. Es que Carrión toreó con solera y con kilates, y sobretodo con
voluntad. Parecía un novillero con hambre...Y vino la faena de muleta, que el
público estaba loco por ver. Empezó con una señorial pedresina, y luego nos
hizo ver unos muletazos ceñidos y toreros. Echó la pañosa a la izquierda,
corrió la mano y ejecutó unos naturales con alardes de gracia y de valor. La
gente se entregó a diestro y se coreó el grito de TORERO, TORERO, TORERO. Había
delirio en la plaza, locura de fiesta brava. Y para hacer más airosa la faena,
Carrión regaló unos molinetes de rodillas y de pie, haciéndose acariciar por
las astas del bravo pupilo de Arturo Gangotena. Los primeros claveles empezaron
a pintar la arena y los pañuelos blancos, antes que ejecutara la última suerte,
empezaron a blanquear los tendidos. A la tercera estocada entregó Mario su
enemigo a las mulillas. La presidencia con acierto, le otorgó una oreja, bien
ganada porque mereció el consenso del público que coreó a pulmón lleno. Luego
Carrión, en plan de torero caro, recorrió el anillo por dos veces devolviendo
prendas, flores y agradeciendo la ovación cariñosa de la afición capitalina.

Después de torear esta corrida debiera haber sido
tiempo para volver a España, pero al no tener en esos momentos ni contratos ni
apoderado en mi país, mi plan consistía en
continuar toreando en Sud América hasta que se arreglara el convenio con
México para poder proseguir mi campaña en el país azteca. Allí podría a
continuar añadiendo laureles a mi carrera para volver a España triunfante, y entonces
buscar un buen apoderado. De momento, tenía contratada una corrida en
Guayaquil en junio y dos en Colombia en julio. Así que pasaría el mes de mayo y
parte de junio muy bien acompañado en Guayaquil hasta el día de mi actuación y
luego volvería a Quito antes de proseguir para Cali. En esa bella ciudad del
Valle del Caúca establecería mi residencia temporal mientras durara mi campaña
en Colombia, o hasta que el convenio con México se arreglara.
En Guayaquil la
corrida estaba anunciada para el 15 d
junio con el rejoneador Bernardino Landete y el veterano torero ecuatoriano
Edgar Puente con un encierro mixto de dos toros de “La Candelaria” para el
caballero, y cuatro de José Delgado para los de a pie. Ahora bien, el festejo
se suspendió por lluvia hasta el domingo siguiente. Ese día los toros mansearon
en demasía, por lo que, excepto por una excelente actuación de Landete en su
primer toro y una buena faena mía al
segundo cornúpeta, el resto de la tarde la pasamos persiguiendo por el ruedo a
cuatro bueyes que huían de sus propias sombras. Lo que estaba pasando en
Ecuador con el ganado bravo era que por haberse celebrado más festejos que era
la norma, los ganaderos estaban lidiando cualquier animal con cuernos, pues las
camadas eran muy cortas. Esta sería la última corrida que toreara en Ecuador en
1958. A pesar de la mansedumbre del ganado y de haber pinchado en demasía
conservé mi cartel en esa ciudad, en donde volvería a torear en enero del 1959.
En el diario EL TELEGRAFO esto se escribía de mí actuación:
Animado por el buen éxito de la primera Feria de
Diciembre en Cali, cuando la Plaza Monumental se inauguró, una empresa formada
por Jerónimo Pimentel y capitalizada por un comerciante caleño organizó una
mini temporada en Cali, la que denominaron Feria de Julio. El abono se componía
de dos corridas de toros para el fin de semana del 19 y 20 de julio y un
festival para el domingo 27. La base del programa para las dos corridas era
Enrique Vera, que como ya hemos dicho en esos momentos en toda América era una
gran novedad por haber sido uno de los protagonistas de la famosa película “El
último cuplé”. Completábamos los carteles,
el matador mexicano Miguel Angel, el colombiano Manolo Pérez, quien
acababa de doctorarse en México, Pepe Ordóñez, el rejoneador Bernandino Landete
y yo.
Para Landete su actuación en Cali iba a ser la
primera como un hombre casado, pues poco antes de emprender su viaje a esa
ciudad había contraído matrimonio en Quito con una joven quiteña, como también
recientemente lo había hecho con una señorita costeña en Guayaquil el diestro
salmantino Victoriano Posada, quien en la temporada anterior ecuatoriana había
compartido casi todos los carteles conmigo. Yo embromaba al caballero diciéndole
que “Cupido estaba muy ocupado dando certeros flechazos a los toreros en
Ecuador, y que a ver quien iba a ser su próxima víctima”. Existía una ironía en
mi broma, pues poco me figuraba en esos momentos que yo ya estaba gravemente
herido, ya que tenía la flecha amorosa hundida muy profundamente en el corazón,
y que únicamente el casamiento sería la
cura.
La empresa caleña había realizado una excelente
campaña publicitaria, al estilo norteamericano y que, al estar patrocinada por
los Almacenes Sears, incluía sesiones de firmas de autógrafas por los toreros
en la mencionada tienda. Claro, en esos actos todas las chicas querían conocer
al galán Vera que enamoró a la Montiel en la película, pero se tuvieron que
conformar con conocernos a los otros toreros, que según oí decir a ellas
tampoco estábamos mal.
La razón de no estar presente en la tienda “El Niño
del Cuplé”, como en broma le llamábamos a Vera, era que a última hora no
apareció por Cali, dejando a la empresa en el limbo. Hasta hoy la razón de su
ausencia no la sé, lo que sí sé es que
no se recibió ningún comunicado ni parte médico. En cierto modo a mi no me
sorprendió esa clase de conducta, pues el diestro valenciano ya había dado
anteriormente muestras de informalidad,
debido a la vida disipada que llevaba con fiestas, borracheras y trasnoches. Su
actitud era de lástima, porque era un torero que toreaba con una gran clase,
arte y gracia y con la popularidad ganada con sus actuaciones estelares en el
cine, con un poco de esfuerzo, los contratos y el dinero le hubieran sobrado.
Ahora bien, no hay mal que por bien no venga, y a mí
me benefició su ausencia, pues con mi
buena actuación en la primera corrida, sustituí a Vera en el segundo festejo.
En la primera corrida, al no haber tiempo para buscar una sustitución,
Pimentel, quién ya no tenía interés en torear, se vio obligado a sustituir al
desaparecido “El Niño del Cuplé”, y el público que quería ver al galán se
sintió engañado y protestó casi toda la tarde, especialmente en contra del
torero-empresario. Los toros de Benjamín Rocha tampoco ayudaron. No obstante,
yo nadé en contra de la corriente, y de la alguna manera vencí las oleadas de
los toros, consiguiendo con mi decisión que el público por algunos momentos se
olvidara de Vera, para aplaudirme fuertemente tanto en quites como en mis
intervenciones con la muleta, y al rematar a mis toros.
Al día siguiente, sustituyendo a Vera, alterné con el rejoneador Bernandino
Landete, que rejoneó solamente un toro, Pepe Ordóñez y el nacional Manolo Pérez,
quien hacia su debut en Colombia como diestro de alternativa. El encierro
estaba compuesto por toros de “Vistahermosa” y de Pepe Estela para los de a pie
y uno de González Piedrahita para el caballero. Aun sin obtener trofeos, a
diferencia de la primera tarde cuando tuve que basar mi actuación en la
decisión y el valor, conseguí torear a gusto, ganándome el público caleño y
motivando a que se escribiera una buena y extensa crónica de mi actuación en El
PAIS, de la cual cito parte de ella:
Este diestro nos llega sin
bombos ni campanillas, se echó ayer lo que se llama el público en el bolsillo.
Los dos primeros lances con los pies juntos que le prodigó a su primero le
fueron galardonados con la primera ovación grande y clamorosa que se oyó en la
Monumental. ¡Es que fueron imponentes! Y a la hora de coger la muleta lo hizo
con garbo, con temple, con angel, como
se dice en su
tierra...Iniciándola por alto, cuajó una faena adornada y
maestra, en la que menudearon los pases con la derecha, rematados con el de pecho,
pasándose todo el toro, y los de costados, y las manoletinas, y los recios
muletazos por bajo, todo con precisión y mesura.
Al que cerró plaza lo
saludó con varios lances a la verónica valentísimos, pues en cuanto el viento a
esa hora se había convertido en torbellino implacable que conspiraba en contra
la vida del torero. Todo lo desafió para plasmarlos y arrancar las ovaciones
que fueron la continuación de aquellas que oímos mediada la corrida.
El toro nada pobre de
defensas, pedía el castigo de las varas, y si no hubiera sido por la
inexplicable decisión de la Presidencia de cambiar el tercio extemporáneamente,
hubiéramos visto una faena más reposada y ligada...
Con dos vueltas al ruedo le
premió el respetable---si así puede
llamarse--- su labor en el primero, y con palmas cariñosas y delirantes sus
arrestos y porfía en el que cerró plaza. Bien merecida tiene Mario Carrión la
repetición en esta plaza, y a fe que habrá de conseguirla sin afanes. ¡De
verdad que se la merece!
Volví a hacer el paseo en ese ruedo el domingo
siguiente, el 27 de julio, para participar en el festival que cerraba la breve feria, y esa tarde tuve otro
triunfo, esta vez rematé bien mi labor
con la tizona. Estos fueron los resultados del festejo según la Agencia EFE:
Cali, Colombia. Con buena entrada y buen ganado de González Piedrahita se celebró la última corrida de la feria taurina. El rejoneador Landete fue aplaudido. Pimentel bien con su novillo. Pepe Ordóñez y Mario Carrión cortaron orejas. El colombiano Manolo Pérez dio dos vueltas al ruedo. Chamaco estuvo valiente. EFE
Me hablaron de que había posibilidades de debutar en
Bogotá y en otros lugares en Colombia, y como el convenio con México no se
arreglaba, decidí quedarme en Cali por el momento. Así que cambié mi residencia
del Hotel Majestic en Quito al Hotel Aristí en Cali. También Pimentel, que se
proponía expandir sus actividades
empresariales permaneció en la “Ciudad Reina
del Valle del Cauca”, como poéticamente y con buenas razones se le
llamaba a esa encantadora ciudad, hospedándose también en mi mismo hotel.
En Cali existía un ambiente taurino profesional que
gravitaba alrededor de los diestros locales
“Joselillo de Colombia”, su hermano Manolo Zúñiga y la torera “Morenita
del Qundio” y su marido, y estaba constituido por algunos banderilleros,
picadores, taurinos y aspirantes a toreros. También vivían en la ciudad varios
ganaderos de toros bravos, entre ellos Don Pepe Estela quien con su hijo
Eduardo llevaba la ganadería, y de los que me hice buen amigo.
En Cali en mi primera corrida actuó como mi mozo de
espadas el joven caleño Jorge Enrique Hernández “Remache”, quien me asistió en
esa capacidad durante mi estancia en Colombia. “Remache” no era un mozo de
espadas profesional, sino un muchacho que ambicionaba a ser torero y servía a
los toreros con el objeto de estar metido en el ambiente. Para mi fue más que
un empleado fue un amigo, quien casi todos los días venía a buscarme al hotel
para irnos a entrenar por un par de horas, y cuando toreábamos de salón yo
aprovechaba la ocasión para darle algunas lecciones. Al dejar Colombia perdí su
pista, pero hace cinco o seis años me sorprendió llamándome por teléfono para
decirme que había sabido de mí a través de MMDT, y que al igual que yo se había
casado con una norteamericana y que estaba residiendo en los Estados Unidos con su mujer y sus hijos.
Poco después me envió un recorte de periódico en el que se relataba su
historia. Resulta que tras torear unas novilladas por los pueblos sin suerte se
hizo banderillero y durante varios años toreó con toreros conocidos en muchas
corridas de las ferias colombianas.
Pronto hice amigos taurinos y no taurinos
en Cali, y comencé
a sentirme a gusto viviendo en esa ciudad cuyo clima era ideal. También conocí
a varios españoles con quienes me reunía, especialmente con los dueños de dos restaurante españoles, en donde comía
regularmente. La vida se me hacia fácil y agradable, y aun hubiera sido mejor
sí hubiera estado cerca de mi novia, a la que ahora por las circunstancias se
me hacia más difícil el visitarla.
A pesar de ese bienestar, no se me
quitaba de la
mente que durante esa época del año debería de haber estado en España, en donde
en julio la temporada empezaba a calentarse. En más de una ocasión, durante las
largas esperas entre corrida y corrida pensé en tomar el avión y volverme de
repente a España, pero cuado estaba casi listo para llevarlo a cabo me salía un
nuevo contrato y desistía de hacerlo. También me acordaba mucho de mis padres y
hermanos, a los que ya hacía más de ocho meses que no los veía, y eso también
contribuía a mi inquietud.
Durante el mes de agosto, excepto por un par de
tentaderos, me lo pasé esperando torear en Bogotá, en donde estuve anunciado
para el 7 de septiembre compartiendo cartel con Jerónimo Pimentel y Manolo
Pérez, quien debutaría ese día en la Santamaría. Sin embargo, este festejo se
suspendió por lluvia y no volvió a darse. En cambio, me salió otro contrato aun
más ventajoso para torear una corrida a beneficio de la Cruz Roja en la misma
ciudad el domingo 21 del mismo mes. El cartel era aun más atractivo que el del
festejo suspendido, además de Pérez, en vez de Pimentel, toreaba “Joselillo de Colombia”, quien entonces era
la máxima figura nacional. Nos enfrentaríamos con un encierro de la prestigiosa
ganadería de doña Clara Sierra.
La espera valió la pena, pues esa tarde sorprendí a
la afición bogotana, al ser el único espada que obtuvo una oreja, trofeo de gran mérito por haberlo conseguido
compitiendo con dos toreros nacionales. El festejo fue intensamente promovido y
la Santamaría se colmó de público para presenciar la corrida. El diario EL TIEMPO DE BOGOTA en la
crónica titulada CORRIDA DE LA CRUZ ROJA. Triunfo de
la Ganadería y de Carrión se refería a mi presentación en
esa plaza de la siguiente manera:
Mario Carrión llegó a
nuestra plaza con poca propaganda, muy calladamente. Había noticias muy vagas
sobre el simpático sevillanos; unos éxitos en España refrendados en Ecuador;
una tarde magnifica en Cali... y pare de contar. Pero en esto de los toros---y
ahí está su encanto---donde menos se espera salta la liebre. Y ayer ese
sevillano casi desconocido, hizo vibrar la Plaza de Santamaría como lo han
hecho los grandes toreros. En el quinto toro la Santamaría se volcó de
entusiasmo. El milagro lo había hecho el modesto, discreto
y fino diestro de
Sevilla, la Giralda (para hablar como lo harían los cronistas “castizos”) se
asomó ayer por Monserrate para ver a Mario Carrión. ¡Qué fino, qué templado,
que bien conoce el oficio! Después de pinchar varias veces cortó la oreja de su
segundo por petición clamorosa. Y el público de toros de corrida grande como la
de ayer no se equivoca. El muchacho después de recibir al bravo clarasierra a
puerta gayola, lo ligó con un lance, pero al entrar al burladero fue alcanzado
en forma peligrosísima. Fuerte varetazo, sin arredrarse. ¡Salió como un
jabato...! ¡ el andaluz además es valiente..y dio cinco verónicas perfectas.
Con la muleta inició la faena con los pies fijos en un sombrero que, con muchos
otros estaba en la arena como tributo a su valor y a su arte. Pases por alto
garbosísimos, naturales perfectos, derechazos cumbres, remates de toreros del
grupo extra... y todo llevando al toro al mismo ritmo que pedía el
clarasierra...Por eso la música sonó en su honor, y el respetable pidió la oreja; por eso Mario Carrión ha quedado
con mayúsculas para la temporada de diciembre que ya se avecina bajo los
mejores auspicios.
Antes de terminarse el año, después de mi triunfal presentación
en la capital colombiana toreé solamente tres festejos más en Colombia, el 12
de octubre en Cali, el 7 de diciembre en Bogotá y el 14 de ese mismo mes en
Cúcuta.
En Cali el cartel tenía un carácter internacional
pues estaba formado por Pepe Luis Vázquez de México, Humberto Valle del Perú, y
yo de España, lidiando un encierro colombiano de “El Socorro”. El nombre de la
ganadería probablemente se referiría a que los toreros para lidiar a ese infame
ganado deberían pedir socorro a cuantos grandes lidiadores hayan habido en la
historia del toreo. Firmemente puedo
decir que mi lote, y el encierro en conjunto, era el peor que me había tocado
lidiar en mi carrera taurina. Aun así resolví el problema con decisión, incluso
oyendo aplausos y, por milagro salí caminando con mis propios pies de la plaza.
Esta era la impresión del crítico de EL PAIS sobre el ganado lidiado en el festejo que él
clasificó como una corrida deplorable:
Tres factores contribuyeron
al deslucimiento de la corrida el domingo último en el ruedo de la Monumental
de Cali, principalmente la beatifica mansedumbre de las reses de “El Socorro”;
luego la bárbara conducta del público que se pasó la tarde entre copas de
alcohol y broncas de un salvajismo cavernario, y por si eso fuera poco, la
fuerte brisa que se llevó los cuatro o cinco detallitos buenazos que nos
ofrecieron los toreros...Pocas veces en mi ya larga vida de aficionado había
visto un encierro tan manso y tan cobarde como el que envió el señor ganadero
de “El Socorro”. En mi libreta de apunte tengo anotaciones como estas:
“Mansurrón desde la salida”; Saltó al callejón por dos veces”; “Huyó del
caballo en tres ocasiones”, etc., etc. Es decir que no causaron ni bravura, ni
casta y todos buscaron la salida....En suma: un lote como para desacreditar
para siempre una divisa...
Aunque el
encierro de la prestigiosa ganadería de
Benjamín Rocha, lidiado en Bogotá el 7 de diciembre, no llegó a presentar tan
extremada dificultad como el de “El Socorro”, excepto por un par de toros,
tampoco el resto del ganado dio muchas facilidades para el triunfo. En ese
festejo anunciado como la 2ª Gran Corrida de la Temporada de Navidad, ante una plaza llena, toreamos César Girón, Juan Antonio Romero y yo.
Girón dio una de arena y otra de cal, el malagueño Romero fue el triunfador al
desorejar a uno de sus toros y yo
fui aplaudido en mi lote. El maestro
Girón estaba combinando su viaje profesional con el de novios, viniendo
acompañado a Bogotá por la recién estrenada esposa, la bella francesa Daniela
Ricard. Esta es la reseña de EFE:
Bogotá 8. Se ha celebrado
la segunda corrida de la temporada. César Girón cumplió con el primero y oyó
protestas en el otro. Mario Carrión bien en su primero. En el segundo realizó
una faena muy torera. Estuvo desafortunado al matar. Juan Antonio Romero estuvo
muy valiente en sus dos toros, banderilleando de forma emocionante. Realizó una
gran faena en su segundo siendo aclamado. Le fueron concedidas dos orejas y fue
sacado a hombros. El banderillero de Romero, Luque Gago también salió a
hombros, hecho que se registra por primera vez en la plaza de Bogotá. EFE.
Yo tenía entonces una teoría, y aun la mantengo hoy,
de que para un torero que no sea figura y que quiera abrirse camino, el estar
simplemente bien en una corrida o ser el sujeto de halagos orales o escritos
por su buen toreo, no significa un comino, lo que uno necesita en esa situación
son trofeos. Por lo tanto yo tenía la tendencia de sentirme momentáneamente
bajo de moral cuando por la circunstancias me iba de vacío de una corrida
importante, como en las que acababa de actuar en Cali y Bogotá. No me consolaba
al razonar muy lógicamente que un triunfo era una imposibilidad al uno
enfrentarse con malos toros como los que acababa de torear en esas dos
ciudades.
Con mi ánimo bajo estuve unos días en Bogotá
esperando viajar a Cúcuta en donde el 14 de diciembre torearía un festival
pagado mano a mano con mi amigo Girón, lidiando unos buenos novillos de
Benjamín Rocha.
Cúcuta es una ciudad colombiana situada en la
frontera con Venezuela, de donde vinieron muchos aficionados para ver a su
paisano Girón. El festejo fue muy entretenido y ambos toreros ofrecimos al
público buenas actuaciones y fuimos recompensados con varios trofeos.
Este éxito alternando con Girón ante un público
partidario del maestro fue un buen cierre de mi campaña americana 1957-8, pero
no me llenó tanto como para compensar por la falta de suerte que tuve en mi
última actuación en Bogotá.
Ahora que están frescos en mi memoria, después de
haber recordado en este capítulo mis aventuras taurinas americanas durante el
tiempo que se extiende desde que llegué a Quito en noviembre del 1957 hasta mi
actuación en Cúcuta a mediados de diciembre del 1958, puedo hacer un juicio
general sobre mis buenos y malos logros conseguidos durante este período de mi
vida profesional.
En lo positivo conseguí levantar mi carrera y mi
ánimo, a pesar de haber llegado a América de España después de haber completado
una corta y desafortunada campaña europea. En América obtuve considerables
triunfos en Ecuador y en Colombia y en una presentación en Panamá, y casi
siempre siendo fiel a mi mismo en mi manera de ejecutar un toreo digno de un
torero de dinastía, y siempre manteniendo un honorable nivel profesional.
En lo negativo, mis planes de ir a México para
avanzar más mi carrera se truncaron por no haberse arreglado el convenio, y al
no arriesgarme a volver a España para probar mi suerte en la temporada del
2008, mi carrera, a pesar de los éxitos americanos, se quedó en un punto
muerto, pues solamente triunfando en España o México puede un torero ponerse en
el camino para llegar a ser una figura.
Con esas conclusiones hubiera cerrado estas
memorias, pero como un epílogo añado un toque sentimental, como en las novelas
románticas, aunque esto era realidad. Durante estos últimos meses pasados en
Colombia, el pensamiento de mi novia Sally no había abandonado mi mente, por lo
tanto me faltó tiempo, después de mi actuación en Cúcuta, para viajar de Cali a
Guayaquil para pasar con ella y su familia las fiestas navideñas.
Fotos:
1. "El Pando" y yo de espectadores en la Plaza Arenas de Quito. Diciembre, 1957.
NOTA. Las
siguientes
VIVENCIAS
aparecieron
anteriormente en
MMDT
VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO. 1948-1952:
MIS PRIMEROS BALBUCEOS EN EL MUNDO DEL
TOREO
VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO: NOVILLERO
CON PICADORES, PRIMERA ETAPA 1952-3,
TRIUNFOS Y
CORNADAS
VIVENCIAS
DE MEDIO SIGLO: NOVILLERO CON
PICADORES
1954-5,
HACIA LA
ALTERNATIVA
VIVENCIAS: UNA EXPERIENCIA TAURINA MEDIO
SIGLO DESPUES DE MI
ALTERNATIVA
VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO: DE MI
ALTERNATIVA A LA
CONFIRMACION
VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO: TEMPORADA 1956,
DE ESPAÑA A
AMERICA
VIVENCIAS
DE MEDIO SIGLO: MI PRIMERA CAMPAÑA
AMERICANA, EL ECUADOR
1956-1957
VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO.
MI CORTA TEMPORADA DEL 1957 EN ESPAÑA
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