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VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO |
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Como comentaba en mi última VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO: TEMPORADA 1956,
al cumplirse cincuenta años de hechos que en los años cincuenta marcaron el
rumbo de mi vida profesional y privada, he estado teniendo la tendencia a
recrearme en los recuerdos de esos sucesos que por mucho tiempo, casi
olvidados, han estado flotando en una nube en mi subconsciente. También en esa
vivencia decía que, una vez que no he hecho un concentrado esfuerzo en ignorar
o reprimir esos recuerdos, he tenido la suerte de contar con los álbumes en los
cuales mi padre orgullosamente recopiló las referencias a las hazañas taurinas
de su hijo, las que ahora me sirven para documentar mis difusas memorias.
Así que mis recuerdos más esas referencias me han permitido revivir el
importante capítulo de mi vida que trata con mi primera aventura taurina en
América, que se extiende desde el 12 de diciembre del 1956, cuando dejé España
rumbo al Ecuador, hasta que en mayo del 1957 pisé de nuevo el suelo español. Esta aventura americana me permitió
conocer un acogedor nuevo mundo en donde me realicé como torero, y en donde las
circunstancias me permitieron madurar como persona.
Mi primer recuerdo de esta aventura me lo trajo a la mente el ver en
uno de mis álbumes la foto con la que la prensa
madrileña había ilustrado la
noticia en la que se informaba que el 12 de diciembre yo había salido del
Aeropuerto de Barajas de Madrid para el Ecuador, adonde me dirigía para actuar en dos corridas de las tres
anunciadas como la primera Feria de Diciembre de Quito.
En la foto se me ve rodeado de un grupo de taurinos y amigos, quienes se encontraban en Barajas
para despedirme, hecho que entonces era la norma, pues viajar a América era,
más o menos, como si uno fuera a la luna para no volver. Al fijarme
detenidamente en la foto, cuya imagen aquí adjunto, noté el detalle curioso de
que mi grupo se encontraba, no en la sala de espera del aeropuerto, sino en una
pista de aterrizaje, cobijado debajo de una extensa ala del avión de KLM, el
que pronto despegaría hacia a Panamá, donde yo haría trasbordo a un avión de
Panagra para seguir el viaje a Quito, el punto final de mi viaje. Mirando la
foto añoré, y cuando lo pienso sigo añorando, la simpleza de los transmites en
los aeropuertos, cuando incluso era posible posar para una foto debajo de un
avión que estaba listo a despegar, comparado con los múltiples inconvenientes
que, por razones de seguridad, ahora tenemos
que soportar como si todos fuéramos terroristas.
Unos minutos después de que nos tomaran la foto abordé el avión y me
acomodé en mi asiento cerca de una ventanilla, y a través de cuyo cristal
observaba emocionado hasta perderlos de vista como mis amigos desde una terraza
del edificio gesticulaban rítmicamente con las manos la señal de adiós,
mientras que el aparato se deslizaba en la pista acelerando para despegar.
Ya en el aire, con Madrid perdido en la distancia, el runrún de los
motores más el cansancio físico y psíquico causado por los ajetreos y emociones
de los últimos días en España, me puso en un estupor, el que permitía ni estar
despierto ni dormido, que hizo que mi mente fuera para atrás y para adelante,
repasando lo pasado y pensando con preocupación en lo que el inmediato porvenir
me tendría guardado.
Me recreé pensando en lo tanto que disfruté con mi familia y amigos en el mes y medio que pasé en Sevilla después de terminar mi temporada española en octubre, y en la atareada semana pasada en Madrid haciendo las últimas preparaciones
En esos tiempos el viaje de un torero a América era noticia y se
consideraba un logro significativo para un torero, ya que las oportunidades de
actuar en el nuevo continente eran menos que ahora, debido a las pocas corrida
sueltas y ferias taurinas que se celebraban, las que además incluían un menor número de festejos en sus abonos. Así
que el conocimiento de mi inmediata partida para Ecuador causó que se diera la
noticia en los medios de comunicación y que incluso se me hicieran algunas
entrevistas para la prensa. Además, tanto en Sevilla como en Madrid, a donde
quiera que fuera, todo el mundo traía a colofón mi viaje y me preguntaba sobre
el asunto, a la vez que me deseaban suerte.
De Sevilla a Madrid había viajado en tren, y pensé en la despedida en
la estación que, a diferencia de la de Barajas, tuvo un carácter familiar, con
mis padres, hermanos más dos o tres íntimos amigos presentes. Me había
impresionado y, ahora me entristece el
recordar como mis padres trataban de ocultar bajo forzadas sonrisas la pena que
sentían por verme partir solo para una destinación tan distante.
Observando la foto de la despedida en el Aeropuerto de Barajas noto
ahora que la imagen de mi apoderado y primo Manolo Martín Vázquez brilla por su
ausencia. En el avión esa ausencia me dio mucho que cavilar, pues me dolía y
preocupaba que Manolo no se hubiera molestado en venir a Madrid para ayudarme
con los asuntos taurinos. Pero esto no me debía haber extrañado, pues era su
norma que al terminar la temporada taurina en octubre se metiera con su familia
en la finca de olivares que tenia en la provincia de Jaén, para atender a las
labores camperas, poniendo en neutro sus actividades taurinas hasta regresar a
Madrid en abril, cuando la siguiente temporada ya estaba en progreso.
También recapacité sobre mi situación profesional. La temporada que
acababa de completar debería de haber sido la de mi consagración como torero de
primera, que era a lo que aspiraba con pasión;
sin embargo, esto no sucedió, y el 12 de diciembre del 1956 volaba hacia
Ecuador todavía siendo solamente un buen prospecto torero. En ese momento
reafirmé mi plan de acción, que era el de jugármelo todo para triunfar en
América, para que la resonancia de mis éxitos americanos motivara a la entonces
injusta empresa de Sevilla a incluirme en la feria, y después de Sevilla volver
a torear y triunfar en Madrid, donde
tenía un buen ambiente.
Oí “Hola Mario, sonríe, hombre, que estás muy seriote”, miré y era
Victoriano Posada, quien con estas palabras me sacaba de mi estupor. Mientras que decía esto, se sentaba a mi
lado y comenzamos una conversación que se alargó intermitentemente por varias horas durante el resto del viaje. Posada
también se dirigía a Quito para torear en la feria.
Victoriano y yo habíamos toreado juntos algunas novilladas y corridas
de toros, y él me había confirmado la
alternativa en 
Madrid el 18 de abril de ese año pero, como a menudo pasa con
los toreros, nuestra relación hasta ese momento había sido estrictamente
profesional. Nos veíamos en el patio de cuadrillas, nos saludábamos
placenteramente y pare usted de contar. Por lo tanto, aprovechamos la
conversación inicial para conocernos mejor, intercambiando información sobre
nuestras vidas y puntos de vista sobre el mundo de los toros, nuestras carreras
y especulamos sobre lo que Quito nos tendría guardado. Además, como Victoriano
era, y es, una de las personas más ocurridas que yo he conocido, después de un
rato empezó a contarme chistes que me hicieron reír a carcajadas. Yo también
conté los míos, pero tengo que confesar que en este caso la supuesta gracia
andaluza de un sevillano no podía competir con el seco humor castellano del
salmantino Victoriano. Esa conversación inicial resultó ser el comienzo de una
eterna amistad, la que en Ecuador nos sirvió para sentirnos arropados para
afrontar un mundo nuevo para ambos.
Aunque esta son mis vivencias, me sigo refiriendo al diestro
salmantino debido al hecho de que él facilitó enormemente mis logros taurinos
en el Ecuador, pues al triunfar conjuntamente en las primeras actuaciones,
establecimos una intensa competencia en el ruedo que duró solamente esa breve
temporada, pero que se tradujo en un entusiasmo popular con la gente tomando
partido por uno u otro. En el ruedo nos
complementábamos bien, él cumplía con el manejo del capote y era un clásico
diestro castellano con un toreo de muleta sobrio y hondo; y yo era un torero
alegre que relucía con el capote y que con la muleta animaba el toreo básico
con la pinturería del estilo sevillano. Ambos teníamos en común que éramos
jóvenes, que poseíamos una enorme afición y que conservábamos la ambición de
seguir progresando profesionalmente. También los dos considerábamos que para
conseguir esto último era importante aprovechar las oportunidades que se nos
presentarían en los ruedos ecuatorianos. Curiosamente, nuestra rivalidad
desaparecía al abandonar el ruedo, y en su lugar se establecía una franca
amistad que nos hacia olvidar quien había cortado más o menos orejas.
Antes de llegar a nuestro destino Vitoriano y yo también comparamos
notas sobre las condiciones de nuestros contratos que eran similares. El
novillero ecuatoriano Fernando Traversari “El Pando”, capitalizado por un
comerciante local, era el organizador de la mini-feria en Quito, que consistía
en tres corridas mixtas con ganado nacional en las que él, Victoriano y yo
actuaríamos en los dos primeros festejos, los días 16 y 30 de diciembre, con
una opción a torear una tercera corrida. Se nos pagaban todos los gastos,
incluyendo nuestros pasajes, la estadía de un mes en un hotel de primera y los
impuestos más una considerable remuneración pagada en dólares. También la
empresa proveía las cuadrillas compuestas de subalternos ecuatorianos y
colombianos. Las condiciones eran buenas, pero para exprimir los beneficios,
cada uno sin previo acuerdo, habíamos decidido viajar sin apoderado, ni mozo de
espadas u otro miembro de la cuadrilla, cuyos gastos hubieran salido de
nuestros bolsillos.
Recapacitando sobre el hecho de estar viajando solo para jugarme la
vida en tierras tan distantes, quizás por machismo, no expresé mis sentimientos
a Victoriano. Por lo tanto no supe si él se sentiría como yo, muy solo y de
momento triste y preocupado, pues por primera vez en mi vida, con veintitrés
años, iba a torear sin tener el apoyo moral de gente de mi confianza, y también
iba a tener yo mismo que ejercer la labor administrativa que lleva a cabo un
apoderado y, en cierto modo, el mozo de espada. Por otro lado, dentro de mí
algo me decía que iba a ser capaz de hacer ambas cosas sin otra ayuda que mi
determinación.
En la espléndida mañana de aspecto abrileño del trece de diciembre del
1956, mis dudas se evaporaron nada más al poner pie en tierra en el aeropuerto
de Quito pues detrás de la verja que mantenía a la gente a distancia del avión,
leí la extendida pancarta que
enarbolada un nutrido grupo de aficionados, que nos acogía con un "Posada
y Carrión, bienvenidos a vuestra tierra". La verdad que la pancarta no
mentía, pues desde ese instante siempre me he sentido en casa en esa nación que
me adoptó como a uno de sus toreros.
Mi primer abrazo fue para “El Pando”, que también había venido con su
socio y varios de sus amigos para darnos la bienvenida, orientarnos y llevarnos
al Hotel Majestic. Que poco me figuraba cuando saludaba al "Pando"
que mis triunfos en los ruedos ecuatorianos iban a contribuir a que la fiesta
brava renaciera en este rincón andina. También se hallaban presentes varios
miembros de la prensa, quienes no dejaban de interrogarnos y tomar fotografías,
mientras que muchos de los aficionados nos saludaban como si nos conocieran de
toda la vida y nos pedían que firmásemos autógrafos. Allí también me
presentaron a un joven conocido por el
apodo de “El Negrito”, quien desde ese
momento se puso a mi servicio como mozo de espada, y ejercería esa función
durante las tres temporadas que actué en Ecuador, y en el proceso se convirtió
en mi leal compañero y amigo. De Quito se dice que se halla situado en el
centro del mundo, en ese momento mi ego también lo estaba.
En el camino al Hotel Majestic me quedé impresionado al admirar la
belleza de Quito, ciudad de aspecto colonial encaramada
cerca del cielo en un
valle a la sombra de altas montañas,
coronadas por el imponente volcán Pinchincha. También, momentos antes de llegar
al hotel, observé un cartel mural en el que se anunciaba en grandes letras lo
que ahora estoy copiando de un idéntico cartel de mano:
FERIA DE DICIEMBRE DE QUITO/en Homenaje al 422 Aniversario de la
Fundación de Quito/ TRES GRANDES CORRIDAS DE ABONO/ PRIMERA CORRIDA/ DOMINGO
16/ 11 Y 30 a. m./ TOROS DE CASTA/ de las afamadas ganaderías de Tous y de los
Hrdos, de Plaza./ (fotos de los tres toreros)/ PRIMERA CORRIDA DE ABONO/
MATADORES:/ VICTORIANO POSADA/ MARIO CARRION (MARTIN VASQUEZ) / FERNANDO
TRAVESARI (EL PANDO/.
El cartel continuaba anunciando los precios y otros detalles. Me
extrañó, primero que la corrida comenzaba por la mañana, y luego el verme anunciado, además de mal deletreado,
con el apellido Martín-Vázquez, pues desde mis comienzos no había querido tomar
ventaja de una fama que no me correspondía. Luego yo aclararía a la prensa y a
la empresa, que aunque me sentía muy orgulloso de ser miembro de la dinastía
Martín-Vázquez, el apellido no formaba parte de mi verdadero nombre, o nombre
artístico, ya que mi parentesco con los Martín-Vázquez venia de parte materna, cuyo apellido es
Bazán. De ahí en adelante se me anunció en los carteles solamente con mi
verdadero nombre.
Después de acomodame en el hotel, descansé un rato. Este descanso
sería quizás el único que tuviera durante los dos días y medio antes vestirme
de torero, pues “El Pando" y su equipo habían preparado una contina serie
actividades para que Victoriano y yo promocionáramos la mini-feria, entre ellas
una comida con la prensa, visitas a los locales de los periódicos DIARIO DEL ECUADOR y
EL COMERCIO, entrevistas en los programas de radio, y un
almuerzo con aficionados y políticos importantes. Sobretodo, nos impresionó el
ser recibido en una audiencia en la Casa Presidencial por el Presidente del
Ecuador, don Camilo Ponce, quien nos dio la bienvenida y nos deseo suerte en el
ruedo.
Resultaba que aunque Victoriano y yo no éramos, ni mucho menos, grandes
estrellas,
sino solamente jóvenes toreros bien conocidos, habíamos llegado a Quito en un
buen momento, cuando los aficionados tenían hambre de toros, ya que durante
varios años no se habían dado festejos de una manera regular en la Plaza
Arenas, y aun menos con conocidos diestros españoles en los carteles.

Entre esas actividades, para acomodarnos al clima de la altura andina,
en el cual el simplemente subir unas escaleras acortaba la respiración,
Victoriano y yo hicimos tiempo para
entrenar un par de horas diarias en el ruedo de la plaza de toros.
Entrenamiento que rutinariamente haríamos cinco o seis días a la semana durante
el resto del tiempo que estuvimos en Quito.
Quito es famoso por sus asoleadas y templadas
mañanas, las que sobrepasan en luz a las mañanas abrileñas sevillanas, pues en
el ecuador geográfico de la tierra el sol no pierde tiempo en remontarse a lo
más alto del firmamento. En cambio, a menudo llueve por al tarde y el clima se enfría.
Así que a eso de las nueve el mozo de espadas entró al cuarto para despertarme
y decirme “Matador, pronto hay que vestirse”. Me levanté adormilado, abrí el
balcón de mi cuarto, y pude comprobar que la fama de esas lindas mañanitas era
merecida. Cuando me di cuenta ya estaba vestido, rezando ante mis imágenes, listo
para salir para la plaza, que no se hallaba lejos del hotel. Que sorpresa más
agradable el vestirse de torero tan
temprano sin tener que sufrir como en España esas largas horas de espera
durante las cuales la mente juega con nuestras esperanzas y temores.
La corrida resultó un extraordinario éxito tanto para mí como para Posada.
Ambos cortamos dos orejas al toro de nuestro debut y dimos una vuelta al ruedo
en el segundo toro de nuestros respectivos lotes. Este compartido éxito en nuestra presentación en la Plaza
Arenas de Quito dio comienzo a una leal competencia que se prolongó durante
nuestra campaña 1956-7 en el Ecuador, y que contribuyó a despertar a la afición
local que estaba algo aletargada. Nuestra competencia se tradujo en que la
temporada se extendiera al completarse las tres corridas programadas en el
abono, y que él y yo actuásemos juntos en unas cuantas corridas más que las dos
originalmente contratadas.
Yo me sentí en el ruedo fácil, sin presión y, como se dice en el argot
taurino, ‘sobrado’, desde que ejecuté el primer quite por verónicas al toro de
Posada hasta que hice otro quite más vistoso al último toro de “El Pando”. No
recuerdo los detalles, pero sí que me parecía que el toreo, tanto de capa como
de muleta, que se dibujaba en mi mente, lo interpretaba con inspiración con
cintura y muñecas. Por otro lado, “El Pando”, quien había toreado poco en
España, mostró su falta de experiencia, pero el paisanaje apreció su tremenda
voluntad y coraje, aplaudiéndole y haciéndole dar una vuelta al ruedo en uno de
sus toros.
En parte, esto comentaba del debut del diestro salmantino y mío el crítico
taurino “Gitanillo” en el DIARIO DEL ECUADOR del 17 de diciembre:
Narrar las dos monumentales
faenas de Posada y Carrión, los bravos toreros españoles, al primero y segundo
de la tarde, se hace difícil. Eso quedó escrito como el evangelio con letras
indelebles que perdurarán mientras exista la plaza “Arenas” y viva un
aficionado que presenció aquello que fue de locura. Los diestros destaparon sus
relicarios, lo pusieron en la sombra y en el sol, y bajo el cielo de Quito
hicieron, lo que pocas veces se ha hecho en esta capital.
De la faena de muleta a mi primer toro el mismo crítico, con exagerada
elocuencia, así se expresaba:
Y
aquí
vino la mágica muleta del sevillano, donde tiene hondura la fiesta, y elegancia
y gallardía el artista. Empezó como lo habría hecho Domingo Ortega, Armillita o
Luis Miguel. Dominando al toro para luego torearlo, y a su gusto, aguantó con
tres ayudados por alto, grandes, enormes. Y con la izquierda tres naturales
rematados con el forzado de pecho, donde se pudo apreciar al artista y
dominador de la muleta. Y vino la gama de toreo alegre sevillano y otras veces
rondeño. Con la derecha corrió la mano y se hizo jalear en pases en redondo, y
luego provocó con insistencia la pedrecina hasta que el bicho se pasó a
milímetros del diestro...más faena. Parece que Carrión no estaba satisfecho y
toreó por orteguinas. A esta hora la plaza estaba loca y los pechos roncos y
otra vez, como bandada de gaviotas empezaron a asomarse los pañuelos. Y el
diestro para rematar como los buenos, después de esa faena de pura solera
andaluza, dejó un estoconazo hasta los gavilanes. Dobló el toro y todo era un
manicomio. El usía le dio las dos orejas …
En los mismos periódicos en que se publicaron las crónicas del
festejo, ya se anunciaba la segunda corrida que tomaría lugar el 30 de
diciembre con el mismo cartel de toreros, pero lidiando astados de los
Herederos de Plaza.
En Quito desde el Seis de Diciembre, que conmemora la fundación de la
ciudad, hasta el primero de enero, el Año Nuevo, los quiteños permanecían
envueltos en una continua fiesta, una combinación de celebraciones culturales,
populares y oficiales y de fiestas privadas en mansiones, casas y haciendas,
las que sin parar se engarzaban unas con otras. Si ibas a una fiesta te
invitaban a un desayuno o un almuerzo en una hacienda, o una elegante fiesta
nocturna. Los tres toreros después del éxito del debut nos pusimos de moda y
tuvimos que hacer un concertado esfuerzo por no dejarnos llevar por tantas
tentaciones de la vida loca. Aun así, no podíamos evitar el socializar casi
diariamente con los mayores y festejar con la gente joven, hasta que una semana
antes de la anunciada repetición la responsabilidad nos obligó a los tres
espadas a decir ‘basta, no más’.
El festejar no nos había privado de entrenar diariamente, así que el
día 30 nos encontramos en la puerta de cuadrillas de la Plaza Arena dispuestos
a dar otra gran tarde de toros. Así sucedió, pues los resultados en el ruedo de
Posada y míos fueron similares a los del festejo de nuestra presentación, y “El
Pando” mejoró su actuación, perdiendo un trofeo por fallar con los aceros en
uno de sus toros.
Los tres salimos en hombros. Alfredo Paredes, crítico de EL COMERCIO, y corresponsal en Ecuador
de la popular revista española DIGAME, envió un
reportaje ilustrado que con el titulo “La segunda corrida de Quito”,
primero escuetamente daba los resultados del festejo de la manera
siguiente “Espadas: Victoriano
Posada (oreja y vuelta); Mario Carrión (dos orejas y vuelta); El Pando
(petición y vuelta)”, y luego evaluaba mi hacer con estas palabras:
Mario
Carrión ha explicado perfectamente su papeleta ante toros de cuatrocientos
ochenta kilos como los que han salido hoy por los toriles. El joven macareno
tiene un capotillo de primerísimo cartel. No cabe más arte ni más ajuste al
torear de capa; pero es también un eficiente gran muletero, puesto de
manifiesto en los magníficos doblones con que empezó sus dos faenas. Tanto en
un toro bravo como en uno difícil rayó a gran altura. Brindo al Embajador de
España y fue la labor de Mario relevante y aplaudidísima. De una gran estocada salió
el toro rodado y le fueron otorgadas las dos orejas, con vueltas al ruedo. En
su segundo tuvo detalles magníficos, que lo acreditan como buen torero. Mató
pronto y dio vueltas al redondel. Ha agradado mucho en Quito.
Esa tarde Victoriano y yo completábamos nuestro compromiso con la
empresa, pero ante nuestro nuevo triunfo, “El Pando” y su socio desistieron de
traer a otros toreros que tenían apalabrados, y nos propusieron que toreásemos
de nuevo en la tercera corrida del abono, la que se daría el 13 de enero del
nuevo año. Aun con la euforia de mi triunfo, actué por primera vez como mi
propio apoderado, renegociando satisfactoriamente mi contrato. ¡Ahora me
imagino como entonces me habría agradado el tomar esa decisión profesional por
mí mismo, al darme cuenta que antes en España yo tuve poco que decir en la
dirección de mi carrera.
Al día siguiente de la corrida los tres diestros, como jóvenes
normales que éramos, nos divertimos a rabiar celebrando la Noche Vieja y
nuestros triunfos americanos en una gran fiesta de gala en el club Tenis de
Quito, la que continuamos con un 
grupo de amigotes de ambos sexos en una casa
particular hasta bien entrado el Año Nuevo. Menciono esto debido a que esta
libertad de acción para divertirme libremente, pero con mesura y sin olvidar mi
deber y obligaciones, para mí estaba siendo una agradable novedad. Si en
Ecuador hubiera estado acompañado por mi apoderado, este probablemente me
hubiera influenciado a no asistir a la fiesta, o solamente hacer un breve acto
de presencia, diciéndome “tienes que
cuidarte, que tenemos que torear el día 13”, o si me hubiera quedado tarde en
la fiesta, tal vez me hubiera amonestado con “así no se puede ser torero”. Esta relación entre torero y apoderado de
aspecto paternalistico no era nada anormal ni maliciosa, y no creo que tampoco
lo sea en la actualidad, sino una manera aceptada de extender el control sobre
los jóvenes poderdantes cuando estos maduran.
Tuve tiempo para cuidarme y prepararme para torear mi tercera corrida
en Quito. En cierto modo, ayudaba a evitar las tentaciones para divertirme
demasiado el hecho de que en enero, al anochecer, Quito se trasformaba en una
ciudad fantasma, pues la gente, después de un mes de ajetreo, en lo único que
pensaba era en descansar para recuperar fuerzas. Además del diario
entrenamiento de salón, los tres diestros hicimos un par de tentaderos en la
ganadería de Lorenzo Tous y José Maria Plaza.
En la tercera corrida, que se anunciaba como la de despedida de los
diestros españoles, mi éxito fue aun mayor, pues comprobé al público que la
flauta no había sonado por casualidad en mis dos previas actuaciones. La
empresa rompió la norma establecida anunciando el comienzo de la corrida para
las tres de la tarde. Las consecuencias fueron que, al llover intermitentemente
antes de la corrida y durante la lidia de cinco toros, el público se retrajera
y, aunque cubriera una buena parte de los tendidos, no llenó la plaza como se
esperaba, y que los toreros tuviéramos que torear bajo la lluvia, y que al
arreciar la lluvia, el festejo se suspendiera después de yo matar al quinto
toro. Sin embargo, la lluvia no evitó que el público saliese contento con la
bravura de los cinco toros del ganadero Lorenzo Tous y con las actuaciones de
los tres espadas.
Alfredo Paredes
encabezaba así la crónica del festejo en EL
COMERCIO: Los tres matadores salieron a hombros hasta el hotel. Buen
encierro enviado por el ganadero Lorenzo Tous. Victoriano Posada, dos orejas;
Mario Carrión, dos orejas; El Pando, vueltas al ruedo. Paredes, como en sus
crónicas anteriores, no escatimó
elogios al juzgar mi actuación, y concluyó el artículo haciendo referencia a la
inesperada consecuencia de nuestros éxitos en el futuro de la fiesta en
Ecuador:
Acaso su faena [la mía] en su segundo bajo la lluvia, superase aun a
la que llevó acabo en su primero; pero en todo caso ambas fueron de categoría y
ambas entusiasmaron a la concurrencia que ha despedido a este par de matadores
españoles con el mayor cariño, pues son los artífices para el resurgimiento de
la fiesta en Quito, tan venida a menos en estos últimos tiempos.
Cuando ya Posada y yo estábamos preparados mentalmente para regresar a
España la empresa, sin perder tiempo, esa misma tarde después de la corrida,
nos propuso torear un mano a mano en Quito el domingo siguiente. Proposición
que lógicamente aceptamos, y de nuevo el festejo fue anunciado en los medios de
comunicación al mismo tiempo que se publicaban las criticas positivas de la
corrida del 13. Ya me estaba acostumbrando a ejercer como mi propio apoderado.
Para mi el torear en la Plaza Arenas se estaba haciendo como el torear
en el campo, pues hacía el paseíllo con una gran confianza, al darme cuenta que
el público era mi amigo y estaba allí para animarme. Mi actuación en el mano a
mano fue una de esas tardes con la que un torero sueña pues, aunque hubiere
intentado de hacer algo mal, me hubiera salido bien, empezando porque en el
sorteo me llevé el mejor lote de toros. De nuevo, para avalar mi propio juicio,
cito este breve reportaje de Alfredo
Paredes para DIGAME:
Me encontraba a gusto en Quito
pues, además de disfrutar de la popularidad ganada en el ruedo, para entonces
ya había hecho buenas amistades que transcendían el asunto taurino, con quienes
convivía. Había entonces en Quito la costumbre, a la inglesa, de que la gente
acomodada después del trabajo se reunía con las amistades para merendar y
socializar, o ‘tomar el té’, un rato
antes de volver a casa para cenar. El elegante salón-bar del Hotel Majestic, en
donde Posada y yo residíamos, era uno
de los locales más selectos para ir a ‘tomar el té’. Posada y yo, y a menudo
“El Pando”, como los locales, habíamos asimilado esa civilizada costumbre. Así
que la mayoría de las tardes los tres diestros nos instalamos en una mesa del salón rodeados de amigos y
taurinos. Poco a poco el grupo creció y se convirtió en una informal tertulia
taurina a la que se consideraba un privilegio el formar parte de ella.
En una de esas tertulias, alguien sugirió que se
deberían organizar corridas en Salinas en donde nunca se habían dado toros.
Salinas era una pequeña población cerca de Guayaquil, en la costa pacifica, que
se estaba convirtiendo en un lugar preferido del turismo nacional para pasar
vacaciones. Además de una excelente playa, había un lujoso hotel con casino, un
hipódromo y otros lugares para divertirse. “El Pando” captó la idea e hizo unas
averiguaciones, encontrando una institución cívica dispuesta a auspiciar la empresa, y nos propuso a Posada y mí que
si actuásemos con los gastos pagados y
a un porcentaje de los beneficios, sin sueldo fijo, él organizaría un par de
festejos para finales de febrero. Yo,
que estaba viviendo un sueño dorado, y aparentemente Victoriano también, aceptamos la propuesta,
argumentando entre nosotros que en España en febrero profesionalmente lo único
que haríamos sería entrenar e ir a los tentaderos, y como eso lo estábamos os
haciendo en Ecuador, decidimos seguir toreando en el país para estar en forma
al reaparecer en los ruedos en nuestra tierra. El razonamiento era lógico, pero
ahora comprendo que lo que ambos necesitábamos era una excusa para retrasar la
vuelta a España. Regreso que se demoraría aun más pues nos salieron luego unos
contratos ventajosos para Quito y Riobamba y, al no tener otros compromisos fijos
en nuestra tierra, los aceptaríamos.
En Salinas toreamos dos festejos en una plaza
portátil los
dos últimos sábados de febrero. Me refiero como a festejos, pues
aunque se anunciaron como corridas de toros, más bien eran exhibiciones
taurinas, en los que lidiamos novillos con la ayuda de cuadrillas reducidas. No
tomo el tiempo de resaltar el número de trofeos que obtuvimos, pues un público
no docto, entusiasmado con lo que veían, creo que nos dieron más orejas y rabos
que los toros tenían. Lo importante para mí no fueron los trofeos, sino que,
aprovechando la nobleza y la bravura de
las reses del ganadero José Maria Plaza que se lidiaron, toreé principalmente
para gustarme yo mismo, no para la galería. Económicamente no nos fue mal y,
como propina, pasamos un par de semanas disfrutando de la playa y de las
divertidas amenidades que el lugar nos ofrecía. En lo negativo de esta
experiencia no me sentía satisfecho de
torear en una plaza portátil ni de que los festejos se anunciaran como
corridas de toros, cuando en realidad lidiamos novillos. No volvería a repetir
la experiencia.
Volví a primeros de marzo a Quito donde razoné de nuevo que era ya tiempo para regresar a España, pues la temporada estaba a punto de comenzar, y yo estaba dispuesto a torear allí donde fuera y como fuera para intentar de duplicar en mi país los éxitos que estaba obteniendo en los ruedos ecuatorianos. Sin embargo cuando, como quien dice ya tenía un pie puesto en el avión, una nueva empresa quiteña me hizo una ventajosa propuesta para volver a actuar el 31 de marzo en Quito. En un telegrama informé a mi apoderado del asunto, advirtiéndole que si no había conflicto con cualquier actuación que él hubiera apalabrado para yo actuar en España, yo aceptaría la ventajosa oferta. Al no tener una pronta respuesta eso fue precisamente lo que hice.
Un intercambio similar entre mi primo y yo se repetiría a
principios de abril cuando recibí ofertas para torear dos corridas más: el 21
de abril en Riobamba en una corrida extraordinaria en honor a Camilo Ponce,
Presidente de la República, y el 28 de abril otra vez más en Quito en la
Corrida de la Prensa. Como consecuencia no regresaría Madrid hasta mayo, unos
días después de que mi apoderado lo hizo.
Pero volvamos a lo que ocurría en Ecuador con referencia a mis tres últimas
presentaciones.
En la corrida del 31 de marzo del 1957 en la Plaza Arenas el veterano matador español Jerónimo Pimentel, Posada y yo nos enfrentamos con toros de “Antisana”. El festejo se anunciaba como la corrida de nuestra despedida y, para hacerlo más interesante aun, se anunciaba que los espadas competiríamos por el premio “Oreja de Oro", donado por un conocido aficionado. Hubo un lleno y, a pesar del ganado, por su mansedumbre no colaborar con los tres espadas, conseguimos que el público saliera contento del recinto. Victoriano cortó la única oreja y, por consiguiente, el jurado merecidamente le adjudicó el trofeo en juego. Pimentel y yo pudimos cortar algún apéndice, pero fallamos en la suerte suprema, por lo que nos tuvimos que conformar con vueltas al ruedo. De nuevo el crítico “Gitanillo”, quien probablemente era parcial a mi toreo, especialmente después de yo brindarle mi primer toro, me enjuició de esta manera en EL DIARIO DEL ECUADOR:
El sevillano hizo
para mi las mejores faenas de la tarde...Sus lances con el capote fueron
cadencia, ritmo y salero. La sal del Guadalquivir se derramó por toneladas en
la plaza. Brindó al iniciar su faena de muleta a este revistero y a don
Alfredo, el corresponsal de DIGAME...Bordó cinco ayudados por alto, y en los medios,
bajó las manos y la afición saboreó unos lances toreros. Entró corto y derecho,
pero el toro se amorcilló y el reloj de alguien empezó a contar los minutos. La
afición...obligó a Carrión a dar la vuelta al ruedo. Carrión mereció la oreja y
hasta se pidió pero...En el sexto la faena fue cumbre...la plaza se puso, como
dije al principio al rojo vivo..que alegria que garbo, que salero. Dio ayudados
con los pies sembrados en la arena dio derechazos enormes, pedrecinas con
valor...la plaza temblaba de emoción y las mujeres de pasión...
Yo en cambio temblaba de coraje, pues no me conformaba
solamente con otra vuelta al ruedo por haber fastidiado lo bien hecho con un
par de pinchazos. De todas maneras, la cosa tuvo repercusión pues esa misma
semana “El Pando”, Posada y yo firmamos un contrato para torear el 21 de abril en Riobamba y, a pesar
de ya ‘habernos despedido’ de la afición quiteña, unos representantes de la
Asociación de la Prensa vinieron al hotel a rogarnos a Victoriano y a mi que
nos quedásemos en Quito una semana más para, junto a Pimentel, de nuevo actuar
en la Corrida de la Prensa, la que hacia años que no se celebraba en Quito.
Victoriano que tenía unos contratos pendientes
en Tijuana, México, a donde viajaría pronto, aceptó la
oferta, y como yo
seguía sin recibir noticias de mi apoderado para reaparecer en España, también
acepté. “Bueno, me despediría de mi público una vez más”, pensé.
La corrida en Riobamba del 21 de abril fue un éxito
completo tanto para la empresa, que vio la plaza llenarse a rebosar, como para
los tres espadas. Los toros eran también de “Antisana”, pero esa tarde salieron
tres astados tan buenos como hermanitas de la Caridad y los otros tres mansos
facilones. “El Pando”, Posada y yo empatamos en el corte de trofeos, dos cada
uno, y los tres salimos en hombros por la Puerta Grande. El festejo se daba en
honor del Presidente Ponce, quien nos honró con su presencia y a quien,
siguiendo el protocolo, les brindamos el primer toro de nuestros respectivos
lotes. Por la noche asistimos como
invitados a una fiesta en su honor.
Ahora de verdad, el 28 de abril nos despedimos al fin de
Quito en la Corrida de la Prensa. Lástima que no nos hubiéramos despedido en la
corrida de marzo, pues en la despedida final nos deberían haber tocado una
marcha fúnebre en el paseíllo en vez de un alegre pasodoble, por la siguiente
razón: las dificultades que presentaron para la lidia y las asesinas ideas que
poseían unos toros, cuyo criador se jactaba que eran ‘los miuras ecuatorianos’,
nos hicieron pasar las de Caín. Este reportaje de Alfredo Paredes en DIGAME
describe lo que pudiéramos titular como ‘batalla taurina en la Plaza Arenas’:
...Con lleno absoluto Jerónimo Pimentel, Victoriano
Posada y Mario Carrión lidiaron toros de la ganadería “Santa Mónica” de don
Luis Ascasubi. Las reses de bonita
lámina tuvieron no poca guasa, y el público harto de soportar la pesada lidia
reaccionó injustamente en contra del diestro en el sexto toro. El primero de la
tarde fue manso y como huía de Pimentel nada pudo hacer con él el matador. El
segundo, un buey de arar, saltó varias veces al callejón, y la última decidió
quedarse allí hasta que sonaron los tres avisos...el tercer toro embistió con
codicia a los caballos, pero llegó a la muleta probón. Carrión no pudo brillar
con el bicho. El cuarto...llegó a la muleta tirando cornadas a diestro y
siniestro, una de las cuales fue para Pimentel en la mandíbula. Tampoco el
diestro pudo lucir en su labor. Con el quinto...descompuesto en el último
tercio, Posada salió del paso. El sexto, el de más peso de toda la corrida, mal
picado y mal banderilleado, llegó entero a la muleta, buscando el bulto.
Carrión sufrió las iras del público. ¿Qué podía hacer el torero ante semejante
enemigo?...Los toreros echaron fuera una corrida de cinco años, sin buenos
picadores y casi sin cuadrillas.
Lo único bueno del festejo fue que pudimos contarlo, y lo
peor para mí era que por primera vez supe como sonaban los pitos en la cima del
mundo. Me dolía que mi público me hubiera hecho la chiva expiatoria del
festejo. Pero razoné y comprendí que así es el toreo. En verdad los pitos que
oí en el último toro, cuando me estaba jugando el pellejo, no iban dirigido
hacia mí, sino al resultado catastrófico del espectáculo.
Así sería, pues durante los cinco o seis días que
permanecí en Quito después del festejo fui objeto del afecto popular y de las
atenciones de los amigos y aficionados. Parecía que con sus amables y cariñosas
maneras me quisieran desagraviar por la injusticia cometida conmigo por un sector
de público en la Corrida de la Prensa.
También, como en diciembre, cuando la prensa dio
cobertura a la llegada de Victoriano y mia a Quito, ahora la prensa, al salir
yo del país, me despidió con artículos que resumían mis logros en los ruedos
ecuatorianos, proclamando el deseo de la afición de volverme a ver en
diciembre, ya que “El Pando” había anunciado que me contrataría para actuar en
Quito y en Guayaquil la próxima temporada invernal. 
También, como a mi llegada, un grupo nutrido, ahora no de
aficionados sino ya de amigos y partidarios, fueron al aeropuerto a
despedirme. Pero sobretodo, quedó
grabado en mi el gesto cortés del Presidente Ponce de recibirnos de nuevo a “El
Pando”, a Posada y a mí en la Casa Presidencial para obsequiarnos con un regalo
para corresponder a nuestros brindis en Riobamba, y al mismo tiempo desearnos
suerte como toreros en el futuro.
El aislamiento que siento en la cabina de un avión y el
runrún de los motores, y cuando lucho por dormirme y no puedo, a menudo me
instan a hacer un inventario mental de lo que sucede en mi vida, especialmente,
cuando me ocurren sucesos significativos. Y como mis experiencias en Ecuador
durante los más de cuatro meses pasados allí se podían catalogar como sumamente
significativas, comencé a repasarlas, disfrutando de los recuerdos de tantas
bonanzas acumuladas en mi ser, tanto en el campo profesional como en el
personal, durante mi estancia en ese país ecuatorial.
No voy a repetir todo lo bueno logrado en el ámbito
taurino, ya que acabo de relatarlo con la perspectiva de un medio siglo pasado.
Solo añadiré que las consecuencias no solamente fueron para mi beneficio
personal por haber multiplicado por cinco el número de mis actuaciones, basado
en las dos corridas
que traía originalmente contratadas, y por haber dejado abiertas las puertas de las plazas
de toros ecuatorianas para entrar por ellas la próxima temporada; sino que
también fueron para el bien de la fiesta, ya que en unión de Posada y gracias a
la iniciativa de “El Pando”, había contribuido al despertar la adormecida
afición ecuatoriana.
En lo personal sentí que quizás por cada mes pasado solo
en Ecuador, sin apoderado o sin alguien que me aconsejara, había madurado en un
equivalente de año de vida por cada mes de estancia. Entonces me daba cuenta que en
España, a pesar de ya tener veintitres años y no ser tonto, me habían influido
a ser un agente
pasivo de mi vida profesional y privada, situación no extraña para muchos
jóvenes toreros. En mi tierra mi opinión no contaba en cuando, donde, como, con
quien y por cuanto dinero toreaba, o incluso porque no toreaba en un sitio,
principalmente porque nadie me lo preguntaba... y por yo pasivamente
aceptarlo. En Ecuador, sin otro consejo que mi propia experiencia, yo tuve que
ser el piloto que con éxito dio un buen rumbo a mi embarcación torera.
En España mi conducta personal estaba modelada por la
interpretación ajena de cómo “debería actuar un torero” y yo, como todo joven
con deseos de vivir plenamente la vida, a veces me saltaba a la torera esas
caprichosas restricciones. Esto, si era posible, lo hacia a escondidas de los
jueces que dictaban como debería comportarse un torero, aunque no sin
tener cierto resquemor de estar infligiendo las reglas. Por el contrario,
en esos cuatro meses y medio en Ecuador, sintiéndome más
torero que nunca, y siempre con responsabilidad y medida, viví con gusto la
vida social abiertamente y con mi conciencia tranquila.
Finalmente, pensé con anticipación en el placer de estar
de nuevo con mi familia y con recelo en lo que mi apoderado me diría sobre los
planes para la incipiente temporada española. Sin embargo, sobre este último
asunto trataré en otra ocasión, si el 50º aniversario de esos acontecimientos
me motiva a recordarlos y escribirlos.
FOTOS:
1. Despedida en el Aeropuerto de Barajas, Madrid.
2 y 3. Carrión y Posada, respectivamente, en los ruedos españoles.
4. Recibimiento en el Aeropuerto de Quito.
5, Cartel de la primera corrida de abono de Quito (16-12-56).
6 y 7. Carrión y Posada entrenando en la Plaza Arenas de Quito.
8. Mario ejecutando un derechazo a un toro de "Chalupas" en Las Arenas de Quito.
9, Mario saliendo a hombros por la Puerta Grande de Las Arenas .
10 y 11. Carrión, Posada, "El Pando" y amigos en dos fiestas en el Tenis Club de Quito.
12. Pase de adorno de Mario a un toro de Tous en Las Arenas.
13, Mario en el Hipódromo de Salinas con el crítico Alfredo Paredes y un amigo.
14. Cartel de Riobamba (21-4-57).
15. Carrión, Posada y "El Pando" con el Presidente Ponce del Ecuador