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VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO |
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Descolló entre los lidiadores el joven Mario
Carrión, primo de los Martín Vázquez que, a juzgar por las buenas maneras que
se le vieron, dará en el futuro mucho que escribir a nuestro “Don Fabricio”
[seudónimo del critico titular del ABC de Sevilla].
Los ojos se me salían de las órbitas al leer este
párrafo sobre mi toreo en el prestigioso periódico ABC de Sevilla del 8 de
diciembre del 1948, el Día de la Inmaculada Concepción. Lo volví a leer, no una
vez sino varias veces. No me lo quería creer que ese Mario del que tan
esperanzador futuro torero pronosticaban era yo mismo, como tampoco me había
creído que las palmas que había oído el día anterior en mi primera y muy breve
actuación pública, me las tocaban a mi. Este párrafo elogioso y esas palmas eran las primeras
manifestaciones públicas que fueron provocadas por una pequeña muestra de mi
manera de interpretar el arte de Cúchares.
Muchas largas crónicas y artículos sobre mis actuaciones en
los ruedos y mi persona leería yo en la prensa desde entonces hasta mi retiro
en diciembre del 1959, e incluso luego. Sin embargo, ese simple párrafo quedó
gravado, a cincel y martillo, en mi memoria para siempre. Era el primero.
La nota de la prensa se refería a mi actuación, si así se puede
llamar, en el picadero del Cuartel de San Idelfonso del Regimiento de Soria
de Infantrería,
situado en la Plaza del Duque en el mismo centro de la ciudad de Sevilla.
Un picadero es un lugar en donde se adiestran
a los caballos y se dan
clases de equitación. En Sevilla se usaba ese
picadero para suplir las
necesidades de la caballería del ejercito, que en aquel entonces todavía era
una parte integral de cualquier rama de las fuerzas armadas, pues cada oficial,
desde capitán para arriba, se le asignaba un caballo para montarlo en las
maniobras militares y en los desfiles.
El local se acomodó para usarlo como plaza de toros temporal para
celebrar allí una becerrada, como parte de un programa de festejos para
divertir a la tropa con motivo de la celebración de la patrona del arma de
Infantería, que se celebra el Día de la
Inmaculada Concepción.
El festejo consistía en una becerrada, en la cual el “Niño de las Cadenas” y Manolo Montero,
quienes eran aspirantes a novilleros que estaban sirviendo a la Patria como
soldados en ese regimiento, matarían dos becerras de la ganadería de Hidalgo
Hermanos. Se anunciaba como asesor de la presidencia al gran maestro sevillano
Pepe Luis Vázquez. Mi nombre aparecía en el cartel como “peón”.
La razón de mi inclusión era debida a que mi padre, Juan Carrión
Rivas, quien era un comandante de ese regimiento, me
tenía
tomando clases de equitación en ese picadero. Allí me hice de amigos tanto de
oficiales como de soldados, y cuando
unos y otros me preguntaban que si quería ser militar como mi padre, yo
le contestaba con énfasis “no, voy a ser torero como mis primos”,
por lo que les dio por llamarme medio en broma “El Torero”. Entonces, a alguien
se le ocurrió, sin consultar con mi padre, proponer que yo participara de
alguna manera en la becerrada para ver si era verdad eso de que quería ser
torero.
Mi papel debiera de haber sido muy limitado, pero al hacer el primer
quite y ganarme los primeros aplausos, se me subieron los humos a la cabeza y,
creyéndome un “Manolete”, aprovechaba cualquier descuido de los inexpertos
novilleros para robarle pases a las becerras, convirtiéndome en el centro de
atención de un público partidario, compuesto por oficiales y soldados amigos de
mi padre y míos.
Ahora me figuro como a los dos novillerotes-soldados les hubiera
gustado pegarle una patada en el culo al osado aficionado que estaba robándoles
protagonismo. Probablemente, no lo hicieron porque en el fondo reconocerían que
se encontraban en territorio enemigo, ya que sus jefes, o sea mi padre y sus
compañeros, estaban en la presidencia y en el graderío.
La verdad es que ahora cuando lo pienso, no creo que
mi conducta para mis compañeros de cartel de ese siete de diciembre fuera muy
ética. Ahora bien, también comprendo que cuando un muchachito sin
sofisticación, como yo era
entonces, esta obsesionado con torear, la afición lo
ciega. Por otro lado, con certeza sé,
que yo en el lugar de esos aspirantes a novilleros, con mis jefes o sin mis
jefes en la presidencia, con la pasión que sentía por el toreo, no hubiera
permitido que un osado Mario Carrión cualquiera se pasara de la raya con mi
becerra, aunque el comandante luego me
encerrara en el calabozo, o me pusiera a pelar papas para el regimiento
completo.
Como quien dice esa tarde me gané la repetición para aparecer en
cartel como uno de los protagonistas del festival que tendría lugar en el mismo
picadero el siguiente año, como parte también del programa de festejos que celebraría
la fiesta patronal. El cartel del festival, en que los actuantes vestiríamos el
traje corto, lo componían el matador de toros Manolo Carmona, quien es mi primo
segundo, y los novilleros Jaime Malaver y Manolo Vázquez, quienes estaban
haciendo el servicio militar, entendiéndosela con tres novillos-toros de las
ganaderías de Hidalgo, Guardiola y Prieto de la Cal, y el cartel añadía que “a
continuación lidiará y estoqueará una vaca el joven aficionado Mario Carrión”.
Aunque no estaba anunciado, a petición del público el extraordinario
banderillero “El Vito” bajo al ruedo para banderillear a los novillos.
El año anterior mi actuación fue casi un juego pues no sentí ninguna
presión. Sin embargo, en esta ocasión al verme anunciado por primera vez en un
cartel junto a toreros de nombre, me entró miedo, mucho miedo. 
No un miedo por
el daño físico que me pudiera causar un animal bravo, sino miedo al fracaso;
miedo a quedar mal con los partidarios que me había ganado el año anterior y
que, ahora cada vez que iba al cuartel o al picadero me decían cariñosamente
“torero” y a la vez me deseaban suerte; miedo a que mi padre sintiera vergüenza
de mí si las cosas no me salieran bien, y que sus compañeros militares pensaran
que yo era un cobarde. Miedo también a hacer el ridículo ante un grupo de gente
importante como el Capitán General Rada que presidía el festival, asesorado por
el matador de toros retirado Luis Fuente Bejarano, y especialmente ante mi
primo, mentor y maestro, Pepín Martín Vázquez y los otros toreros con quienes
iba compartir el ruedo.
Con la perspectiva del tiempo creo que entonces ese miedo era lógico,
pues iba a ser la primera vez que iba a matar a un animal bravo y lo iba a
hacer en público. Torear ya había toreado durante ese año en varios tentaderos,
y además toreaba de salón diariamente,
pero matar no lo había hecho nunca, y el entrenamiento con el carretón
para eso ayuda poco.
Es curioso que ese intenso miedo que sentí esos días antes de mi
actuación en el picadero, no era nada especial, pues lo volví a sentir, con más
intensidad tal vez, pues la responsabilidad sería mayor, cada vez que actué
profesionalmente y, por mis conversaciones con otros espadas amigos sé que, con
más o menos intensidad, ellos sienten algo igual o parecido. Es un miedo
especial que, añadido al otro miedo por lo físico que ya con más experiencia
luego se siente, tiene el efecto de una droga pues uno, en vez de evitarlo, lo
busca con ansias, y tal vez masoquísticamente lo disfrute.
Mi miedo no tuvo fundamento pues tuve una muy lucida actuación, oyendo
continuos aplausos y dando una vuelta al ruedo sin trofeos, a causa de haber
pinchado un par de veces antes de colocar una efectiva estocada. Luego recibí
muchas enhorabuenas y elogios. Especialmente recuerdo la sonrisa en los labios
de mi padre que, por cierto, no era
aficionado, cuando sus compañeros lo
felicitaban una y otra vez, como si fuera él el que hubiera estado en el ruedo.
Esto es parte de lo que al día siguiente se reportó en el ABC del
festival:
Finalmente el joven aficionado Mario Carrión hizo gala de sus aptitudes de artista con una becerra muy brava de Prieto de la Cal. Para todos hubo ovaciones, olés y música.
Aunque no había necesidad, pues mi padre ya sabia de sobra el fuego
que ardía en mis entrañas que me urgía a ser torero, animado por el buen
ambiente que había dejado en el festival, me atreví a pedirle formalmente que
me permitiera que probara mi suerte para ser torero profesional. Mi padre
comprendería que no había manera de decirme que no, pues me dio su permiso con
la condición explicita que tenía que seguir estudiando y mantener al menos
notas de notable. No vi que eso fuera un problema, pues hasta entonces había
sido muy buen estudiante. Salté de alegría, lo abracé, lo besé, y salí volando
como alma que se la lleva el diablo, diciéndole a todo el que me quería oír
“Voy a ser toreo como mi primo”. Como si eso fuera tan fácil.
Apenas tenía entonces dieciséis años, y naturalmente comprendo que en
algunos momentos mis extemporáneas reacciones eran las naturales de un simple
muchachote. En cambio, al mismo tiempo y con pleno conocimiento de causa,
estaba eligiendo en aquel momento una profesión que no ofrecía seguridad, y en
la cual para tener éxito me tendría que jugar la vida como un hombre. Ya de
mayor he notado este fenómeno al observar la dicotomía de la conducta de
algunos diestros precoces quienes, aunque regularmente están tomando
importantes y maduras decisiones, de cuando en cuando obran sin darse cuenta
como el chiquillo que llevan dentro.
A mi primo Pepín, mi maestro y mentor taurino, quien por algunos años
me había estado afinando mis maneras toreras y últimamente me había llevado a
algunos tentaderos, también le
comuniqué mi intención de ser torero como él y que ya tenía el permiso de mi
padre, pidiéndole al mismo tiempo su consejo y ayuda.
Su respuesta fue positiva, después de aclarame que me había estado
frenando mis ansias de lanzarme a los ruedos, pues él quería estar seguro de
que mis deseos eran reales y no caprichos pasajeros, y que yo estaba preparado
para esa lucha tan dura y peligrosa. Me prometió que, como creía que yo tenía
condiciones para ser un buen torero, me seguiría apoyando y que le propondría a
su hermano Manolo, quien era entonces su apoderado, que dirigiera mis primeros
pasos en el difícil mundo taurino.
No recuerdo exactamente la fecha, pero alrededor de un par de meses
después de mi conversación con Pepín, Manolo vino a Sevilla desde su finca en
Jaén para visitar a su madre, y como siempre hacia se pasó por nuestra casa a
visitar a “tito Juan y títa Manolita”, como todos los Martín Vázquez llamaban a
mis padres. Pero su visita esta vez no era puramente social, sino era
primordialmente para tener una conversación formal con mi padre y conmigo para
exponer las condiciones para el ser mi apoderado. Ya venía preparado con un
contrato en el cual se especificaba en un jergón legal que yo le daba poderes
para ejercer como mi apoderado por un periodo de tres años. Lo firmé con mi
padre de testigo y quedamos en que en
junio, cuando terminara en el colegio, me iría a vivir con él y su
familia durante el verano en Madrid, para hacer por esa zona mi primera campaña
como novillero sin caballos.
Así que con el contrato firmado, aparte de estudiar fuerte para que mi
padre estuviera contento, ya no me quedaba otras cosas más que hacer que
entrenar y torear en el campo en los tentaderos para estar preparado para junio
de ese año 1950 cuando comenzaría a realizar mi sueño de ser toreo.
A menudo me han preguntado que cuando se manifestó en mi por primera
vez el deseo de ser torero. Siempre me ha sido difícil contestar esa pregunta,
pues yo soy incapaz de señalar un especifico instante en que, como una
revelación divina, yo me dijera a mí mismo “quiero ser torero”. No obstante
para satisfacer la curiosidad del interrogador y, tal vez, para evitar el tener
que racionalizar sobre el asunto, mi respuesta era a propósito vaga, diciendo
algo así como “desde siempre, desde que tengo uso de razón”.
La verdad es que ahora creo que adquirí la afición por osmosis durante
un indeterminado espacio de tiempo pues, al vivir por gran parte de mi niñez 
y
juventud cerca de mis familiares los Martín Vázquez, respiraba la fragancia
torera con que estaba impregnada esa casa y, también, primero era testigo y
luego participaba tangencialmente en las actividades taurinas que desarrollaban
los grandes toreros que allí habitaban.
Mi parentesco con los Martín-Vázquez viene a través de mi madre, ya
que su hermana mayor, mi tía Dolores Bazán, estaba casada con Curro Martín
Vázquez, quien inició esa dinastía torera a principios del siglo XX. Los Martín
Vázquez y los Carrión formábamos un núcleo familiar cuyo patriarca era mi
abuelo materno. Vivíamos en la Calle Resolana del Barrio de la Macarena en Sevilla en residencias casi
contiguas, pues solamente tres edificios nos separaban, y los miembros de ambas
familias nos relacionábamos informalmente, especialmente los niños y los
jóvenes, entrando y saliendo de ambas casas como si ambas fueran la nuestra.
Tal vez si tuviera que elegir un hecho impactante que me hizo ser
consciente del toreo, tiene que ver con mi tío Curro y con dos cabezas
disecadas que colgaban en una pared en el patio sevillano de su casa. Yo
tendría unos cinco años, no sé por cierto, y me gustaba subir al segundo piso
de la casa de mis tíos para desde allí, agarrado a los barrotes de la
barandilla que se asomaba al patio, contemplar de cerca, casi cara a cara, las
dos monstruosas y negras cabezas de toros cinqueños, que
aunque inmóviles, desde
la pared me miraban amenazantes. Entonces, yo miraba hacia abajo y observaba a
mi tío Curro que, sentado en un sillón debajo de las cabezas, leía
tranquilamente o charlaba con sus hijos. Con la curiosidad inquisitiva de la
niñez un día le pregunté a mi tío sobre las cabezas y me explicó que había sido
torero y que había dominado y matado a esas fieras. Desde entonces, mi
admiración por mi tío creció, no por lo de ser torero, que eso a mi edad
significaba poco, sino por imaginarme que era un poderoso superhombre capaz de
luchar gallardamente con esas impresionantes bestias. De ahí en adelante, ya
cuando subía una y otra vez a contemplar las cabezas, ya no me parecían tan
amenazadoras, pues pensaba que, al igual que mi tío, si me atacaban yo también
vencería a esas fieras.
Luego, según crecía, el concepto de toreo, de burlar a un toro con
valor, habilidad y arte tomaba forma en mi mente al conocer los pormenores de
las experiencias taurinas de mi tío y mis primos. Mi pasión por el toreo se
acrecentó aun más al ser testigo del ascenso vertiginoso de Pepín como torero,
quien en el año 1943, a la edad de dieciséis años, cuando yo tenia diez, vistió
por primera vez el traje de luces en una novillada en Cehejin (Murcia), y al
año siguiente tomó la alternativa, terminando la temporada alternando con los
grandes del toreo como "Manolete" y Arruza. Se retiró en el 1952.
Hice de él mi ídolo, y me convertí en su sombra, no desaprovechando ninguna
ocasión para hacerle preguntas sobre el toreo y dejarle saber que aspiraba a
ser como él.
Al principio, ni él ni nadie me echaba cuenta, pues probablemente
consideraban que ese deseo era una reacción de un muchacho que admiraba y
deseaba tener la excitante vida que Pepín llevaba.
Al fin, mi insistencia
surtió efecto, pues cuando tenia 15 años Pepín decidió llevarme a un tentadero,
durante el cual me dejó darle unos
pases a una de sus becerras. La experiencia fue grandiosa, y aun más al oír a
mi primo comentar a alguien que yo tenia valor y buenas maneras. Sin embargo,
el solo haber ejecutado una quincena de pases me supo a poco. Me volvió a
llevar a un par de tentaderos más antes que yo hiciera mi ‘debut’ en el
picadero del cuartel sevillano, y otros cuantos más
antes de mi debut como
novillero sin caballos. Sin embargo, tengo que decir que mi ansiedad por torear
era tan intensa que me faltaba paciencia para esperar que Pepín me llevara a
los tentaderos. Debido a eso hice algo fuera de mi recio carácter que sin duda
desilusionaría a mis padres y profesores. En varias ocasiones falté al colegio
para irme aventureramente con otros aficionados a ganaderías cercanas, en donde
nos enterábamos que se estaban haciendo tentaderos. Pasábamos el tiempo sentado
muertos de frió en una tapia de la placita en donde se efectuaba la tienta, esperando
que el ganadero de turno tuviera pena de nosotros y nos dejara pegar un
muletazo. Unas veces nos dejaban probar suerte, generalmente con las malas
becerras que toreaban poco los toreros invitados; y otras veces volvíamos a
Sevilla despechados por ni siquiera haber pegado un pase. Y para hacer peor mi
situación, al llegar a casa me esperaba un castigo en casa, y otro más duro aun
al día siguiente en el colegio, ya que el perfecto del Colegio San Fernando había
comunicado a mis padres mi ausencia ilegal a través de mi hermano. Esto me hizo
apreciar más la suerte de tener un primo como Pepín que me estaba haciendo más
fácil el tomar mis primeros pasos toreros.
De chiquillo no entrenaba,
más bien jugaba al toro, toreando con toallas, manteles o cualquier trapo que
encontrara. Más de una bronca de mi madre tuve que oír por traer a casa abrigos
o una chaquetas embarrados
por haber bordado con esas prendas verónicas en el
aire. A mi hermano Manolo lo traía loco, pues lo forzaba continuamente a que me
embistiera con dos cuchillos o tijeras por cornamentas. Por otro lado, me hice
un tío pesado cuando nos reuníamos para jugar a cualquier cosa con los amigos
del barrio, por yo siempre insistir en que jugáramos al toro.
Respecto a entrenar más formalmente toreando
de salón con otros aspirantes a toreros, no comencé a hacerlo regularmente
hasta después de mi presentación en el picadero. Lo hacía intensivamente
durante las vacaciones de Navidad, primavera y verano. En cambio, durante el
año escolar se me hacia difícil, pues la mayoría de los aficionados ni
trabajaban ni iban al colegio, por lo que ellos entrenaban durante el día
mientras yo estaba en la escuela. Sin embargo, me hice amigo de mi vecino
Pedro Escacena, quien estudiaba como yo y que también aspiraba a ser torero, y
nos pusimos de acuerdo para entrenar juntos por la noche después de haber
completado nuestros deberes escolares. A veces nos daban las diez u once de las
frías noches invernales haciendo perfectas faenas bajo la luna. Escacena no
pudo realizar su ilusión de ser torero, pero ha llegado a ser uno de los más
famosos pintores de carteles de toros de España.
Hubo una circunstancia relacionada con la profesión de mi padre que
puso a prueba mi determinación de ser torero. Mi padre era militar del ejercito
de infantería, y tenía el rango de comandante durante los años cuarenta, cuando
mi afición a los toros se estaba
solidificando. Mi padre durante ese periodo tuvo varios destinos y, como tantos
militares, arrastró a la familia con él a donde quiera que fuera por la entera
duración o parte del tiempo de sus destinos.
Esta vida errante nos llevó a
residir por unos meses en Tetuán en
Marruecos en 1940, en el año 1941 en el Aaiún, entonces solamente un pequeño
enclave militar en la colonia española del Sahara, y desde el 1942 en San Roque
(Cádiz) hasta el 1945 cuando volvimos a vivir de nuevo en Sevilla, en donde mi
padre permaneció destinado hasta ascender a teniente coronel en el año 1950.
Estas mudanzas pudieron habernos desarraigado de nuestra Sevilla pero nosotros, a
diferencia de una mayoría de las familias de militares, siempre tuvimos un pie
en nuestra tierra natal, pues allí manteníamos nuestra casa amueblada para
habitarla mientras mi padre se acomodaba en la localidad de su destino, o para
recibirnos al venir de vacaciones o a residir de nuevo en ella. En esa casa en
la Macarena nacieron mi madre y tres de sus cinco hijos, mis hermanas Mari
Carmen, Conchi y yo mismo.
Durante estas permanencias en las bases militares, se inició e mi una
atracción por la vida militar, que quizás la llevara en mis genes, pues mi
padre, mi abuelo, tío y bisabuelo habían sido militares. Sin embargo, la
ascendencia no fue lo suficiente fuerte para que cuando mis amigos soldados y
oficiales me preguntaran que si iba estudiar para ser militar como mi padre yo
les contestaba políticamente que solamente lo haría si yo no consiguiera ser
torero. Obviamente ni los genes familiares ni los largos periodos de vivir
fuera de Sevilla, aislado de la
influencia taurina de los Martín Vázquez, habían disminuido mi esperanza de
algún día enfrentarme con toros armados con cornamentas tales como las de las
cabezas que colgaban en el patio de la casa de mi tío en la calle Resolana.
También, había otro aspecto de mi
vida juvenil que,
aunque no me desviaba de llegar a mi meta en el toreo, tampoco me facilitaba el
camino para ello. Era mi vida estudiantil, ya que por aquel entonces la mayoría
de los aspirantes a toreros no proseguían la educación escolar después de la
enseñanza elemental, y algunos ni siquiera terminaban los estudios en la
escuela primaría, por lo tanto era raro que un joven con mis aspiraciones
profesionales taurinas prosiguiera los estudios de bachillerato. No obstante,
eso fue lo que yo hice, en parte forzado por mis padres y animado por Pepín,
quien me decía que siguiera estudiando el bachillerato, lo que él no había
tenido la motivación de hacer por haber sido un importante matador de toros con
apenas diecisiete años.
Así que me
preparé para el examen de ingreso de bachillerato en San Roque (Cádiz) y lo pasé en
el instituto de
Algeciras, para luego comenzar en septiembre del 1945 el primer curso de
bachillerato en el Colegio San Fernando de lo hermanos maristas en Sevilla, en
donde estudié hasta el cuarto año. Aunque mis notas eran buenas me habían amenazado
con la expulsión del colegio por mis repetidas ausencias sin excusas de mi
padre por ir a los tentaderos. Por lo tanto completé el quinto año en el
Instituto San Isidoro de Sevilla en junio de 1950, unos días antes de marcharme
para Madrid para iniciar mi vida profesional torera.
Desgraciadamente por comenzar teniendo éxito en mi
primer año como novillero, no cumplí el sabio consejo de mi padre de que
debería compaginar los estudios con el toreo.
Nada más terminar los exámenes en el Instituto de San Isidoro tuve que
aligerarme para irme a Madrid, ya que mi apoderado Manolo Martín Váquez había hecho arreglos para que yo hiciera el 8 de junio
mi
debut como novillero sin caballos.
Manolo vivía en Madrid con su familia desde hacía tiempo, y allí tenía
sus amigos y contactos taurinos y, por lo tanto, para él era más fácil
contratarme novilladas en los pueblos de las provincias de Madrid, Toledo,
Segovia o Avila, en donde entonces, en vez de novilladas picadas y corridas de
toros ,se daban novilladas sin caballos en las ferias de esos pueblos. Así que
su plan era que yo me quedara en Madrid durante el verano alojado en su casa
para que desde Madrid nos
desplazásemos a esos lugares cercanos
en donde torearía la mayoría de los festejos durante mi aprendizaje. Sin
embargo, mi debut de novillero tuvo lugar en Vera, un pueblo de la provincia
andaluza de Almería.
En
Madrid solo tuve tiempo para acomodarme en la casa de Manolo,
conocer al mozo de espadas y al banderillero que serían parte de mi cuadrilla,
completar mi equipo torero e inscribirme en el Sindicado de Matadores y
Novilleros y en el Montepío de Toreros. Yo solamente tenía un capote y una
muleta usadas que Pepín me había regalado y Manolo me dejó usar sus viejos
capotes y muletas, el esportón y un juego de espadas. El traje de luces lo
alquilé en la Sastrería de Juan Jiménez. Juan, quien luego sería mi sastre, me
permitió sacar el traje un par de días
antes del viaje para hacerme unas fotos para el carné
profesional. O sea que me vestí de luces por primera vez en el estudio de un
fotógrafo.
El 7 de junio, Manolo, el banderillero, el mozo de
espadas y yo, apretados como sardinas en un taxi antidiluviano salimos de
Madrid para Vera. Allí esa noche nos alojamos en una fonda y yo me fui a
dormir, mejor dicho a soñar despierto con las grandes faenas que iba a bordar
al día siguiente... aunque el sueño se convertía en pesadilla cada vez que
pensaba en la espada, ya que el haber estoqueado solamente una vez, y no muy
bien, no me daba mucha confianza. No sé cuanto dormiría, aunque supongo que
poco, pero al despertar me llevé la mayor desilusión de mi vida, ya que al
observar desde el
balcón lo que sucedía fuera, me dieron ganas de llorar.
Llovía a cántaros, y no paró durante todo el día. Era verdaderamente mala
suerte porque Almería es una región muy seca en donde apenas llueve.
Naturalmente no hubo debut ese día, que era jueves, el Día del Corpus Christi,
aunque no era como dice el popular refrán uno de los “tres jueves que relucen
más que el Sol”.
La novillada se dio domingo 11, y en el cartel se
anunciaba que cuatro novillos de Don Emilio Arroyo serían lidiados por Enrique
Planas y Mario Carrión, “de Sevilla, primo del famoso torero Pepín Martín
Vázquez, y extraordinario muletero, que vestirá por primera vez el traje de
luces”.
Durante esos tres días antes de mi debut disfruté de esa popularidad
temporal que los torerillos entonces gozábamos en los pueblos cuando estábamos
allí para torear. Nuestros egos crecían pues nos hacían sentir importantes al
ser tenidos en cuenta por la gente del pueblo, y todo el mundo buscaba nuestra
compañía y, claro, nos gustaba también que las muchachitas locales nos miraran
de una manera especial. Esta experiencia era nueva para mi e hizo que el tiempo
que faltaba para la novillada transcurriera más rápidamente.
Mi debut fue triunfal, y la verdad es que yo no recuerdo lo que hice
bien o mal, ya que estuve durante toda la tarde en un trance, solamente me
acuerdo que usé bien la espada, aunque pinché una vez al mi difícil segundo
novillo, y que oí continuados aplausos y obtuve trofeos, y que también recibí
una voltereta en cada faena. Lo que fuera debió ser bueno, pues todo el mundo
alrededor mío estaba contento y la empresa me contrató para volver a torear la
temporada siguiente. En el diario El YUGO de Almería, el crítico Pedro Pinturas
decía esto de mi actuación
Yo me atrevería a aseguraros que en la plaza
de Vera acaba de lanzar sus primeros destellos un astro taurino de primera
magnitud: Mario Carrión Bazán. Al llegarle su turno, se abrió de capa con la
serenidad, la elegancia y la prestancia torera de un espada de primera línea, e
instrumentó unos lances templados, ceñidos, estirando los brazos y mandando con
el arte, la soltura y la gracia sevillana de Joselito. La ovación unánime y
clamorosa, fue de las que forman época, y yo creo fijamente que Mario no la
olvidará nunca, ya que fueron estas las primeras palmas entusiastas, ganadas a
pulso, que sonaban a gloria en sus oídos, preludio y augurio feliz...de muchas
otras muchísimas palmas que han de sonar por esas plazas..Ni que decir tiene
que cortó Mario dos orejas y rabo de su primero y que la ovación fue tan grande
que debió faltar poco para que la oyera en Algeciras su primo Pepín Martín
Vázquez que toreaba en aquella plaza...En su segundo se repitieron las
ovaciones delirantes, siendo una verdadera lástima que perdiese el corte de las
orejas de este último toro por las pésimas condiciones en que este llegó a la
muerte. Ello no oscureció el éxito magnífico de Mario Carrión en su primera
novillada de su carrera torera.
No toreé mucho esa temporada, pero si lo bastante para placearme y
empezar a sentirme a gusto con los novillos.
El 18 de julio actué en un festival en Cercadilla (Madrid) alternando
entre otros con el matador madrileño Manolo Navarro y un aficionado práctico. Di
una vuelta al ruedo.
En Cehejín (Murcia) actué dos tardes. El 13 de agosto cuando corté
tres orejas y un rabo, ganándome la repetición para el 25 de ese mismo mes. Esa
segunda tarde obtuve un trofeo más que en la primera novillada. Cuando uno
empieza hay cosas que quedan grabadas, no porque sean en sí mismo importantes,
sino porque para uno son hitos en la carrera. Por ejemplo, el resultado de mi
primera actuación en Cehejin causó que en el encabezamiento de la sección taurina del diario madrileño EL ALCAZAR
apareciera mi nombre en letras grandes junto a los de las grandes figuras. Esta
era la información “Memorable tarde
de Manolo Vázquez en La Línea. ‘Litri’, Ordóñez ,Posada, Malaver y Mario
Carrión también cortaron apéndices”; y abajo aparecía la reseña de mi
novillada de la agencia EFE que decía:
En Cehejín- Cehejín 13. Novillos de Emilio Arroyo, superiores. Mario Carrión, oreja en uno y dos orejas y rabo en el otro. Cantalares también cortó orejas. Los dos matadores salieron en hombros.
Mis actividades taurinas concluyeron el 27 de ese mes matando un eral
en una becerrada organizada por la colonia de veraneantes en la plaza de toros
de San Lorenzo del Escorial (Madrid), en la cual actuaron dos aficionados
locales, y mi primo Pepín participó como director de lidia. El festejo era algo
informal y el presidente me concedió todos los trofeos que
quiso y aún más. Lo
importante no eran los trofeos sino que el becerro era de dulce y no se cansaba
de embestir, ni yo de hacerle el toreo bueno en presencia de un montón de buenos
aficionados madrileños.
Continué la campaña en septiembre y octubre actuando tres tardes en
Arenas de San Pedro (Avila), el 9 de septiembre y el 20 y 23 de octubre toreado un
total de cinco novillos, a lo que
les corté seis orejas, tres rabos y una pata. Entremedio actué el
17 de septiembre en Cadalso de los Vidrios. Otra vez corté los máximos trofeos.
Hasta aquí he nombrado los lugares de mis actuaciones pero he hecho
pocas referencias ni a mis compañeros de carteles y a las ganaderías. La razón
es que los nombres de los aspirantes a toreros que actuaron conmigo en la
temporada del 1950 significarían poco para el lector, pues solamente un par de
ellos tuvieron cierta notoriedad. Se me viene a la mente mi amigo Luis Parra
“Parrita”, quien luego en el 1956 sería el testigo de mi alternativa, y Alberto
Díaz “Madrileñito”, quien se hizo notar de novillero. Ambos terminaron la
carrera como conocidos subalternos. Tampoco he puesto énfasis en nombrar las
ganaderías, lo que era debido a que en las novilladas sin caballos se lidiaban
en los pueblos reses de ganaderos clasificados como de segunda. Estos ganaderos
lo mismo lidiaban novillos de casta de deshechos, comprados a ganaderos de
primera, como novillos de media casta de origen desconocido o moruchos criados
por ellos mismos. Por lo tanto los nombres de los ganaderos significaba poco.
Sin embargo, tuve la suerte de torear a menudo reses del ganadero Emilio Arroyo,
quien era amigo de mi familia torera, y cuando yo 
toreaba su ganado enviaba lo
mejorcito que tuviera en el cerrado en esos momentos. Emilio se hizo mi
partidario más acérrimo, e incluso se hizo empresa en los pueblos en varias ocasiones para que yo toreara sus
novillos. Con el tiempo resultó ser la persona que, junto a mi primo Pepín, más
me ayudó en mi carrera. Después del
verano del 1952, Emilio compró una ganadería de primera. Yo le ayudé
seleccionando las vacas, y a partir de ahí yo pasaría parte del año en su finca
en Moraleja (Cáceres), viviendo como quien dice entre los toros, entrenando y
haciendo sus tentaderos y algunos de otros ganaderos de la comarca.
Recuerdo que Emilio Arroyo, para celebrar el éxito de mi primera
temporada, organizó una fiesta campera el 12 de octubre en una finca que sus tíos tenían cerca del
Escorial. Allí yo maté un eral y Emilio rejoneó como pudo una becerra, y además echaron un par de becerritas más
para que probaran suerte toreando sus familiares y amigos. Mi primo Pepín fue
el invitado de honor y Manolo, mi apoderado, quien fue considerado uno de los mejores
banderilleros de sus tiempos, banderilleó conmigo a mi becerro. Luego comimos
bien, cantamos, se contaron chistes e historias. Fue una fiesta inolvidable
para mí pues notaba que se me empezaba a considerar un torero.
Ahora bien, es necesario recordar que momentos como esos no eran la
norma, pues el actuar en los pueblos en los cincuenta era una dura prueba para
los toreros, por las difíciles circunstancias a las que había que sobreponerse.
La consecuencia era que esas pruebas aseguraban la sobrevivencia de los
novilleros con más determinación y con mejores condiciones toreras.
En los cincuentas España era un país tercermundista, todavía no
aceptado por la Europa democrática, con una economía pobre. Esa pobreza se
reflejaba en las condiciones existentes en los pueblos castellanos, en donde
puedo decir que me hice torero. Tendría que escribir un libro para describir
todos los inconvenientes que teníamos que afrontar los toreros, pero me
limitaré a exponer un par de ejemplos. En la mayoría de esos pueblos no había
plaza fija y para los festejos de feria se acomodaba una plaza del pueblo, o
cualquier solar que se encerraba en forma de círculo con carros, andanadas o
empalizadas. El piso del ruedo era lo mismo de tierra casi sin aplanar que un
piso asfaltado o adoquinado cubierto con arena, en los cuales toreros y toros
se deslizaban como si estuvieran en una pista de patinaje. Por otro lado,
aunque los pueblerinos eran personas nobles y bien intencionadas, a veces
mostraban una conducta que aumentaba el peligro de los toreros. Primeramente
los jóvenes se asomaban desde detrás de la emplazada y con sus chaquetas
llamaban la atención de las reses cuando uno estaba toreando, y si el torero era
perseguido por el animal y buscaba refugio en donde ellos estaban, amenazaban al torero
con varas o bastones para que volviera al toro. Los banderilleros
que conocían el cotarro nos recomendaban a los principiantes que nos llevásemos
los novillos al centro de ruedo para poder hacerles faena sin ninguna
interferencia. También se debe decir que si el torero no estaba bien le tiraban
lo que fuera que tuvieran a mano, como sandías y melones. Yo vi en más de una
ocasión a algún compañero llevarse a la res debajo de donde estaba sentada la Guardia
Civil en el tendido, para torear allí protegido de los proyectiles.
En cambio, si uno triunfaba te aplaudían a rabiar agradeciendo
cualquier cosa buena que uno hiciera, y los excitados mozos se tiraban al
ruedo, incluso antes de que el novillo doblara, para darte apretados abrazos de
oso, darte palpadas en la espalda que casi te quebraban la columna vertebral, y
hacerte beber de sus botas hasta que el vino te saliera por los oídos.
En una ocasión los mozos estaban tan entusiasmados con mi actuación
que me sacaron en hombros vestido de luces y me llevaron con ellos de taberna
en taberna hasta que mi apoderado, con la ayuda de los guardias municipales, me
rescató para llevarme al hotel. Mejor dicho a la fonda, pues también los
alojamientos dejaban mucho que desear. Más de una vez después de torear mi
ducha consistía en ponerme de pie encima de una palangana mientras que el mozo
de espadas me rociaba con una regadera como si yo fuera una planta. De las
enfermerías es mejor no acordarse, pues apenas un poco de yodo, vendas,
esparadrapos y, probablemente, aspirinas eran todo el material con el que un
médico o un enfermero contaba para tratar a los heridos si los hubieran.
Ahora bien, la cuestión económica para la mayoría de los aspirantes a
toreros era más conveniente entonces que en la actualidad, cuando los
torerillos tienen que pagar por torear en los pueblos. En mi caso, desde mi
debut en Vera siempre que hice el paseíllo, lo hice ganando dinero, no mucho,
pero algo. Lo bastante para pagarme los gastos y para tener unas pesetas en el
bolsillo para costearme mis caprichos. Recuerdo que incluso mi apoderado desde mi primera actuación
cobraba el diez por ciento de mi sueldo
Aun así, a pesar de tantos inconvenientes, no hubiera cambiado esas
experiencias toreando en los pueblos por nada del mundo, pues ese año aprendí
que con mi capote y muleta no solamente
que podía dominar a un animal salvaje, sino también que podía hacer disfrutar a
una ruda audiencia y ganarme su admiración y respecto.
Esos pueblos ahora han avanzado tremendamente y en ellos se encuentran
comodidades similares a las de las ciudades, y para sus ferias, en vez de
novilladas sin caballos, se dan corridas de toros o novilladas en bonitas
plazas fijas, o en modernas plazas portátiles.
Al terminar mi primera temporada no volví a Sevilla, sino a Cáceres,
para pasar parte del invierno con mi familia. Ahora mis padres y mis cuatro
hermanos habían reanudado su vida nómada, pues durante el verano mi padre había
ascendido a teniente coronel y su nuevo destino era la capital cacereña, donde
estaríamos residiendo durante tres años.
Vivíamos en un segundo piso en un edificio a la entrada del cuartel,
enfrente de la Plaza de Toros, coso que era lo primero que veía cada vez que me
asomaba al balcón. En ese noviembre del 1950 que poca idea tenia que en esa
plaza cinco años después tomaría la alternativa, y que la afición cacereña me adoptaría como un torero suyo. Hecho casi
incomprensible para mí, pues apenas residiría allí, ya que durante los veranos
tenía mi base en Madrid, y parte del invierno y de la primavera lo pasaba
entrenando en la finca que Emilio Arroyo
poseía entre los pueblos cacereños de Coria y Moraleja.
Poco después de llegar a Cáceres conocí a “Tori”, critico taurino
del diario EXTREMADURA y de una emisora
de radio local, en donde emitía un programa semanal. Me hizo una entrevista en
la radio, y no sé porqué me cogió cariño, y desde entonces cada vez que yo
actuaba tanto de novillero o de matador
de toros, comentaba en la radio mis éxitos y escribía artículos muy positivos
sobre mi carrera, como este publicado
en el diario EXTREMADURA el 15 de septiembre del 1951, que titulaba “Nuestros
valores”, que a continuación
reproduzco. El artículo se refería a
los novilleros sin caballos locales como Luis Albis, quien luego llegó a ser
matador de toros, y a mí adoptándome como torero cacereño:
Vive en nuestra capital un joven torero, un muchacho bisoño, que nació en la cuna del torerísimo barrio macareno de Sevilla. Allí aprendió del sabor puramente taurino en una casa que es escuela: en casa de su “tío Curro”, y se crió entre el ambiente taurino más depurado con sus parientes próximos: Rafael, Manolo y Pepín...Es Mario Carrión Vázquez [sic] primo hermano de los finos toreros que componen la dinastía Martín Vázquez. Con ellos aprendió la difícil asignatura de la lidia con sus mejores características de pundonor, arte, conocimiento y valor, y cuando ha destapado en sus tardes plenas el pomo de su esencia exquisita, ha embriagado a las multitudes y sus éxitos se cuentan por actuación...Ahora Mario vive en Cáceres y Mario a fuerza de ser sevillano es cacereño... En Mario tenemos un valor que por ser ahora nuestro tenemos la obligación de alentarlo, de darle todo el animo que precisa el que empieza para que triunfe...
No me costó trabajo adaptarme a mi nueva ciudad, ya que mi amigo
“Tori” me introdujo a los aficionado locales, y entre ellos, cosa rara porque
casi siempre los aficionados son personas mayorcitas, había varios chicos de mi
edad con quienes establecí una buena amistad. Ellos, a la vez, me presentaron a
sus amigos locales, quienes no eran necesariamente aficionados, y en poco tiempo me
encontré siendo aceptado en el grupo como cualquier otro cacereño, aliviando
así, de alguna manera, mi alta fiebre torera por un par de meses. Esos son
respiros que todo joven torero debería darse para saborear las simples
experiencias de los chicos que llevan
una vida normal.
El año 1950 fue para mi un año de buenaventuras pues había completado
con nota alta mi primer curso de torero. Sin embargo, en el fondo de mi alma
había algo de lo que no me sentía orgulloso y era que con la excusa del toreo
no había empezado el sexto año de bachillerato en Cáceres, como debería haberlo
hecho.
Después
de haber pasado con mi familia las fiestas navideñas, a
últimos de enero del nuevo año me fui a la finca de Emilio Arroyo en Moraleja
(Cáceres), para empezar a prepararme para mi segunda campaña de novillero sin
caballos. Allí llevaba una vida espartana, mucho ejercicio, toreo de salón y,
de cuando en cuando, hacia un tentadero. Pepín vino a hacer uno de esos
tentaderos en la finca que muy cerca de allí tenia el ganadero Vicente Escudero
Calvo-,
propietario de la ganadería de Albacerrada , la que hoy está en manos de
Victorino Martín. Me fui con Pepín a pasar casi todo el mes de mayo en su finca
cerca de Sevilla, para acompañarlo a otros tentaderos, como los de Miura,
Villamarta y Conrado. Siempre me agradaba estar con mi primo en los tentaderos,
pues era un buen maestro que sabía cuando dar un consejo a tiempo, sin
protagonismo y sin imponerme su criterio.
Lo más
difícil para
un torero son las esperas, por lo que a mi me
pareció que pasó un siglo hasta recibir comunicación de Manolo dejándome saber
que empezaría la temporada el 27 de mayo en Colmenar Viejo (Madrid).
Fui a Madrid, toreé la novillada, corté dos orejas y volví a la finca
de Moraleja para seguir entrenando, esperando de nuevo oír noticias de mi
apoderado. El parón fue largo, pues pasaría un mes y medio hasta volver a verme
vestido de luces otra vez. Estaba desesperado.
Eso sucedió
el 12 de agosto en Alcobenda, un pueblo en las afuera de
Madrid. Fue una buena prueba, pues en la plaza había muchos aficionados
madrileños, algunos habían venido para juzgar al primo de los Martín Vázquez en
ese pueblo en cuya plaza de talanqueras se echaba ganado grande. La prueba la
pasé con notas sobresalientes, no solamente porque obtuviera tres orejas y un
rabo, sino porque también lidié con habilidad a mis dos amoruchados novillos,
los que además de grandes eran mansos. Yo mismo me noté el avance que había
conseguido hacer desde el año anterior.
Esta vez no hubo parón pues volví a torear una semana después en
Cannet Place, cerca de Arlés, en Francia.
El cartel lo formaban la rejoneadora
Beatriz Santullano y los novilleros Carlos y Paco Corpas, que entonces se
anunciaban como niños toreros, y contaban con gran cartel en el sur de Francia.
Los tres dimos una buena tarde de toros, como mostraba DIGAME en el
encabezamiento de la noticia del festejo: “Cortan orejas en Cannet los
hermanos Corpas y Carrión”.
Creo que los hermanos Corpas tendrán un gran
recuerdo como yo lo tengo de ese día, porque los tres les brindamos un novillo
a Pablo Picasso, y luego tuvimos el honor de ser invitados por el genial pintor
a cenar esa noche con él en un restaurante local. No hace mucho escribí una
anécdota sobre el particular que aparece en la sección “Semblanza” de este
sitio cibernético . Por otro
lado esa novillada también tuvo especial importancia para mí, por ser la
primera vez que actuaba y triunfaba fuera de España.
Cuando llegué a Madrid por primera vez en junio del 1950, la ciudad me
deslumbró. En España en esa época existía una gran diferencia entre la capital
de la nación y las ciudades de las provincias, por muy adelantadas que fueran
estas. Todo me parecía grandioso, el tráfico, el metro, los edificios, los
monumentos, las tiendas y cualquier cosa que veía. También las gente me parecía
diferente, pues veía a las personas más
elegantes, y las percibía ser más
libres, e incluso las mujeres me parecían más atrevidas en el vestir y más
seguras de si mismo, como entonces decíamos los provincianos, con una
connotación negativa y con cierto machismo, que “eran demasiado modernas”.
¡Pero como me gustaba mirarlas!.
El primer verano, como ya expuse anteriormente, me alojé en casa de mi
primo por lo que lógicamente me tenía que acomodar a seguir las costumbres familiares
y, además, como al principio no conocía a nadie, dependía mucho de él para
establecer relaciones. Esta situción resultaba en demasiado dependencia y supervisión,
y como consecuencia produjo un retraso para que yo independientemente hiciera
mis propios amigos. No obstante, empecé a conectarme con los aficionados con
los que entrenaba, como Luis Parra “Parrita” y Alfonso Merino, quienes luego
serían compañeros míos de matadores de toros. También conocí a Pepe Ordóñez
quien, como yo, estaba dando los primeros pasos en los ruedos, y a menudo iba a su casa por las tardes para charlar y
tomar café. Allí conocí a sus hermanos Cayetano, Juan, Antonio y Alfonso.
Manolo vivía en la
calle Villanueva, cerca del Parque del Retiro, en
el prestigioso Barrio de Salamanca y en el edificio contiguo existía el
Bar-Restaurante La Perla Asturiana, cuyo dueño “Pepe” se hizo un buen amigo mío
y se interesó en mi carrera. Menciono esto porque ese local y sus parroquianos
jugaron un papel importante para acelerar el que me sintiera madrileño durante
mis años de estancia en Madrid. Allí iban regularmente a tomar un aperitivo
unos jóvenes profesionales, que tendrían entre 20 a 30 años, y también, de
cuando en cuando, mi primo y yo antes de subir a cenar, parábamos a tomar algo,
el un vino yo un refresco o nada. Poco
a poco conocí a esos jóvenes, a quienes
les caí bien a pesar de la diferencia de edad, y empezaron a invitarme a unirme a ellos para jugar al
futbolín en la trastienda del bar, lo que era la moda.
Al saber de mis ambiciones toreras, algunos de mis nuevos amigos
vinieron un par de veces a verme torear en los pueblos cercanos, y antes de
darme cuenta se hicieron mis partidarios. Así que a principios de mi segunda
temporada decidieron formar la Peña Taurina Mario Carrión, con la sede en el
mismo bar donde nos conocimos.
Era una peña curiosa, en cierto modo, diferente a todas las que he
conocido, pues básicamente la peña nació más de una amistad, de la curiosidad de los socios de conocer un nuevo
mundo, y al mismo tiempo del deseo de ellos de divertirse. No eran, en general,

ni clásicos ni entendidos
aficionados. Los componentes de
la peña, en su mayoría, eran solteros sin mayores responsabilidades y aun
vivían en casa, por lo tanto lo que ganaban era para divertirse como quisieran.
Entonces, se les ocurrió la idea de alquilar un autobús para ir de cuando en
cuando a los pueblos en feria en donde yo toreaba, tanto para animar a su
torero como para quedarse festejando y bailando con las mozas de los pueblos
hasta que las fiestas terminaran. No hay que decir que mi apoderado se
encargaba que para entonces el matador estuviera descansando en la cama
mientras él, el ganadero Arroyo y algunos miembros de la cuadilla se unían a
ellos en la fiesta. Creo que para los socios de la peña el pertenecer a ella
era una aventura interesante, pues durante mi carrera tuvieron la ocasión de
conocer a toreros y taurinos, y de vivir un poco más de cerca la vida taurina,
mientras que por mi parte tuve la suerte de, a menudo, verme rodeado de buenos
y sanos amigos que estaban mas interesados en compartir una parte de su vida
conmigo que estar junto al torero. Dada la singularidad de la peña al tiempo
que yo hice mi debut en Las Ventas se escribieron varios artículos sobre ella
en la prensa madrileña.
Durante la temporada del 1951 dejé de habitar en la casa de mi primo y
me hospedé en una residencia situada a dos manzanas de distancia en la misma
calle. También hice un arreglo para cuando no estaba viajando tener mis comidas
en la Perla Asturiana, las que a menudo las hacia en compañía del dueño del
local o con algunos de los socios de mi peña o con algún invitado mío o de mi
apoderado. Otras veces me citaba allí con algunos de mis amigos particulares
para tomar café, charlar o distraernos jugando al futbolín, al dominó o a las
cartas. También, en ese local citábamos a la cuadrilla para desde allí, después de tomar algo, iniciar los viajes en
coche con destino al lugar donde toreáramos.
O sea, yo pasaba más tiempo en la Perla Asturiana que en mi residencia
madrileña, pues allí encontraba casi siempre alguien con quien distraerme.
Tomemos ahora el pulso al resto de mi temporada, la que continué con
éxito el primero de septiembre en Barco de Avila (Avila), toreando dos novillos
de Antonio Arribas y alternando con Marimen Ciamar que rejoneó otro novillo. De
esta manera el crítico “Redflo”
relataba mi actuación en el diario EL LAZARILLO DEL TORMES:
Y salió el segundo. Un bicho codicioso que tomó el capote de Mario Carrión con alegría y cuyo capote se movió con perfumes de bien torear y endechas de Giralda sevillana. Gira los brazos en el eje de los pies juntos clavados en la arena, como un pedestal. Mario, después, en su faena de muleta, toreó a placer, en series distintas, pero con una personificación. Toreo real, bonito, sevillanísimo. Este muchacho, el día que las plazas hayan percibido el aroma de su forma de torear, dará mucho que hablar. Al fin, una estocada, las dos orejas y entusiasmo general...En su segundo, algo reservado y que achuchaba por el derecho, acusó la misma elegancia y serenidad, aunque la faena no tuvo el relieve vistosísimo de la anterior. Lo despachó bien y fue despedido con otra ovación.
Durante
septiembre actué en seis novilladas más con los siguientes
resultados:
9 de
septiembre en Oropesa (Toledo); cuatro orejas y rabo;
11 de
septiembre en Riaza (Segovia); cuatro orejas y rabo;
14 y
16 de septiembre en Cadalzo de los Vidrios
(Madrid), dos novilladas, una de un novillo y otra de dos; 5 orejas y dos
rabos;
25 de
septiembre en Vera (Almería); 3 orejas y un rabo; y
30 de
septiembre en Torrelaguna (Madrid); 4 orejas y un rabo.
De
mis actuaciones en el mes de septiembre tuvo para mi un toque de
nostalgia el pisar de nuevo las arenas de la plaza de toros de Vera, en donde,
como ya relaté, vestí por primera vez el traje de luces. Eso del traje de luces
es un decir, pues cuando miro las fotos de esa y otras tardes de principiante,
noto que muchos de los trajes alquilados que yo vestía relucían menos que las
entrañas de un túnel.
Antes mencioné que “Tori” en el diario EXTREMADURA y en
su programa de
radio no desaprovechaba la ocasión para promocionarme en Cáceres, con la intención de que se organizara una
novillada sin caballos fuera de feria conmigo y Luis Albis en el cartel. Lo que
no sucedió, ya que no debutaría en Cáceres hasta dos años después en una
novillada picada en la feria. Así me promocionaba desinteresadamente haciendo
un eco, adornado por su imaginación, de lo que había leído y oído de mi
actuación en la novillada de mi repetición en Vera:
A la enorme cadena de triunfos que Mario Carrión va teniendo durante la actual temporada, ha unido otro eslabón más que engarza con su arte personalísimo y su valor sereno y reposado...Ayer en Vera, organizó un auténtico alboroto, con la majestuosa maestría del capote hizo el prologo de una faena memorable, dominadora y torerísima, para seguir en el tercio de banderillas en el ritmo ascendente de su superación. Coronó en la faena de muleta la más completa lección de estilo, dominio y saber que Mario es capaz de dar...A este primer toro le cortó las dos orejas y rabo....
Torearía tres novilladas más antes de volver a estar con mi familia en
Cáceres y añadí cinco trofeos más a los que había ya sumado durante mi campaña. El día primero de octubre actué en
Las Rozas (Madrid) teniendo la tarde más completa de las tres en octubre, al
llevarme en el esportón cuatro orejas; el día 7 en Guadarrama (Segovia) me tuve
que conformar solo con aplausos que era menos de lo acostumbrado; y de
Pedrezuela (Madrid) me llevé a casa una simple orejita.
Antes de hacer el viaje de vuelta a Cáceres, tuve una larga
conversación con mi apoderado Manolo para evaluar mi temporada. Durante nuestra
charla tuve que oír todo lo negativo
relacionado con mis actuaciones, al mismo tiempo que él reforzaba sus ideas con
pases al aire, pues Manolo sostenía la teoría que no era necesario alabar lo
bueno, para que a uno no se le subieran los humos a la cabeza. Sin embargo,
concluyó diciéndome que yo estaba listo para en la próxima temporada comenzar a
actuar en novilladas con caballos. No obstante, me advirtió que hasta que no
tuviéramos una fecha fija para hacer ese debut, que seguiría actuando en
novilladas sin caballos, para no perder el sitio que tenía con el toro y para
seguir estando en forma. Así nos dijimos adiós y él partió con su familia para
su finca en Jaén y yo para Cáceres para unirme a la mía. Estaba muy contento
por todo lo bueno conseguido durante la temporada, pero algo mosqueado pues me
hubiera gustado antes de irme a casa el tener una novillada apalabrada o
contratada para actuar en la división superior.
Mi vida en Cáceres ese invierno fue tan rutinaria como la del invierno
anterior. Disfruté sintiendo el cariño de mi familia y de la compañía de mis ya
numerosos amigos cacereños, hasta que en enero del nuevo año comencé el
entrenamiento intenso. Otro año más abusé de la amabilidad de mi padrino
taurino Emilio Arroyo hospedándome en su hacienda de Moraleja, para apartarme
del mundanal ruido hasta que llegara la hora de irme a Madrid para comenzar la
temporada del 2002, mi última de novillero sin caballos y la primera con ellos.
En diciembre tuve una sorpresa al decirme Manolo que estuviera listo para no pasar la Navidad
con mi familia, pues el 25 de
diciembre torearía una novillada en Murcia. Por
lo tanto, el 24 salí para Madrid en tren, para allí unirme a mi banderillero y
a mi mozo de espadas y proseguir con ellos el viaje en tren a Murcia. Los
trenes en esa época eran famosos por nunca llegar a tiempo, y el mío aumentaría
esa bien ganada reputación. Así que en vez de pasar la Nochebuena cenando y
descansando en un hotel en Murcia, la pasamos en el camino, muertos de frío
encerrados en un vagón de tercera con la calefacción rota y casi a obscuras,
pues las luces de vagón alumbraban menos que la calefacción calentaba. La
nostalgia nos invadía al pensar que las familias estarían entonces calentitos
en casa hartándose de pavo, turrones y polvorones.
En la novillada estuve muy bien con capote, banderillas y muleta, pero
la espada se me resistió, pues al primer novillo lo maté de pinchazo, estocada
y descabello y di una vuelta al ruedo, y al segundo lo pinché tres veces antes
de cobrar una estocada, por lo que esa tarde no hubo orejas. Quizás el pinchar
se debió a que los novillos estaban tan flacos que tenían menos lomos que las
sardinas, obviamente por la falta de hierba en el invierno. Pensé como Manolo
me hubiera dado lecciones de matar en el viaje de vuelta, pero él esta vez,
lógicamente, prefirió celebrar la Navidad
con su familia en Jaén en vez de pasarla detrás de un burladero del ruedo
murciano.
Solamente fueron cuatro mis actuaciones como novillero sin caballos
antes de que hiciera mi debut en Tánger, Marruecos, el 27 de julio del 1952.
Menos mal que durante esa larga espera toreé bastante en el campo.
Comencé toreando dos festejos el 12 y 13 de junio en la feria de
Moraleja (Cáceres), en los cuales actué vestido de corto en solitario lidiando
solamente un novillo cada tarde. Mi función se complementaba en ser el director
de lidia de las capeas que siguieron a mis actuaciones. Sumé unos cuantos
trofeos, aunque entonces el cortar orejas en pueblos ya empezaba a tener menos
importancia para mí, y a cambio, me evaluaba a mí mismo analizando la manera
como yo había entendido a las reses y si les había dado la lidia apropiada.
Después de Moraleja toreé dos novilladas más y ambas tuvieron especial
significado para mí. Una por su carácter anecdótico y otra por crearme un
dilema moral y familiar.
El 15 de junio toreé la segunda novillada en Francia, pero no fue una
novillada común, pues el festejo pudiera haber sido anunciado como “Toreo en
Jaula, novillada surrealista, producto
creativo de la imaginación de Salvador Dali”. Esto sucedió
en Saint Etienne,
una ciudad francesa situada fuera del sector geográfico en donde los festejos
taurinos al estilo español eran permitidos, por lo tanto la novillada se
anunció como una función de gala nocturna, “sans mise a mort”, sin la muerte de
los toros, y como homenaje y beneficio
de los excombatientes que habían sido prisioneros durante la Segunda Guerra
Mundial.
El espectáculo tomó lugar en el ‘Vélodrome D’hiver”, en donde se daban las carreras ciclistas. En el centro del velódromo se instaló una jaula circular, similar a los de los circos, en cuyo interior se erigieron burladeros, cubriéndose el piso de madera con una capa de arena suelta. En el exterior de la jaula, a nivel del improvisado ruedo, se pusieron sillones, como si fueran asientos de primera y segunda fila de barrera. Esos asientos fueron ocupados por gentes importantes, con las mujeres bien maquilladas y vestidas con elegantes trajes de noche. El festejo tuvo su aspecto surrealista desde que en un acto patriótico, con todo el mundo en atención, se cantó el himno nacional mientras se celebraba una especie de ceremonia que incluía a los veteranos, y desde que los tres espadas, el madrileño “Agostinillo”, el mexicano Manolo López, ambos novilleros que ya habían toreados con caballos, y yo entramos en la jaula como si fuéramos domadores de leones. Conforme aparecíamos un locutor nos presentaba por la megafonía del local y desde ese momento narraba nuestros movimientos en el seudo-ruedo, explicándole a la inexperta audiencia lo que hacíamos y ordenándole cuando tenía que decir olé y aplaudir. Los novillos eran grandotes y mansos, y tenían sus problemas para la lidia, inconvenientes agravados por la inestabilidad del piso y por la proximidad de los espectadores de primera fila, a los que los bichos miraban alternativamente, bien como admirando a la elegante concurrencia, o derrotando en los barrotes amenazadoramente.
Lo que nadie se esperaba es lo que sucedió luego. Los
animales reculando en contra de los barrotes, empezaron a escarbar
defensivamente, embarrando con una lluvia de arena húmeda de orines a los
espectadores que se encontraban en los asientos cercanos a las rejas. El
resultado fue que las elegantes señoras y señoritas asustadas se retiraron
precipitadamente a lugares más seguros, aunque para entonces sus caras estaban
ya embarradas y sus descotados vestidos sucios. Algo parecido también nos pasó
a los toreros pues todos terminamos con nuestras sudorosas caras maquilladas
con barro. Total que, por las apariencias de algunos espectadores y de todos
los toreros, parecía que en el velódromo se estaba celebrando una convención de
mineros en vez de un festejo taurino. A pesar de los incidentes el público,
supongo que excluyendo a los espectadores de barrera, dio indicio de divertirse
y el festejo produjo un buen dinero para el fin benéfico, pues el velódromo
estaba lleno. Para mí la experiencia quedó como una anécdota para poder
amenizar mis vivencias.
Mi última novillada la toreé el 29 de junio en Cieza (Murcia) lidiando
de nuevo novillos de mi buen amigo Emilio Arroyo, y alternando con Luis Redondo
y Manuel del Pozo “Rayito”, quien también llegaría luego a tomar la
alternativa. Esto se decía en el diario LA VERDAD de Murcia en la crónica
titulada “Rayito y Martín Vázquez , salen a hombros”:
Mario Martín Vázquez lancea a su primero con unas verónicas muy embarulladas, porque el cornúpeta derrota mucho. Coge los palos y coloca tres pares de arte, valor y precisión...Con la muleta estuvo breve por la malas condiciones del su enemigo, bastante receloso y probón. No obstante, ligó unos derechazos soberbios. Entrando muy recto dejó un pinchazo y una estocada recibiendo. (Ovación grande, vuelta con devolución de prendas y orejas)...Su último bicho, que no se prestaba a lucimiento por sus malas condiciones, fue despachado de un pinchazo. (ovación y oreja).
Puede
observarse que el periódico murciano se refiere a mí como “Mario Martín Vázquez”. Esto no fue un error
del cronista, sino a que mi apoderado, sin consultarnos ni a mí ni a mi padre,
quiso que se me anunciara en el cartel con ese nombre dinástico.
Supongo que la motivación de mi
primo Manolo sería que al tener dificultad para contratarme para mi debut con
caballos, calcularía que usando el conocido nombre Martín Vázquez facilitaría
más el asunto. El problema era que, aunque yo me sentía, y aun me siento,
supremamente orgulloso de estar relacionado por parte materna con los Martín
Vázquez, también me sentía igualmente orgulloso de ser un Carrión, hijo de un
bravo hombre con una distinguida carrera militar. A mi padre, quien nunca
intervino en mis asuntos taurinos, le hirió el cambio, y me lo hizo saber. Así
que, sin intención de molestar a la familia, le dije a Manolo que torearía
solamente usando mi propio nombre. Nunca me dijo la razón por el cambio, ni
tampoco hubo nunca más referencias al asunto en el ambiente familiar. Así que
debuté en Tánger en una novillada picada con mi propio nombre impreso en el
cartel, renunciando a cualquier ventaja que el cambio de nombre me hubiera
podido aportar.
Triunfando en Cieza, como lo había hecho en unas docenas de pueblos
concluyó la primera etapa de mi carrera torera. En esta etapa, de niño tuve
unos principios fáciles, aprendiendo a torear por osmosis al entrenar con mi
primo, el gran maestro Pepín Martín Vázquez, y teniendo la suerte de ser
llevado de la mano a los tentaderos por él. En cambio, en las temporadas 1950 y
1951 y en el comienzo de la del 1952 tuve que afrontar como cualquier aspirante
un azaroso aprendizaje, toreando festejos sin caballos por los pueblos, en
muchas ocasiones lidiando novillos moruchos o de media casta, a veces en plazas
habilitadas con carros en círculo y con andamios. El resultado fue que bajo la
dirección de mi apoderado, y con mis triunfos y esfuerzos, y sin pagar ni un
centavo, conseguí estar listo para debutar como novillero con caballos.
Cierro esta vivencia citando una referencia curiosa que encontré hace
algún tiempo en la página 559 de la enciclopedia LOS TOROS, tomo IV, de José
María Cossio cuando buscaba información sobre los Martín Vázquez. Yo hubiera podido aclarar al autor que Mario
Carrión era la misma persona que el Martín Vázquez que
él mencionaba en el texto habiendo toreado
únicamente una novillada sin picadores:
Martín Vázquez (Mario).
Matador de novillos. Tengo noticia de su existencia por haber actuado en Cieza
el 29 de junio, en unión de Luis Redondo y Rayito. Estoqueó astados de Emilio
Arroyo. La corrida fue sin picadores.
Fotos:
1.
Yo
montando a caballo para las lecciones de equitación en el picadero del cuartel
de infanteria de Sevilla.
2.
Mis padres, mi hermano Manolo y yo.
3.
Cartel del festival en el picadero del cuartel de infanteria en Sevilla.
7 de diciembre, 1949
4 y 5. Yo en ese festival: dispuesto para el paseillo
con Manolo carmona, Manolo Vazquez y Jaime Malaver, y dando un natural.
6.
Foto de Pepín Martín Vázquez dedicada a mi.
7. Mis primos
Rafael Bazán, Pepín y Teresa Martín Vázquez, mi hermano Manolo y yo con
nuestro abuelo Manuel Bazán delante de mi casa en la Resolana.
8. Mi hermano Manolo y yo de 'picadores'
en Los Jardines de Murillo en Sevilla .
9. La Dinastia torera
Martín Vázquez.
10. Yo con Pepín y otros invitados a un tentadero en
una finca sevillana.
11. Yo entrenando con el carrito en la finca de
mi tio Curro Martín Vázquez en Dos Hermanas (Sevilla).
12. Cuadro mio,
pintado por el maestro Pedro Escacena cuando todavía era un estudiante de
arte.
13. Yo de niño en el Aaiún, Desierto de Sahara. 1942.
14. Mi
foto para el primer carné de torero. 1950.
15, Cartel de mi debut de
novillero sin caballos en Vera. 11 dejunio, 1950.
16. Dando
la vuelta al ruedo mostrando los apéndices cortados en Vera.
17. Cartel de
Arenas de San Pedro. 9 de setiembre, 1950.
18 y 19. Hierro del
ganadero Emilio Arroyo y el primer novillo suyo que estoqueé en Vera
20.
Yo toreando en Alcobenda en una plaza de talanqueras
21. Manolo
Vázquez, mi primo Pepín y yo en la finca sevillana de Pepín. 1951.
22
y 23. Dos momentos de mi actuación en Colmenar Viejo. 27 de mayo, 1951.
24.
Yo dando un derechazo. Alcobenda, 12 de agosto, 1951.
25, 26 y 27. Cartel de
Cannet Place y dos momentos de mi actuación. 19
de agosto, 1951.
28, 29, 30 y 31. Fotos con los socios de la Peña Taurina
Mario Carrión de Madrid. 1951.
32. Yo dando la vuelta al ruedo mostrando
los trofeos en Colmenar Viejo. 27 de mayo, 1951.
33. Yo en el patio de caballos
de la Plaza de Toros de Vera. 25 de septiembre, 1951
34 y 35. Carteles
de St. Etienne y de Cieza, 15 y 29 de junio, 1952.
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