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FESTEJO # 20 DE ABONO EN LA
MAESTRANZA |
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Toros:
seis novillos de “Guadaira”, bien presentados y
con un peso de 474, 469, 454, 470, 491 y 490 kilos. Cumplieron con el caballo
y, aunque un par de utreros flojearon, tuvieron movilidad y casta. El segundo
se rompió un pitón y fue devuelto a los corrales. Fue sustituido por un sobrero
de la misma ganadería que embistió con bravura y nobleza. También fueron nobles
y encastados el tercero, quinto y sexto. Cuatro reses fueron aplaudidas en el
arrastre.
Toreros: Antonio Nazaré, fue silenciado en ambos novillos. Al primero lo mató de dos pinchazos y estocada y al cuarto de pinchazo hondo y tres descabellos oyendo dos avisos. Pérez Mora se deshizo del segundo de pinchazo y estocada atravesada, oyendo un aviso. Ovación y salida al tercio. Mató al quinto de una buena estocada que provocó una petición de oreja minoritaria que resultó solamente en una salida al tercio. Miguel Raya pinchó tres veces al tercero antes de cobrar una estocada defectuosa y acertar con el descabello a la primera, oyendo un avisos y silencio. El sexto se echó después de tres pinchazos. El joven torero se arrancó el añadido y lo arrojó al albero en señal de su retiro del toreo activo. Abandonó el ruedo acompañado del aplauso de sus paisanos.
Sorprendió que la plaza se
cubriera en casi tres cuartos del aforo dos días después de completarse el
maratón taurino de feria. Contribuyó a esto
que Nazaré es de Dos Hermanas y
Raya de Ecija, dos pueblos cercanos a Sevilla, y ellos atrajeron a muchos
de sus
paisanos, quienes entusiasmados no cesaron de animarlos durante todo el festejo
y los aplaudieran con o sin motivos.
La Maestranza más bien parecía la
plaza madrileña de las Ventas por el viento huracanado que soplaba en el ruedo,
que hacía que capotes y muletas compitieran con el hondear de las banderas que
enarbolaban encima del palco presidencial. Así que el incesante soplar del
aire, más la inexperiencia de Nazaré y Raya, además del mal uso de los aceros
por los tres novilleros, hicieron que
las orejas de al menos cuatro buenos de los seis novillos, en vez de ser
paseadas por el ruedo en manos de toreros triunfadores, se las llevara el
viento.
El gaditano Pérez Mota, un
novillero puntero que en la temporada pasada sumó 68 festejos con considerables
triunfos, fue el mejor parado y quien mejor toreó a los novillos y al viento. Sus dos faenas fueron
intermitentes, compuestas de series cortas de ajustados y sentidos naturales y
derechazos, rematadas bien con un pase de pecho o un trincherazo. Sin embargo,
esa lucidas fases de las faenas se vieron
intercaladas por enganchones y trapazos, en los cuales el mando y el
temple brillaban por la ausencia. En total, faenas que fueron de más a menos,
premiándose la primera con aplausos y la segunda con una leve petición de
trofeo, debidamente ignorada por el usía, quedando el premio en oír de nuevo
fuertes aplausos en el tercio.
Antonio Nazaré no dio muchos
motivos a sus seguidores de Dos Hermanas para aplaudirle, pues sus faenas
carecieron de continuidad y enfoque. No obstante, en algunos inspirados
momentos, el novillero dejó ver que puede
interpretar el toreo con sentimiento y clase. Fue aplaudido en varios
momentos de sus faenas por un público que apreció su voluntarioso hacer y
deseos de agradar, pero el silencio se apoderó de la plaza al refugiarse
Antonio entrebarreras después de deshacerse del animal, usando los aceros
repetidamente. En sus intervenciones se le notó la falta de rodaje por los
ruedos taurinos.
Sin embargo, fue el novillero de
Ecija quien, toreando con capote y muleta sin mando y dominio, hizo más
evidente aun que Nazaré esa falta de rodaje. Su inexperiencia lo llevó a estar
a merced de sus bravos enemigos en múltiples ocasiones, librándose
milagrosamente de un percance, especialmente durante la aguerrida faena al
serio y encastado novillo que cerró el
festejo. En ese novillo-toro, su intenso deseo de agradar, aumentado por el
calor de sus enardecidos partidarios, le hizo ejecutar una ineficiente y
descompuesta movida labor, desde que recibió en el tercio al novillo con una
larga cambiada hasta que el aburrido animal se acostó a consecuencia de los
pinchazos. Cuando Raya abandonaba el ruedo oiría la cerrada ovación con que sus
paisanos le despedían, sin embargo, en un momento de lucidez no se alucinó por
esos aplausos y con un honesto gesto
torero se arrancó el añadido y lo arrojó al albero, convirtiendo su debut en el
ruedo maestrante en una triste despedida.
Curiosamente, aunque los momentos de lucimiento de los espadas fueron contados, el festejo se hizo corto...y es que cuando el ganado bravo tiene casta y movilidad no hay lugar para el aburrimiento.
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