|
OPINIÓN: EL CASO EXCEPCIONAL DE ENRIQUE PONCE
|
|
Después de completar su corta pero triunfal gira invernal americana,
en la que consiguió cortar un rabo a un toro en la Plaza México, el único logro
en los ruedos que hasta entonces se le había resistido, el maestro Enrique
Ponce inició su decimosexta campaña como matador de alternativa el 28 de
febrero del 2006, el Día de Andalucía, en la corrida inaugural de la plaza de
toros del pueblo granadito de Motril, cortando cuatro orejas y un rabo.
¿Me sorprende este inicial triunfo? De ninguna manera, como tampoco me
sorprenderán las muchas más tardes triunfales que, sin
duda, Ponce obtendrá en la
temporada europea que comienza, pues sé que para el diestro valenciano el
triunfar a lo grande tanto en las plazas importantes como en las de menos
categoría ha sido la norma desde que por primera vez se vistió de luces a los
quince años en Baeza (Jaén) el 10 de agosto del 1986.
En cambio, me impresiona la motivación, dedicación,
determinación, afición, el valor, los
conocimientos y otras intrínsecas cualidades con las que debe estar dotado este
gran torero para haber conseguido ser una primerísima figura del toreo por casi
quince años, y aun seguir en la brecha con la ilusión y ambición de un novel
novillero que estuviera luchando por sentarse en un trono en el Olimpo taurino.
Los recientes triunfos americanos y el éxito en Motril de Ponce me han
llevado a discernir sobre su colosal carrera, magistral tauromaquia y sólida
personalidad para expresar mis opiniones sobre este excepcional maestro del
toreo moderno.
La magnitud y la regularidad de los logros del valenciano en los
ruedos impresiona sobremanera, pues no creo que haya existido otro torero en
la historia de nuestra fiesta brava que, sin intermisión, en una quincena de años
haya toreado en más corridas, cortado más trofeos y obtenido más galardones
taurinos que Ponce. A continuación anoto varios datos cuantitativos que tengo a
mano que dan una idea de su insólito maratón taurino.
Desde que Ponce tomó la alternativa en Valencia el 16 de marzo del
1990 hasta cerrar su campaña europea en Jaén en octubre del 2005, el diestro
actuó en 1.409 corridas de toros en España, Francia y Portugal, y en ellas
obtuvo 1.840 trofeos, lo que sale a un promedio aproximado de 1,3 trofeo por
corrida. Durante diez temporadas consecutivas, desde la del 1992 hasta la del
2001, Enrique superó las 100 corridas, llegando a sumar 120 festejos con 185
trofeos en la temporada del 1995. Por consiguiente, estas cifras no incluyen
las corridas toreadas y los trofeos cortados en América, en cuyas temporadas
invernales el diestro de Chivas ha protagonizado un papel esencial y ha triunfado
desde que actuó allá por primera vez en el 1991 hasta la recién concluida
temporada.
Además, las estadísticas muestran que, lo mismo en Europa que en
América, el maestro ha abierto centenares de puertas grandes, incluyendo las de
Madrid, Sevilla, México DF, Lima y Quito, entre otros varios cosos de primera
categoría, y ha resultado ser el recipiente de decenas de galardones, por ser
el máximo triunfador de series feriales, como las de San Isidro, las Falllas,
la Temporada Grande de México, la del Señor de los Milagros de Lima, o la del
Señor del Gran Poder de Quito. Otro dato de mayor importancia en su carrera es el tener la distinción de ser el matador
que hasta ahora ha indultado más toros, un total de 38 toros, 15 en los ruedos
europeos y 23 en los cosos americanos.
Todo
esto es un récord de proporción histórica, especialmente si
consideramos que un gran porcentaje de las corridas toreadas y los trofeos
obtenidos durante estos años han sido en las ferias de primera y segunda
categorías. Quizás el único elemento contribuyente a estos impresionantes logros
que podamos achacar a la suerte es que el maestro ha sido herido en pocas
ocasiones y no de extrema gravedad. En un resumen que escribí de la temporada
2004 cuando el diestro completaba su tercera campaña sumando más del centenar
de corridas, opiné que Ponce, una vez consagrado, debería ya reducir sus
extensas campañas y sus apariciones en las corridas televisadas para no
atorarse ni hacerse demasiado visto; y que, por el contrario, debería
concentrarse en la calidad de sus actuaciones. Pues bien, me equivoqué por
completo, pues el maestro desde entonces ha hecho algo más difícil todavía, ha
continuado cosechando corridas, orejas y rabos, a la vez que aumentaba la
calidad de su estilo. El resultado es que no se recuerda un torero que haya
toreado tanto en tan corto tiempo y triunfado tan consistentemente como Ponce
lo ha hecho, para en un par de años llegar a la cumbre y, luego, sostenerse
allí por trece años más sin perder vitalidad.
Estos logros de Ponce han tenido causas, que son las excelentes
condiciones toreras que este diestro acumula. Este figurón del toreo posee una
inteligencia fuera de serie que le permite pensar ante el peligro como si
estuviera relajado en un sillón en el salón de su hogar, que unida a su gran
valor, le ha permitido desarrollar una tauromaquia especial para sacar faenas a
la mayoría de los cornúpetas que aparecen por los chiqueros. Entiende mejor que
nadie a esos abundantes nobles y flojotes mastodontes que parecen no tener un
pase. Al comenzar la faena a estos animales, durante unos minutos los mima con
su superior temple, los engríe con pausas, les da ventajas para sacarles pases
sueltos a media altura, y cuando parece que no hay nada más que hacer, nos
sorprende engarzándoles una veintena de magníficos pases y los mata con
facilidad para obtener algún trofeo. Para el toro repetidor y encastado también
tiene respuesta, con estos
se engalla y los domina con un toreo de poder y
manos bajas, así como para el malo, a los que después de intentar sacarles
algún partido para hacer evidente la imposibilidad de lucimiento, los lidia sin
fatigas y se los quita del medio eficientemente.
La tauromaquia de Ponce no es una basada en ocasionales pellizcos
artísticos ni en la sublimidad de una de las partes de los componentes de una
faena, sino en el efecto de la totalidad de esta. Este maestro parece construir
una faena de manera cerebral, como el arquitecto que erige un edificio
siguiendo paso a paso las indicaciones en el plano del proyecto para llegar al
final. La belleza del edificio terminado es lo que se admira, que bien puede
ser un recinto funcional o un impresionante monumento. Esto sucede con las
faenas de Ponce.
La inteligencia, poderío y capacidad lidiadora en los ruedos del
diestro de Chivas le dan a su toreo una naturalidad y majestad, que han
conducido al público y a un sector de la critica a asumir que sus logros en los
ruedos sean fáciles y no el resultado de su enorme valor y determinación.
Esta prepotencia en los ruedos del valenciano ha puesto al torero en una posición precaria, pues el público y un sector de la critica han tenido la tendencia a abrazar a las figuras con los que ha competido y desmerecer al veterano. Sin embargo, la casta de campeón de Ponce y sus dones toreros les ha hecho sobreponerse a la competición para permanecer inmovible en la cumbre, bien superando al competidor de turno o compartiendo temporalmente su poder con él.
En los primeros años de matador a Ponce le tocó competir con cierta
desventaja primero con el clásico diestro Miguel Arroyo “Joselito” quien
era el diestro adoptado por los aficionados ortodoxos; y con tres
diestros populares y mediáticos, “El Litri”, “Jesulín de Ubrique” y “El
Cordobés”, quienes atraían a las plazas espectadores más jóvenes y noveleros
que eran sus admiradores incondicionales. Aunque Ponce no era lo bastante
clásico para los ortodoxos aficionados y, al mismo tiempo era demasiado
ortodoxo para los seguidores de los toreros mediáticos, el maestro valenciano
se impuso sin cambiar su estilo para acomodarse a los gustos ni de unos ni
otros, y pronto se elevó a un nivel superior al de sus competidores.
Ya encumbrado le tocó resistir el ímpetu de los pretendientes a su
trono, que hasta ahora han sido solo dos, primero José Tomás y luego “El Juli”.
En 1995 José Tomás, un torero de gran clase y toreo profundo irrumpió en los
ruedos con una fuerza arrolladora que atraía tanto al buen aficionado como al
espectador ocasional. Entonces Ponce resistió el avance de la nueva figura, y
junto con él compartió el poder hasta que el joven Julián López “El juli”, la
nueva estrella que temporalmente superó en popularidad a ambos, se les unió
para formar un triunvirato, hasta que el 16 de septiembre del 2002 el
idiosincrásico José Tomás inesperadamente, después de una irregular campaña, se
alejó de los ruedos, dejando en la cima a Ponce llevando el timón de la fiesta
junto a un discutido “Juli”, ya más maestro aunque menos popular que en sus
comienzos.
En lo que he leído sobre Ponce he encontrado pocas referencias a su
carácter y personalidad, pero de lo que se conoce de la vida privada y pública
de Enrique hay señales que nos inclinan a creer que la misma serenidad y confianza que muestra en los ruedos es parte de su personalidad
fuera de ellos. Por ejemplo, a pesar de ser un hombre atractivo, rico y
popular, ni de soltero ni de casado, le ha dado nada de morbo que comentar a la
prensa rosa como escándalos, amoríos, asuntos turbios de familia y otros líos
como los que han envuelto a varios de sus compañeros. Respecto a su familia, a
diferencia de algunos toreros populares, los familiares, excepto por su suegro
Victoriano Valencia, quien ejerce desde hace unos años como su co-apoderado, se
mantienen públicamente al margen de la actividad profesional de Ponce, pero
junto a él en la vida familiar.
En sus acciones profesionales fuera de la plaza también Ponce ha dado
muestra de poseer un carácter sin tacha. En un mundo en donde los
cambios de cuadrillas y apoderados, causados por conflictos profesionales y
personales, son la norma, el maestro ha mantenido la misma cuadrilla y a Juan
Ruiz Palomares, su apoderado, durante toda su carrera. Solamente al retirarse
el banderillero francés Bourret otro hombre de plata ocupó su puesto. Cuando
hace poco su suegro Victoriano Valencia se integró a su equipo se temía que
pudiera haber conflicto entre ambos apoderados, pero aparentemente no lo
ha habido, o no se ha hecho público, pues ambos apoderados siguen a su lado
trabajando para el bien del diestro. Sin duda, Ponce, como la gran figura que
es, habrá exigido condiciones que hayan podido estar en conflicto con intereses
ajenos, pero por norma el valenciano no ha excluido plazas o se ha opuesto a
torear con unos o con otros.
No dudo que esa madura sólida y poco conflictiva conducta fuera del
ruedo del artista ha contribuido a darle la fuerza física y moral para mantenerse
durante tanto tiempo como una gran figura del toreo.
La responsabilidad de ser líder pesa y ya en varias ocasiones Ponce ha
declarado en entrevistas que no le queda mucho tiempo actuando en los ruedos,
aunque no ha dado indicios de cuando llegará ese momento. No extrañaría que hubiera puesto un límite a su ambición
de seguir en la cima, pues poco nuevo le queda a Ponce por lograr en los ruedos
que ya no lo haya conseguido. Sin embargo, uno se figura lo difícil que seria
para a Ponce tomar la decisión de
cortarse la coleta, cuando este parsimonioso valenciano de elegante maestría,
sigue aun siendo el torero inteligente que con una difícil facilidad lo mismo
doma que mima a los toros y quien, debajo de una aparente calma, esconde un
valor sin limite, lo que aun le permite defender su puesto
en la cima.
Así, que si Enrique Ponce no nos sorprende un día diciendo que se va,
por ahora este privilegiado hombre permanecerá por un imprevisible futuro
ejerciendo como una excepcional figura del toreo.