En estos meses del invierno 2004-5 en todo el mundo se está padeciendo los efectos de los virus gripales, lo que es molesto pero no preocupante, pues sucede regularmente todos los inviernos. La cura ya se sabe, quedarse en casita, tomar unos jarabes, aspirinas y meterse en la cama hasta sentirse mejor. En dos o tres días, nuevo. Como si nada hubiera pasado.
Sin embargo, en España ha aparecido un nuevo virus que tiene confundidos a las autoridades de sanidad, por su peculiaridad. La rareza consiste en que este virus contagia solamente a los toreros, a los rejoneadores y a sus apoderados.
Aunque no se ha determinado la exacta naturaleza de este virus, ya se ha observado los efectos que causa y cual es la cura temporal. Como todavía no tiene nombre, a falta de uno para identificarlo yo lo voy a denominar 'apoderaditis', basado en la consecuencia de su infección.
El virus, el que ha podido estar latente en el ambiente por algún tiempo, no irrumpió con fuerza hasta la conclusión de la temporada taurina europea en octubre. Los síntomas en los toreros y rejoneadores afectados se manifiestan en profundos descontentos profesionales. Los enfermos muestran ansiedad al pensar sobre los resultados de sus temporadas. Las razones por la disconformidad son múltiples: que no se ha toreado lo bastante; que la cantidad de dinero ganado ha sido escasa, que las condiciones como calidad de ganado y carteles de las corridas toreadas no eran las apropiadas; que otros compañeros con menos méritos han toreado y ganado más; que el apoderado no le respeta o que no le pone la atención debida, que a la familia no le gusta el apoderado; y vaya usted a saber cuantas otras reales o imaginadas razones más.
El caso es que el virus causa una fiebre en la mente del afectado, y esta no empieza a bajar hasta que este rompe sus relaciones con su apoderado, desapareciendo totalmente cuando el torero encuentra un nuevo administrador. Este, seguramente, le promete que sus inquietudes profesionales serán resueltas. El virus puede haber afectado también al apoderado desechado, al que hay que compensar económicamente para aliviar su malestar.
El 'apoderaditis' que les entra a los apoderados es de una variedad menos virulenta y les afecta con menor intensidad y por razones menos complejas. Sencillamente, un apoderado coge el virus cuando su podernante baja de categoría o se le revela pidiéndole o cuestionándole las cuentas. Entonces sana instantáneamente diciéndole a su torero "adiós, y suerte muchacho". Generalmente, no tarda en buscarse otro diestro que genere más euros y haga menos preguntas, si ya no lo tenía antes de despojarse de su podernante.
Durante este invierno he estado leyendo intermitentemente noticias sobre rompimientos entre toreros y apoderados. Los protagonistas generalmente aclaraban que 'cesaban las relaciones de mutuo acuerdo y en armonía'. En cambio, ha habido unos cuantos anuncios que se salieron de la norma, en los que los aludidos sacaban a relucir los trapos sucios. No obstante, lo que me ha motivado a divagar sobre este asunto ha sido el ver una gráfica en MUNDOTORO.COM en la cual aparecían juntas todas las fotos de los diestros que este invierno, hasta mediados de enero, habían roto sus relaciones con sus apoderados. También, se podía leer los nombres de los viejos y de los flamantes apoderados de esos toreros. Estos son los diestros y rejoneadores representados en la gráfica:
Como puede apreciarse leyendo los nombres en la lista, el virus lo mismo infecta a una joven figura del toreo como César Jiménez, quien en las dos últimas temporadas ha sido el líder del escalafón de matadores, que a un torero modesto como Francisco José Palazón, quien después de un triunfal doctorado en Alicante únicamente sumó un total de cuatro actuaciones.
Que busquen un cambio Palazón y otros en situaciones similares se entiende, pero es más difícil comprender como figuras como Jiménez y "El Fandi" que están ejerciendo una fenomenal y triunfal carrera, busquen una mejor administración. Tal vez, la razón sea que el virus 'apoderaditis' sobrevive pacientemente escondido en un recoveco del complejo mundo del toreo, medio ambiente con tantos enredos y trampas como existen en una telaraña. Allí espera hasta internarse silenciosamente en el sistema de cualquier desapercibido torero, rejoneador o apoderado, cuando las defensas de estos han sido debilitadas por condiciones profesionales percibidas como adversas.
El peligro reside en que la vasta mayoría de la torería aparentemente no está inmunizada en contra del oportunista virus 'apoderaditis'.