TOROS EN TLAXCALA Y EN LA PLAZA MEXICO: UNAS OBSERVACIONES
por Mario Carrión
Con motivo de asistir al Congreso NATC-2001, el cual tuvo lugar desde el 26 de octubre hasta el 5 de noviembre en Tlaxcala durante su feria y por un par de días en la Ciudad de México, tuve la oportunidad de presenciar las cuatro corridas de la Feria de Tlaxcala y la segunda corrida de la Temporada Grande en la Plaza México.
Asiduamente veo corridas en España, pero solo ocasionalmente he visto corridas 'en vivo' en México, aunque sí sigo con interés sus temporadas a través de los videos, el Internet y la prensa. Por lo tanto, el vivir por unos días el ambiente taurino en la nación azteca, avivó en mí la curiosidad para observar ciertas idiosincrasias de esa afición y el percibir el estado de la tauromaquia local. Así que, después de casi un mes de haber presenciado esas cinco corridas y de haber conversado con toreros, ganaderos y aficionados, opinaré sobre lo que he observado. No es mi intención analizar el estado del toreo en esa nación, pues no tengo la base necesaria para hacerlo, ni tampoco escribir detalladas crónicas de esos festejos, pues es tarde ya para ello.
Empecemos primero por comentar sobre mis experiencias en Tlaxcala. Esta preciosa histórica ciudad, de aspecto colonial y rodeada de verdaderas reliquias indígenas, es la capital del estado del mismo nombre. La región tiene una gran tradición taurina, pues ha sido la cuna de varias figuras y de mucho profesionales del toreo, destacándose sobre todos Jorge "Ranchero" Aguilar, y en sus campos pastan más de cuarenta ganaderías bravas, y cuenta con una conocedora afición. Sin embargo, lo que choca es que la bella plaza de toros de Tlaxcala, inaugurada en 1945, solo contenga capacidad para unos 2800 espectadores. Lo que la falta al recinto en capacidad, le sobra en belleza y tipismo, ya que esta pequeña plaza fue construida a la falda de un antiguo convento que data del Siglo XVI, y su campanario se eleva sobre los tendidos, ofreciendo un panorama pictórico tan impresionante que es difícil borrarlo de nuestras retinas. Curiosamente, durante las corridas, los tañidos de las campanas se confunden a veces con las notas de las cornetas que ordenan los cambios de tercio, probablemente confundiendo a los toreros que dudarían entre empezar a rezar o continuar con la lidia. Los contornos de la plaza también suman a su colorido, pues se convierte en un placer el caminar hacia la plaza por adoquinadas calles ancestrales con portales, arcadas y edificios centenarios.
El pequeño aforo hace imposible que las entradas para las corridas estelares tengan un precio módico, el cual este al alcance del aficionado medio mexicano. Me llamó la atención la diferencia en los precios de los boletos para las tres corridas en donde se anunciaban las figuras y los de la última corrida, con un cartel con toreros más modestos. Generalmente en España y Sur América los precios de las entradas en las corridas feriales varían poco. Para las primeras tres corridas los precios oscilaban entre 800 y 350 pesos (de 89 a 39 dólares) mientras que los precios del último festejo bajaban de 250 a 80 pesos (28 a 9 dólares). Aun con los altos precios del boletaje sorprende como la empresa pueda presentar carteles de feria tan atractivos, incluyendo uno con cuatro matadores, con varias figuras mexicanas y españolas y, especialmente, con la presencia de "El Juli", cuyos honorarios se rumorean de ser astronómicos.
A pesar del atractivo de las tres primeras corridas solamente el imán de "El Juli" fue capaz de llenar los graderíos en el segundo festejo, mientras en las otras dos de carteles estelares apenas se cubrió el setenta y cinco por ciento del aforo de la plaza. En estas no hubo más público que en la última corrida con cartel más modesto. Se comentaba que los altos precios retrajeron a muchos aficionados locales y causaron a algunos de lo que asistieron a hacer comentarios negativos a gritos sobre el particular cuando los toros manseaban o los toreros no triunfaban.
En las cinco corridas que presencié se confirmaron mis conceptos sobre la conducta del publico mexicano en los tendidos. Primeramente es un público muy sensitivo y apasionado, que reacciona instantáneamente tanto con lo bueno como con lo malo que haga el torero. Por ejemplo, si el diestro está dando unos anodinos pases y de pronto consigue un excelente natural, un rugido de aprobación se oye en los tendidos, pero si el torero vuelve a la vulgaridad, inmediatamente muestras de protestas se manifiestan. Este ziszás puede ocurrir repetidamente en una misma faena. Esta espontaneidad no es tan generalizada en España. Allí si las cosas no le van bien al diestro, se necesita más de varios buenos pases para cambiar el humor de los espectadores. También, he notado que la lentitud, la longitud y el temple son quizás los aspectos que más se aprecian en México en la ejecución de un pase. El toreo lineal, perfilero y sin cruzares se acepta con tal de que las otras cualidades mencionadas predominen. Cantidad también es importante, pues dadas las circunstancias que, generalmente, el toro mexicano aguanta más pases que el astado español, el público espera que una faena además de buena sea larga. El problema es que cuando el toro no coopera el diestro se ve en la obligación de alargar las faenas innecesariamente, cuando lo aconsejable sería abreviar. Otra idiosincrasia de este público es la tendencia de algunos aficionados a ejercer un protagonismo vociferando comentarios y opiniones, unas veces muy ocurridos y otras veces ofensivos.
De las cuatro ganaderías que acudieron a Tlaxcala, tres presentaron una mayoría de animales que eran la antítesis del toro clásico mexicano. En vez de toros pastueños y fáciles para el torero que mejoran durante las largas faenas, después de unos pocos pases tenían tendencia a mansurrear y a refugiarse defensivamente en las querencias de las tablas o el toril, forzando a los lidiadores a ejecutar las faenas en esos terrenos comprometidos. También desarrollaban peligro, conforme las faenas progresaban. Menos mal que varios toros, y especialmente el toro que le tocó en suerte a "El Juli", de la ganadería "Montecristo", lidiados en la segunda corrida, al permitir el lucimiento de los toreros, recordaron las buenas cualidades del clásico toro mexicano.
En la primera corrida se lidiaron dos toros muy mansos de Mariano Ramírez para el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza. Aun con la dificultad de sus enemigos Pablo, quien se ha convertido en un ídolo de la afición mexicana, hizo lo imposible, ya que consiguió que sus caballos enbistieran a los toros. Como es su norma, toreó con las ancas de sus caballos, como si usara una muleta, e hizo que sus equinos pisaran un terreno que pocos toreros pisan. Fue fuertemente aplaudido al terminar sus actuaciones, ya que el conocedor y exigente público comprendió que el arriesgado caballero había hecho más de lo posible. Los cuatro toros para "Jerónimo" y para el diestro local Leopoldo Casasola, quienes completaban el cartel, pertenecían a la ganadería de Darío González, y tampoco se prestaron al lucimiento de los toreros. Sin embargo la decisión de ambos diestros hicieran la tarde distraída. Ambos jóvenes toreros pertenecen a un grupo de matadores que se consolidaron como novilleros en España, y que ambicionan remozar el escalafón de matadores mexicanos, y ambos mostraron aptitudes para ello. "Jerónimo" estuvo valiente y decidido y mostró fogonazos artísticos con capote y muleta, siendo el único alternante que obtuvo un trofeo. Leopoldo, natural de Tlaxcala, debutaba en México como matador, pues había recibido su alternativa en Munera (Albacete), España, el pasado 21 de septiembre. Existía bastante expectación para verlo, y la verdad es que no decepcionó, pues estuvo por encima de sus dos toros, dominándolos con una experiencia anormal en un joven matador, para luego completar faenas clásicas y valerosas. Por pinchar una vez perdió un trofeo. Opino que el público estuvo demasiado exigente con el paisano, que mereció de sobra el trofeo a pesar del pinchazo, considerando la dificultad del astado. En cambio, tuvo una triunfal tarde en la confirmación de su alternativa de manos de Eloy Cavazos al día siguiente en la Plaza México, lo que le ha abierto las puertas para entrar en otros carteles importantes. Me atrevo a aventurar que este chamaco, con un poco de suerte, puede a llegar a ser alguien en el toreo.
Antes de referirme a la corrida del primero de noviembre, mencionaré que pude percibir el magnetismo que emana la gran figura del toreo Julián López "El Juli". Los congresistas y otros aficionados nos hospedábamos en el mismo hotel que la mayoría de los toreros que actuaban en la feria. Naturalmente, había cierta curiosidad por conocer, pedir un autógrafo o saludar a todos los diestros, pero con la llegada del diestro madrileño la curiosidad y la expectación subieron muchos grados. Las dependencias del hotel estaban repletas, por todos lados se veían aficionados, familias completas y por vez primera gente joven. Cuando el diestro aparecía, parecía que todos los ojos estaban fijados en este carismático joven. Después de algunas dudas, algunas personas se atrevían a aproximarse a él para pedirle un autógrafo o simplemente estrechar su mano. Manolo Lozano, el apoderado de Julián, nos presentó, y mientras charlábamos admiré la naturalidad con que llevaba la fama, y la gentileza con que atendía a los admiradores que le interrumpían. Nunca un mal gesto, sino al contrario, la sonrisa no desaparecía de su cara, en la que quedan las cicatrices de dos cornadas. "El Juli" muestra con su público fuera de las plazas la misma naturalidad y simpatía con que actúa en los ruedos.
Así que no es de extrañar que llene los cosos, si añadimos a sus logros taurinos este magnetismo personal. Con la plaza llena se lidió una buena y bien presentada corrida de Montecristo, con la que triunfaron los tres matadores. "El Zotoluco", quien reaparecía después de su sólida campaña en España, estuvo sobrado de dominio y maestría con su lote. Podría haber cortado trofeos en ambos toros, pero un pinchazo en su primero lo privó de ello. Sin embargo, en su segundo logró una faena por ambos lados con pases largos y profundos que le valieron una oreja, que hubieran sido dos si no hubiera pinchado de nuevo. El joven Paco González, que completaba la terna, estuvo algo nervioso por la responsabilidad con su primer astado, pero en el toro que cerró la tarde, se superó y se llevó otra oreja. ¿Que decir de "El Juli", que no se haya dicho ya? Sencillamente, puso la plaza al rojo vivo en sus dos toros, cortando un trofeo en su primero y las dos orejas y rabo en su pastueño segundo animal, al que se le aplaudió en su lento arrastre. Toreó con la misma tranquilidad con que firmaba autógrafos por la mañana en el hotel. Su repertorio con capote, banderillas y muleta no parece tener límites y cada día hace un toreo más profundo con la muleta. Salió a hombros de la plaza, al mismo tiempo que los espectadores la abandonaron con el deleite de haber presenciado una corrida de esas que dejan recuerdo.
Los toros se encargaron de ensombrecer los resultados de las dos corridas restantes, a pesar de esfuerzos de los toreros para lo contrario. Lo más negativo sucedió en el reconocimiento de los toros la mañana del vienes 2 de noviembre, la autoridad desechó por falta de trapío a cuatro toros de la ganadería de La Joya. La empresa tuvo que buscar desesperadamente cuatro toros con más presencia. Según se decía el ganadero exigió que se lidiaba la corrida completa, amenazando por el contrario el retirar todos sus toros. La autoridad prefirió claudicar en vez de suspender la corrida, y los toros substitutos se quedaron en los cajones. Así que varios de los toros de "La Joya" saltaron al ruedo con el peso borrado en los carteles que anunciaban sus salidas. Además de la falta de presencia y de fuerzas, los toros fueron mansos y difíciles, por lo que el público dio poca importancia a lo que intentaron hacer los veteranos "Armillita" y "Joselito" y los más jóvenes espadas Rafael Ortega y "Morante de la Puebla". "Armillita", estuvo en maestro, "Joselito" se lució en las faenas con algunos pases muy logrados, Ortega estuvo valentísimo y "Morante de la Puebla" nos hizo disfrutar con un toreo de capote de esencia sevillana y con algunos pases que le robó a su primer toro. A los cuatro se les aplaudió en algunas ocasiones, y la experiencia de los lidiadores evitaron un escándalo, pues siempre hubo orden durante la corrida, pero la emoción estaba ausente del ruedo. La corrida la resumió un grito de un aficionado "vimos una becerrada y un burro como juez".
El orden que existía en la penúltima corrida de la feria, brilló por su ausencia en la última corrida del ciclo, ya que los mansos y peligrosos toros de "Iturbe Hermanos" convirtieron la corrida en una capea. Solo Antonio Barrera, torero sevillano que se está abriendo camino en México, se salvó de la quema, aunque no de una lesión de la clavícula, que le causó su segundo burel, al caerse en la cara del animal, cuando toreaba con el capote. Pasó a la enfermería sin poder concluir su actuación. Con el primero había demostrado su determinación para triunfar, estando bien y valiente, aunque sin redondear la faena, cortando la única oreja de la tarde. Los matadores locales Alberto Ortega y Carlos García no pudieron imponerse a sus enemigos. Alberto recibió un puntazo en el glúteo derecho, pero volvió al ruedo, después de ser atendido en la enfermería. Ambos fueron aplaudidos al rematar a sus astados por el esfuerzo, pues el entendido publico comprendió la falta de oportunidades de estos diestros, las dificultades que los toros tenían y la falta de ayuda que les ofrecieron sus cuadrillas.
Los toros de las dos últimas corridas de la feria me dejaron con una mala imagen de la bravura los toros locales, pero la buena impresión que me causó la corrida de "Montecristo" en Tlaxcala y el éxito extraordinario de la corrida de Rancho Seco, que presenciaría al día siguiente en la Plaza México, me hicieron reevaluar mi opinión sobre la cabaña nacional. Veamos.
Sergio Hernández, el propietario de la ganadería Rancho Seco, es también el vicepresidente regional de NATC, habiendo actuado como coordinador de la convención de esta organización, por lo tanto habíamos establecido una relación amistosa con este caballero y su cordial familia. Incluso habíamos disfrutado de su hospitalidad en una fiesta campera en Rancho Seco, en donde asistimos a la tienta de unas becerras, y yo incluso tuve la oportunidad de experimentar la bravura de una de esas eralas al darle unos pases. En unas de nuestras conversiones nos dijo 'tengo una sorpresa para ustedes, mis toros se lidiaran el domingo en la México, el día de la clausura del Congreso".
Por consiguiente los congresistas anticipábamos esa corrida con gran ilusión. No nos imaginábamos que íbamos a presenciar la lidia de una de esas raras corridas compuesta por toros bravos, con presencia y edad que satisfacen tanto al aficionado más exigente como a los diestros que la torean, quienes saben que lo que hagan con estos animales produce emoción en los tendidos.
Así que el domingo 4 de noviembre a las cuatro de la tarde nos hallamos dentro del embudo que es la plaza de toros capitalina, sentados en una barrera admirando su monumentalidad, y algo preocupados por como saldrían los toros de nuestro amigo.
El cartel era interesante pues el valiente coleta español Juan José Padilla confirmaba su alternativa de manos del veterano y gran diestro Manolo Mejía, con Uriel Moreno "El Zapata" de testigo. xxxxAún así solo poco más de 10.000 espectadores ocupaban los tendidos de la plaza de toros de más capacidad del mundo, en una tarde fresca, ventosa y entoldada.
Inmediatamente después del paseíllo presenciamos la ceremonia de despedida del banderillero Leonardo Campos, quien al cumplir 38 años en los ruedos se retiraba. Su hijo en centro del ruedo le cortó simbólicamente la coleta, y luego el subalterno dio una emotiva vuelta al ruedo acompañado de familiares y compañeros, mientras la banda tocaba la sentimental pieza "Las golondrinas" y el público aplaudía. Esto es una costumbre pura mexicana, que muestra la sensibilidad del público taurino, que durante la vida profesional de un torero puede con igual ardor aplaudirle que abuchearle, según venga al caso, pero al momento de la retirada reconoce la actuación global durante la carrera y el mérito de un hombre que repetidamente se juega la vida en los ruedos. Esto contracta con la manera como en España se dice adiós a estos hombres, con apenas un splauso en una salida al tercio o al abandonar la plaza, y a veces ni eso.
La acción comenzó con el diestro español, como es su norma, recibiendo a su primer toro a puerta gayola y siguiendo con buenos quites. A continuación vimos el primer interesante tercio de banderillas en que los tres espadas compitieron. Los tres rehileteros trataron de superarse en cada par. Esta competición con el deleite en los tendidos, que raramente ve algo tan único, se repetiría en el segundo y tercer toro. Juan Antonio, Manolo y Uriel dieron lecciones de como banderillear con variedad y entrega. Luego, la ceremonia de la confirmación se llevó a cabo y fue seguida por una emotiva y larga faena, con la cual el español se ganó a la afición capitalina. Vimos a un Padilla que uniendo a su decisión un toreo serio, llegó al público. Esto no quitó que terminara su faena con los toques que caracterizan el estilo del jerezano, rodillazos y adornos temerarios. Un pinchazo antes de la estocada dejó el premio en una bien merecida vuelta al ruedo. El gran triunfo llegó en el quinto toro de la tarde. Desde los lances de rodillas de recibo, pasando por tres enormes pares de banderillas, uno de ellos haciendo la suerte del violín, y por una lograda faena de muleta, hasta rematar de una buena estocada que, sin embargo, necesitó del descabello, la emoción reinó en el ruedo, pues todo esto fue efectuado con un animal codicioso, con má de cuatro años y con 555 kilos en los lomos. Una oreja lucía en sus manos mientras daba la vuelta al ruedo, concluída junto al dueño de Rancho Seco, a quien él había invitado a acompañarle.
El veterano Mejía que olvía a la México para recuperar la estima que esta afición intermitente le ha mostrado a esta figura mexicana, casi lo consigue. Con su primero se lució con el capote, y después del compartido y emocionante tercio de banderillas, toreó con la muleta con el temple y arte habitual en él, pero con una medida entrega. Hubiera conseguido un trofeo si un pinchazo y una estocada baja no se hubieran interpuesto en su camino, y la cosa quedó solo en nutridos aplausos. En su segundo, por negarse a banderillear el público se le puso injustamente en contra, y el diestro con cierto desánimo no se impuso ni al público ni al toro, sacándole a este únicamente algunos pases de calidad que la gente no agradeció. Al rematar al animal se oyeron divisiones de opiniones.
"El Zapata" no se acopló con el capote en su primer toro por las fuertes embestidas del burel. Al no castigársele suficientemente en varas, el animal se quedó algo crudo y el diestro no le pudo con la muleta. En cambio esa codicia trajo gran emoción al mejor tercio de banderillas en el que alternaron los tres espadas. En su segundo, el mejor toro de la tarde, Uriel lo recibió de hinojos en el centro del ruedo con dos largas cambiadas consecutivas, seguidas por buenos quites. La ejecución de tres buenos pares de banderilla, sobresaliendo un par al cambio, precedieron a una larga faena de muleta que fue de menos a más, De nuevo dos fallos con la espada le privaron de los trofeos que necesitaba para progresar en su carrera.
Si tuviéramos que valorar la calidad de los toros por el número de trofeos otorgados, nos quedaríamos cortos, ya que pudieran haber sido cuatro o cinco. Lo importante fue que en una época cuando se lidian tantos toros con calidad, pero sin casta y con escaso trapío, que permiten el lucimiento de los diestros, sin hacer sentir la sensación de peligro a los espectadores, es un placer ver una corrida con toros encastados, con más de cuatro años cumplidos, bien armados y sobrepasando los quinientos kilos, que pidan a los toreros que los dominen para luego dejarse hacer el toreo bueno. De tal manera, que no es de extrañar, aunque sea insólito, que Sergio Hernández, el criador de estos toros diera una vuelta al ruedo en hombros al doblar el sexto de la tarde. La lástima fue que las espadas privaran a los tres matadores de acompañarlo en ese paseo triunfal.
¡Que suerte tuve en presenciar esta corrida en la Plaza México como remate de una agradable excursión taurina a Tlaxcala y a la capital azteca!
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