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63º ANIVERSARIO
DE LA PLAZA MEXICO.
Corrida a beneficio de la Cruz Roja |
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Toros:
Seis de distintas ganaderías: Garfias, Barralva, Los
Encinos, San José, Teófilo Gómez y Xajay. Todos fueron bastante malos. De
presentación ni hablar, parecían el resultado de una limpia de corrales.
Manolo Mejía, leves pitos después de entera caída.
Uriel Moreno, "El Zapata" despachó de entera bajita; silencio.
Jerónimo, mató de un pinchazo hondo y tres cuartos, silencio. Fermín Spínola
cortó una oreja después de estocada entera baja y espectacular. José Mari
Manzanares, mató de entera tendida y trasera para cosechar algunos aplausos,
mientras que el toro era silbado. Miguel Ángel Perera, oreja después de matar
de un pinchazo en lo alto y entrar en excelente sitio.
Uno siempre se dice que no hay que volver a los
festejos de aniversario. Este es el día en que la plaza se llena de
oficinistas, gente bonita,
villamelones y fulanos que fuman puro con anillo y
olor a naftalina. En esa tesitura, los adictos al festival pretenden cobrarse
con orejas el sobreprecio de la entrada. Si las cosas no ruedan bien, los
desinformados preguntan: ¿Oiga, quién es ése? Sí, el que trae el trapo. No le
digo más, es un ambiente que deprime al aficionado cabal.
Hubo tres cuartos de entrada cortos en numerado y un
cuarto en general. Mucho menos de lo que José Tomás metió el año pasado en otro
día laborable y con peor cartel; por no comentar el entradón de hace tres
domingos para ver al monstruo de Galapagar. Vámonos rápido para narrar un
festejo poco memorable.
Mejía se topó con un astado respondón y no pudo
dominarlo. El viento le descubría y prefirió abreviar ante los gañafones de un
toro que pedía otra lidia.
Vino el turno de El Zapata. Su enemigo era un toro a
la antigua, con una arboladura temible y muy malas ideas. Uriel lo intentó
todo, pero sin poder calar en el ánimo del tendido. Hubo un quite por
chicuelinas de mano baja y capote muy recogido que en otros tiempos hubieran
levantado a la gente de sus asientos. Con la muleta castigó con poder, pero ni
toda su ciencia pudo educar al morito. El huracán seguía soplando y pocos
entendieron el serio peligro del toro y lo valiente que estuvo el diestro
tlaxcalteca.
En tercer lugar salió Jerónimo, hoy por hoy uno de
los toreros con más sello y entrega en el mundo. Con el capotillo lució en
verónicas, una media y un recorte capote al brazo que hubieran hecho
emocionarse al viejo Rafael "El Gallo". Llevó como Ortiz -con
chicuelinas andantes- al caballo a un bicho que parecía clarito. Luego quitó
por una revolera, un ramillete de gaoneras y otra revolera para hacer abrigar
grandes esperanzas a un público que pasaba de todo.
Brindó al cielo a su prima y a su abuela
recientemente fallecidas y lo intentó todo con arte, temple y arrojo. No
obstante, el de Los Encinos nos engañó, pues no servía para nada: no repetía,
probaba, acababa frenado y tirando gañafones, etc. El villamelonaje quería
indultos o algo así y se metió con el torero: ¡Caprichos de la bendita
ignorancia!
El toro
que le tocó a Fermín Spínola -en cuarto
lugar- era basto, de cinco años y se empezó a ahogar desde que salió. Fermín lo
banderilleó con gusto, sobresaliendo el tercer par por dentro. Pechando con un
toro manso que huía a tablas, el muchacho capitalino logró una espléndida tanda
de ayudados con la muleta en la zurda que puso en marcha una inercia que
culminó en la estocada certera. La oreja fue digna, mas no apoteótica.
Hizo quinto un torillo grande y con pocos pitones.
Manzanares le recetó buenos mandiles y después algunos muletazos de gran
empaque. Lástima que el cornúpeta (?) se estaba muriendo por el monopuyazo.
Pocos agradecieron la labor del alicantino a un toro manso y rajado; lo intentó
todo y gracias a Dios, logró meter a los enterados en la faena con su ya
legendaria sobriedad y valentía. Sus naturales son otra cosa. Lo dicho, en este
tipo de tardes glamorosas hay que cortar orejas y patas, si no, el trasnochado
comprador de boleto se siente engañado.
Faltaba Perera, quien se había tratado de proteger
del frío que le calaba las cicatrices de Madrid, poniéndose de falda el capote
en los dos primeros
tercios de sus alternantes. Este niño extremeño tiene la
onza de oro y extrañamente, siempre quiere cambiarla.
Brindó al respetable, y a base de cargar, quedarse
más quieto que La Giralda y mandar, levantó las ovaciones más fuertes de la
noche. Yo no he visto nunca a un torero que desengañe a un manso para, cuando
éste toma el engaño, pararlo en seco a un milímetro de la pierna de salida y
con la pura muñeca hacerlo embestir por el otro perfil. Le estoy hablando de un
cambiado "interruptus", que se resuelve en un pase enorme y de gran
exposición por el perfil natural.
Más de la mitad de los congelados parroquianos le
tributaron ovaciones grandes y gritos de “¡torero, torero!”: Perera estaba como
jugando al toro, pero transmitiendo una enormidad. La oreja tras el
pinchazo no es discutible y el gesto del torero, indicando con la mano que
había que esperarle a la otra, la del quince de febrero, augura un entradón si
juzgamos por cómo le quiere la gente.
Michel Déon, el indispensable novelista francés, dice: "Un hombre sueña mucho durante su vida. Sueña en el día y en la noche. Y de sus sueños diurnos extrae su substancia. De sus sueños nocturnos se acuerda rara vez, porque le da pereza anotarlos." Por lo tanto, las corridas nocturnas valen poco. El toreo es una Fiesta de toros, sol, sangre y moscas, y a las diez de la noche con la hipotermia encima, si los toros no embisten, el aficionado se aburre.