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VIVENCIAS DE
HACE MEDIO SIGLO: |
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El 8 de abril
del 2006 se cumplen cincuenta años desde que hice el paseíllo por el ruedo de la Plaza de Toros Monumental de
las Ventas en Madrid para confirmar la alternativa que once meses antes se me
había concedido en Cáceres, España.
Esa
tarde caminaba por el ruedo con pasos
firmes y seguros, pues en ese momento tenía plena confianza en que
apenas me medio embistiera un toro iba a jugarme el todo por el todo para
triunfar, como lo había estado haciendo en las corridas que había toreado como
matador de toros el año anterior. Además, pensaba que en ese ruedo madrileño
había conseguido mis mayores éxitos de novillero, y sabía también que contaría
con el apoyo de un público que tantas veces me había aplaudido.
No
obstante, 
antes de ese paseíllo, desde que había leído mi nombre en los
carteles que anunciaban mi confirmación, mi mente había sido bombardeada por
los pensamientos más radicales y dispares. Por un lado, me figuraba saliendo a
hombros por la Puerta Grande, como había hecho dos veces de novillero, y por
otro me veía jugándome la vida inútilmente con toros difíciles persiguiendo un
quijotesco sueño imposible de conseguir con la administración que tenía. En
realidad me embargaban motivos para estar preocupado, pues percibía que dadas
las circunstancias profesionales en que me encontraba, si esa tarde no
triunfaba podría haber significado el fin de mi carrera. Esa perspicaz
percepción de entonces, con el paso del tiempo se acrecienta y ahora voy a
exponer aquí cuales eran esas circunstancias que me creaban dudas y también voy a relatar lo bueno que logré hacer
para darle un empujón a
mi carrera
desde que tomé la alternativa hasta la tarde de la confirmación en Las Ventas .
Había tomado la
alternativa de manos de Emilio Ortuño “Jumillano”, con Pedro Martínez “Pedrés”
de testigo, en Cáceres el 31 de mayo del
1955. Esa tarde tuve una excelente actuación, obteniendo tres orejas y
un rabo, lo que me calificó para salir en hombros por la Puerta Grande (ver
VIVENCIAS: UNA EXPERIENCIA TAURINA MEDIO SIGLO DESPUES DE MI ALTERNATIVA).
Me doctoré sin
contar con ningún otro contrato para actuar como matador en los ruedos, pero el
triunfo en Cáceres, y los consiguientes, poco a poco, me abrieron huecos en
atractivos carteles. En junio toreé una corrida en Valencia, en donde con un
mal lote di dos vueltas al ruedo, causando tan buena impresión que se dio el
caso insólito de que saliera en hombros
sin cortar trofeos. En julio, toreé en
Inca (Mallorca) desorejando por partida doble a un toro y saliendo por la Puerta Grande. En agosto actué en tres
corridas y cinco en septiembre. El día cuatro de ese mes, actuando en Teruel,
al ejecutar la suerte suprema, mi primer astado me infirió una cornada menos
grave en la axila. Pasé a la enfermería, a donde me llevaron una oreja del
agresor. De allí me trasladaron al Sanatorio de Toreros de Madrid, de donde,
sin que el doctor Jiménez Guinea me diera el acta médica y aun con los puntos
en la herida, salí para reaparecer cinco días después en una corrida de la
Feria en Calatayud. Alternando esa tarde con Rafael Ortega y Julio
Aparicio, corté dos oreja y salí por la
puerta Grande en compañía del maestro madrileño.
Cerré mi
primera campaña como matador de toros en la Feria de Jaén el 18 de octubre, tal
como la había empezado en Cáceres, cortando orejas y también saliendo en
hombros.
En total sumé
13 corridas y en esos festejos obtuve 24 orejas y 3 rabos, abriendo 8 puertas
grandes. Además en los tres festejos en los cuales no me concedieron trofeos di
vueltas al ruedo. Pero la cantidad de trofeos en mi haber no era lo más significativo para mí, ya que
yo consideraba más importante que en esas actuaciones, alternando con los
mejores diestros de entonces, me sentía torero y la prensa y los buenos
aficionados así lo manifestaban. El célebre cronista taurino K-Ito, se refería
así a mi campaña en el resumen de final de temporada publicado en el semanario
madrileño DIGAME del 8 de noviembre del 1955:
El
macareno tomó la alternativa en Cáceres a fines de mayo. Pudo quedarse en
ceremonia protocolaria exclusivamente; pero Mario Carrión fue para
arriba...Nada le falta al primo de los Martín Vázquez para encaramarse muy
alto, a poco que le soplen buenos vientos...Ya esta encasillado y dispuesto a
ser gente en la próxima temporada. Clase tiene en abundancia; valor no ha de
pedir prestado. Y pues como de todo eso posee en abundancia ¡atención al tren
de la Macarena!
En cualquier
época el número de trofeos conseguido por mí en solamente trece corridas sería
notable pero, para la norma actual, la cantidad de corridas toreadas en tres
cuartas partes de una temporada no llamaría la atención, ya que ahora cualquier
diestro notable obteniendo similares éxitos fácilmente sumaria treinta o
cuarenta corridas.
Antes de
proseguir relatando lo que logré hacer en el ruedo madrileño aquel 8 de abril hace medio siglo, y los hechos
antecedentes a esa actuación, expondré algunas circunstancias que en los años cincuenta
causaban que un novel diestro triunfante, quien no fuera una gran figura,
actuara en una menor cantidad de corridas de las que lo haría en la actualidad.
Primeramente,
en las temporadas europeas y en los abonos de las ferias se daban cantidades de
corridas muy inferiores a las de hoy. En la temporada del 1955 en España,
Francia y Portugal se celebraron un total 215 corridas mientras que en la
temporada europea del 2005 se llegó a celebrar alrededor de un millar de
corridas. Las cifras de festejos en los abonos de las ferias de Abril de
Sevilla del 1955 y la del 2005 ilustran la diferencia numérica de festejos que
se dieron en ambas ferias. El abono de la
Feria de Abril de Sevilla del 1995, el que entré en una de las
novilladas, se compuso de cuatro corridas de toros y dos novilladas; y en el
abono de la feria del año pasado se anunciaron dos corridas de rejones, una
novillada y dieciséis corridas de toros. La diferencia en los abonos de San Isidro es aun mayor pues
en los años cincuenta el abono apenas cubría una semana y ahora cubre casi un
mes.
Además existía
otro factor que hacía más difícil en los cincuenta que los diestros que no
fueran grandes figuras entraran en los abonos de feria, ya que en esas ferias
las figuras, para sumar más actuaciones, se anunciaban en varios carteles,
incluso en los de las corridas que hoy denominamos duras, cubriendo así los
escasos puestos en los festejos de los abonos feriales.
La norma actual
de incluir en los abonos feriales encierros de las ganaderías duras, como las
de Victorino Martín, Cebada Gago, Cuadri, Miura, Palha y otras, las que las
figuras actuales evitan, provee oportunidades a diestros de menor categoría
para entrar en los carteles de las ferias importantes, en donde pueden obtener
los triunfos necesarios para avanzar en la carrera.
El torero de
los cincuenta no encontraba una opción similar como el siguiente dato aclara:
en el escalafón del final de la temporada del 1955 yo aparecía en la veinteava
posición, con solamente trece actuaciones, mientras que José Maria Manzanares
hijo,
quien ocupaba la misma veinteava posición en el escalafón final de la temporada
del 2005, había actuado en cuarenta y tres festejos; una diferencia de treinta
corridas.
Al cerrar mi
campaña del 1955 volví a Sevilla a pasar un par de meses con mi familia, para
después del Año Nuevo encerrarme en el campo extremeño para ponerme en forma y
mentalizarme para la campaña venidera.
Volvía satisfecho de que el público, la prensa y la afición hubiera reconocido mis buenos logros, pero descontento por no haber tenido más oportunidades para cosechar más triunfos. Confiaba que, como había hecho otras veces, me ganaría más oportunidades a principio de temporada venidera en mis presentaciones como matador de toros en Madrid y Sevilla. Esta confianza aumentó al leer en la prensa titulares similares al de El RUEDO, que decía:
Mario Carrión clasificado en el grupo especial
Por el correspondiente organismo del Ministerio del Trabajo se ha dispuesto que el nombre del popular espada sevillano Mario Carrión figure incluido en el grupo especial de la clasificación de matadores de toros.
Esto era importante para mí, pues entonces se
le exigía a las empresas que en las ferias incluyeran cierto número de diestros
del grupo especial y además existía una regulación que exigía que solo un
torero de igual clasificación podría sustituir otro compañero en un cartel.
En enero, como
era mi costumbre, me fui a la finca que mi amigo y benefactor, el ganadero de
reses bravas Emilio Arroyo, tenía en el norte de la provincia de Cáceres, cerca de Salamanca, para entrenarme
y asistir a los tentaderos de la comarca. Toreé muchas vacas, maté un par de
toros de mi amigo a puerta cerrada y actué en un par de festivales. O sea que
estaba listo para cuando mi apoderado me dijera que toreaba en cualquier sitio,
aunque fuera en Madrid o Sevilla sin más preámbulos, pero llegó marzo y no
había oído de él nada sobre el particular.
Empecé a
preocuparme pues sentía que mi apoderado, el
ex-matador Manolo Martín Vásquez, mi primo hermano, debería estar
pendiente de mis asuntos, en cambio, como ya había hecho en años anteriores se
encontraba ocupado en la finca de olivares que poseía en Martos (Jaén}. Manolo
compartía sus funciones de apoderado con la de agricultor, y desde marzo a
octubre permanecía en Madrid ejerciendo como apoderado, pero a finales de
octubre se retiraba a administrar su finca y no regresaba a Madrid hasta marzo,
desatendiéndose por unos meses de los asuntos taurinos. El problema era que
entonces las comunicaciones en general eran malas, y en este caso particular
eran peores, pues al no tener teléfono en la finca el aislamiento de mi primo
del mundo taurino era casi completo. Durante esos meses, yo raramente lo veía y
me comunicaba con él poco y por cartas.
Esta situación
había causado que el comienzo de mi campaña se hubiera retrasado en años
anteriores, por lo que me sentía bastante descontento. A través de miembros de
mi cuadrilla y otros taurinos yo ya había sutilmente recibido ofertas de apoderamiento en varias ocasiones. No
obstante, yo sentía una obligación moral para continuar mi relación profesional
con el primogénito de la dinastía torera de los Martín Vázquez, de la cual me
consideraba parte. No podía olvidar que los Martín Vázquez, especialmente
Pepín, me habían allanado el camino para ser torero.
Mientras tanto
se estaban componiendo los carteles de la Feria de Sevilla y por la prensa supe
que se especulaba que haría mi presentación como matador de toros en la feria,
pero me helé al leer los carteles del abono sin mi nombre en ellos. Supe que mi
apoderado no había estado en contacto con la empresa ni que los empresarios sevillanos se habían
dirigido a él.
En cierto modo
no me debiera haber extrañado esta falta de comunicación, pues la relación de
mi apoderado con la empresa de la Maestranza nunca había sido amigable.
Recuerdo que, a pesar de yo haber sido un novillero puntero por dos años y de
haber abierto la Puerta Grande madrileña, tuve que hacer mi debut en Sevilla
sustituyendo al novillero Paco Corpas en junio del 1954. Entonces corté una
oreja y salí a hombros. Mi apoderado exigió al empresario que se me firmarán
dos novilladas a buen dinero para la novillada de feria del año siguiente y
para la despedida de novillero. Quizás estas exigencias a destiempo no sentaran
bien a la empresa.
En la novillada de feria ni fracasé ni
triunfé con un encierro muy flojo y chico que fue protestado, y en la
novillada de despedida tuve una buena actuación en la que perdí los trofeos por
pinchar, aunque hubo petición y di vueltas al ruedo. Dejé un buen ambiente
pero, aparentemente, esto no fue suficiente para contrarrestar otras
circunstancias negativas que no tenían nada que ver con mi buena actuación en
el ruedo maestrante. "Bueno, me queda Madrid", me consolé con ese pensamiento
como si ya estuviera anunciado en Las Ventas...pero no lo estaba.
No pude esperar
más y me presenté en Madrid a mediados de marzo para que Manolo, quien ya se
había reintegrado al mundo taurino, me informara sobre mi probable presentación
en Madrid. No me gustó lo que oí, pues me dijo que Don Livinio Stuyck, el
gerente de Las Ventas, le había dicho que tenía una corrida de Celestino Cuadri
con edad y mucho trapío, y que eso no era para mí, pues con mi buen cartel yo
me merecía un encierro más cómodo.
Esta ganadería
onubense entonces no tenía la reputación de ‘dura’ que tiene hoy, pues apenas llevaba dos años en manos de
Celestino Cuadri. Sin embargo, se decía que el nuevo ganadero se había
propuesto seleccionar un toro con casta y temperamento que no regalara las
orejas, y presentar sus encierros con trapío. Un cronista madrileño tituló su
crónica de la corrida de Cuadri de ese 8 de abril, 1956 “Arrobas y pitones en la Plaza de
Madrid”.
Curiosamente
esa fecha le dio la antigüedad a la ganadería, y este año la peña taurina “La
Divisa” de Trigueros (Huelva), en cuyas cercanías pastan los toros de ese
hierro, está celebrando esa efemérides
con un homenaje a la ganadería y a sus
propietarios, al cual he sido invitado a participar.
Noté que Manolo
comprendía que si aceptaba esa corrida para mí se exponía a la crítica de los
taurinos y no quería tener la responsabilidad de mi posible fracaso. Por
primera vez, lo confronté y le dije terminantemente que al menos que me
mostrara que tenía alguna fecha definida
para que yo comenzara la temporada, yo torearía esa corrida. Quedamos en
ir a ver a don Livinio al día siguiente para que quedara constancia que yo era
el que había tomado la decisión irrevocable de torear el serio encierro de
Cuadri.
Don Livinio era
uno de los pocos empresarios que siempre había sido justo conmigo y al que yo
respetaba. Nunca con él se habló de dinero y cuando me necesitó, después de
mis triunfos novilleriles, yo repetía
incondicionalmente en Las Ventas y, al llenar la plaza, me pagaba como a una
figura.
Entramos en su
oficina y después de los saludos oportunos, le hicimos saber la razón por la
que veníamos a verlo. Volvió a repetir lo que ya le había dicho a Manolo, que
los ‘cuadris’ no eran lo mejor para mí. Yo le atajé preguntándole que si no
toreaba esa corrida si me podría asegurar un sitio en San Isidro. Me contestó
francamente, dejándome saber que en ese
momento no se podía comprometer, pues aun estaba en negociación con los toreros
bases de la feria. Ahora bien, me aseguró que si no entraba en San Isidro, me
pondría luego en una corrida más apropiada para mí. Casi sin dejarlo terminar
para que no se arrepintiera le dije "gracias, Don Livinio, anúncieme para el 8
de abril, yo no tengo el lujo de poder esperar". Manolo no intentó disuadirme
de mi decisión pues, al no tener nada mejor que ofrecerme en ese momento, como
conocía bien mi determinación, pensaría que yo me jugaría todo para triunfar
esa tarde, y si no lo hacía siempre se podría achacar el fracaso, o falta de
triunfo, a mi impaciencia juvenil.
Volvamos al
domingo 8 de abril del 1956 a las cinco de la tarde, cuando los tres diestros
que teníamos que confrontar cinco ‘cuadris’ y un sobrero de Prieto de la Cal
hacíamos el paseíllo en Madrid. La plaza estaba casi llena en una tarde soleada
y sin viento. A la izquierda de la terna, caminaba el padrino de mi
confirmación, mi buen amigo Victoriano Posada, quien ahora retirado vive en
Ecuador, yo iba a la derecha y entre nosotros el testigo Luis Parra “Parrita”,
quien luego sería un extraordinario banderillero. Delante de los tres cabalgaba
el buen rejoneador lusitano Manuel Conde que lidiaría por delante de la terna
un toro de Fermín Bohórquez.
Generalmente,
aunque me gusta el rejoneo como espectador, me impacientaba cuando tenía que
esperar mi turno de entrar en el ruedo mientras que un centauro actuaba. No
obstante, esa tarde agradecí la espera, pues me dio tiempo para tranquilizarme
antes de que mi primer astado apareciera por el toril, y cuando este irrumpió
en la arena yo estaba más que listo para dar la cara. Lo que luego logré hacer
casi todo fue bueno pero, en vez de yo mismo describirlo con un natural
prejuicio, usaré lo que el crítico Ernesto Acebal escribió sobre mi actuación en el diario madrileño MARCA:
Por
lo demás, el éxito ha correspondido a Mario Carrión. El sevillano confirmaba su
alternativa. El éxito ha correspondido a quien lo 
ha buscado con más pasión.
Para Carrión, esta tarde tenía que ‘ser’ su tarde, porque una confirmación de
alternativa es algo más que una meta; es una salida a la fama. Y lo que la vida
exige hay que darlo con creces cuando se quiere llegar. Así, Mario
Carrión, con una corrida complicada, a
trasmano de toda facilidad, se rompió el pecho con su pasión, con un ardiente
deseo por llegar a lo que el encierro no le quería dejar llegar. Hubo en
Carrión una seriedad extraordinaria. Un valor auténtico. Un valor seco y
hermoso, que sin estridencias, le
permitió estar siempre por encima de la corrida. Un valor sereno, que le
permitió andar entre los pitones con gracia, con cante, con alegría, con
maneras elegantes, creando y rematando sin ahogos ni precipitaciones. Y sobre
todo, el cante grande, absoluto, de su capa, recreándose en los quites.
Haciéndolos de una manera y de otra, con garbo y con arte. Con rigurosos
empaque y señorío. He aquí donde se quemaron las manos al aplaudir. Donde las
ovaciones levantaron el luto de la tarde. Luego, en el toro de su confirmación,
muy fuerte y seguro. Por encima del toro, que lo que quería era tirárselo
“encima”. Salvando con gracia el peligro, Carrión terminó por hacer una faena
formal. Una faena que justificaba la razón por la ceremonia...Pero la espada se
le resistió, y a
quello quedó en una ovación fuerte y en una salida a los
medíos. En el otro---uno de Prieto de la Cal, que estuvo en el mismo son del
encierro---, Mario Carrión hizo un quite, tremendo de belleza, por gaoneras. Y
en la faena hubo variedad, medida,
ajuste, temple, y numerosas notas hermosas de valor, de afición y de
gusto....La gracia del toreo sevillano, con mordiente y pasión, había puesto la Plaza sonriente y alegre. Ya
cantaba el triunfo. Lo tenía Carrión
metido entre su mano derecha, su mano izquierda, y su corazón cuando hizo la
suerte suprema. La hizo bien. La hizo de verdad. Pero de antiguo es sabido, que
cuando la suerte se hace bien la espada queda mal. Esto le pasó a Carrión en
las dos veces que intentó matar con corazón. Tuvo que descabellar y lo hizo al
primer golpe. Había perdido la oreja. Sin embargo, quedaba una petición larga
en los tendidos y una ovación enorme, que habría de seguirle en la vuelta al
ruedo. El éxito estaba conseguido.
Dejé la Plaza
de las Ventas acompañado por los intensos aplausos de los espectadores, y luego
en el hotel, como es la norma cuando las cosas salen bien
, el cuarto se llenó
con amigos y admiradores que me daban la enhorabuena y alababan los pormenores
de mi actuación. Al día siguiente disfruté leyendo crónicas del festejo en las
que los reporteros se expresaban sobre mi labor con elogios similares a los
aquí acaban de leer. Estas eran señales externas de que había triunfado. Sin embargo, no se me quitaba de
la mente que la espada me había quitado la Puerta Grande. Por lo tanto, para mí
lo del triunfo no estuvo muy claro hasta cuatro días después cuando Manolo fue
a ver a Don Livinio para cobrar mis honorarios, y al volver me dijo sonriente y usando la forma verbal de
'nosotros' que los apoderados usan para asociarse a lo bueno:
Nos
han pagado requetebién y toreamos el día 15 de mayo una corrida de Tassara en
San Isidro con Rafael Ortega, Pepe Ordóñez y el rejoneador Angel Peralta.