VIVENCIAS DE HACE MEDIO SIGLO:
      DE MI ALTERNATIVA A LA CONFIRMACION
      por Mario Carrión. Marzo, 2006

     

    El 8 de abril del 2006 se cumplen cincuenta años desde que hice el paseíllo por  el ruedo de la Plaza de Toros Monumental de las Ventas en Madrid para confirmar la alternativa que once meses antes se me había concedido en Cáceres, España.

    Esa tarde caminaba por el ruedo con pasos  firmes y seguros, pues en ese momento tenía plena confianza en que apenas me medio embistiera un toro iba a jugarme el todo por el todo para triunfar, como lo había estado haciendo en las corridas que había toreado como matador de toros el año anterior. Además, pensaba que en ese ruedo madrileño había conseguido mis mayores éxitos de novillero, y sabía también que contaría con el apoyo de un público que tantas veces me había aplaudido.

    No obstante, antes de ese paseíllo, desde que había leído mi nombre en los carteles que anunciaban mi confirmación, mi mente había sido bombardeada por los pensamientos más radicales y dispares. Por un lado, me figuraba saliendo a hombros por la Puerta Grande, como había hecho dos veces de novillero, y por otro me veía jugándome la vida inútilmente con toros difíciles persiguiendo un quijotesco sueño imposible de conseguir con la administración que tenía. En realidad me embargaban motivos para estar preocupado, pues percibía que dadas las circunstancias profesionales en que me encontraba, si esa tarde no triunfaba podría haber significado el fin de mi carrera. Esa perspicaz percepción de entonces, con el paso del tiempo se acrecienta y ahora voy a exponer aquí cuales eran esas circunstancias que me creaban dudas y también voy a relatar lo bueno que logré hacer para darle un empujón a mi carrera desde que tomé la alternativa hasta la tarde de la confirmación en Las Ventas .

    Había tomado la alternativa de manos de Emilio Ortuño “Jumillano”, con Pedro Martínez “Pedrés” de testigo, en Cáceres el 31 de mayo del  1955. Esa tarde tuve una excelente actuación, obteniendo tres orejas y un rabo, lo que me calificó para salir en hombros por la Puerta Grande (ver VIVENCIAS: UNA EXPERIENCIA TAURINA MEDIO SIGLO DESPUES DE MI ALTERNATIVA).

    Me doctoré sin contar con ningún otro contrato para actuar como matador en los ruedos, pero el triunfo en Cáceres, y los consiguientes, poco a poco, me abrieron huecos en atractivos carteles. En junio toreé una corrida en Valencia, en donde con un mal lote di dos vueltas al ruedo, causando tan buena impresión que se dio el caso insólito de que saliera en hombros sin cortar trofeos. En julio, toreé en Inca (Mallorca) desorejando por partida doble a un toro y saliendo por la  Puerta Grande. En agosto actué en tres corridas y cinco en septiembre. El día cuatro de ese mes, actuando en Teruel, al ejecutar la suerte suprema, mi primer astado me infirió una cornada menos grave en la axila. Pasé a la enfermería, a donde me llevaron una oreja del agresor. De allí me trasladaron al Sanatorio de Toreros de Madrid, de donde, sin que el doctor Jiménez Guinea me diera el acta médica y aun con los puntos en la herida, salí para reaparecer cinco días después en una corrida de la Feria en Calatayud. Alternando esa tarde con Rafael Ortega y Julio Aparicio,  corté dos oreja y salí por la puerta Grande en compañía del maestro madrileño.

    Cerré mi primera campaña como matador de toros en la Feria de Jaén el 18 de octubre, tal como la había empezado en Cáceres, cortando orejas y también saliendo en hombros.

    En total sumé 13 corridas y en esos festejos obtuve 24 orejas y 3 rabos, abriendo 8 puertas grandes. Además en los tres festejos en los cuales no me concedieron trofeos di vueltas al ruedo. Pero la cantidad de trofeos en mi haber  no era lo más significativo para mí, ya que yo consideraba más importante que en esas actuaciones, alternando con los mejores diestros de entonces, me sentía torero y la prensa y los buenos aficionados así lo manifestaban. El célebre cronista taurino K-Ito, se refería así a mi campaña en el resumen de final de temporada publicado en el semanario madrileño DIGAME del 8 de noviembre del 1955:

      El macareno tomó la alternativa en Cáceres a fines de mayo. Pudo quedarse en ceremonia protocolaria exclusivamente; pero Mario Carrión fue para arriba...Nada le falta al primo de los Martín Vázquez para encaramarse muy alto, a poco que le soplen buenos vientos...Ya esta encasillado y dispuesto a ser gente en la próxima temporada. Clase tiene en abundancia; valor no ha de pedir prestado. Y pues como de todo eso posee en abundancia ¡atención al tren de la Macarena!

    En cualquier época el número de trofeos conseguido por mí en solamente trece corridas sería notable pero, para la norma actual, la cantidad de corridas toreadas en tres cuartas partes de una temporada no llamaría la atención, ya que ahora cualquier diestro notable obteniendo similares éxitos fácilmente sumaria treinta o cuarenta corridas.

    Antes de proseguir relatando lo que logré hacer en el ruedo madrileño aquel  8 de abril hace medio siglo, y los hechos antecedentes a esa actuación, expondré algunas circunstancias que en los años cincuenta causaban que un novel diestro triunfante, quien no fuera una gran figura, actuara en una menor cantidad de corridas de las que lo haría en la actualidad.

    Primeramente, en las temporadas europeas y en los abonos de las ferias se daban cantidades de corridas muy inferiores a las de hoy. En la temporada del 1955 en España, Francia y Portugal se celebraron un total 215 corridas mientras que en la temporada europea del 2005 se llegó a celebrar alrededor de un millar de corridas. Las cifras de festejos en los abonos de las ferias de Abril de Sevilla del 1955 y la del 2005 ilustran la diferencia numérica de festejos que se dieron en ambas ferias. El abono de la  Feria de Abril de Sevilla del 1995, el que entré en una de las novilladas, se compuso de cuatro corridas de toros y dos novilladas; y en el abono de la feria del año pasado se anunciaron dos corridas de rejones, una novillada y dieciséis corridas de toros. La diferencia en  los abonos de San Isidro es aun mayor pues en los años cincuenta el abono apenas cubría una semana y ahora cubre casi un mes.

    Además existía otro factor que hacía más difícil en los cincuenta que los diestros que no fueran grandes figuras entraran en los abonos de feria, ya que en esas ferias las figuras, para sumar más actuaciones, se anunciaban en varios carteles, incluso en los de las corridas que hoy denominamos duras, cubriendo así los escasos puestos en los festejos de los abonos feriales.

    La norma actual de incluir en los abonos feriales encierros de las ganaderías duras, como las de Victorino Martín, Cebada Gago, Cuadri, Miura, Palha y otras, las que las figuras actuales evitan, provee oportunidades a diestros de menor categoría para entrar en los carteles de las ferias importantes, en donde pueden obtener los triunfos necesarios para avanzar en la carrera.

    El torero de los cincuenta no encontraba una opción similar como el siguiente dato aclara: en el escalafón del final de la temporada del 1955 yo aparecía en la veinteava posición, con solamente trece actuaciones, mientras que José Maria Manzanares hijo, quien ocupaba la misma veinteava posición en el escalafón final de la temporada del 2005, había actuado en cuarenta y tres festejos; una diferencia de treinta corridas.

    Al cerrar mi campaña del 1955 volví a Sevilla a pasar un par de meses con mi familia, para después del Año Nuevo encerrarme en el campo extremeño para ponerme en forma y mentalizarme para la campaña venidera.

    Volvía satisfecho de que el público, la prensa y la afición hubiera reconocido mis buenos logros, pero descontento por no haber tenido más oportunidades para cosechar más triunfos. Confiaba que, como había hecho otras veces, me ganaría más oportunidades a principio de temporada venidera en mis presentaciones como matador de toros en Madrid y Sevilla. Esta confianza aumentó al leer en la prensa titulares similares al de El RUEDO, que decía:

    Mario Carrión clasificado en el grupo especial

      Por el  correspondiente organismo del Ministerio del Trabajo se ha dispuesto que el nombre del popular espada sevillano Mario Carrión figure incluido en el grupo especial de la clasificación de matadores de toros. 

     Esto era importante para mí, pues entonces se le exigía a las empresas que en las ferias incluyeran cierto número de diestros del grupo especial y además existía una regulación que exigía que solo un torero de igual clasificación podría sustituir otro compañero en un cartel.

    En enero, como era mi costumbre, me fui a la finca que mi amigo y benefactor, el ganadero de reses bravas Emilio Arroyo, tenía en el norte de la provincia de  Cáceres, cerca de Salamanca, para entrenarme y asistir a los tentaderos de la comarca. Toreé muchas vacas, maté un par de toros de mi amigo a puerta cerrada y actué en un par de festivales. O sea que estaba listo para cuando mi apoderado me dijera que toreaba en cualquier sitio, aunque fuera en Madrid o Sevilla sin más preámbulos, pero llegó marzo y no había oído de él nada sobre el particular.

    Empecé a preocuparme pues sentía que mi apoderado, el  ex­-matador Manolo Martín Vásquez, mi primo hermano, debería estar pendiente de mis asuntos, en cambio, como ya había hecho en años anteriores se encontraba ocupado en la finca de olivares que poseía en Martos (Jaén}. Manolo compartía sus funciones de apoderado con la de agricultor, y desde marzo a octubre permanecía en Madrid ejerciendo como apoderado, pero a finales de octubre se retiraba a administrar su finca y no regresaba a Madrid hasta marzo, desatendiéndose por unos meses de los asuntos taurinos. El problema era que entonces las comunicaciones en general eran malas, y en este caso particular eran peores, pues al no tener teléfono en la finca el aislamiento de mi primo del mundo taurino era casi completo. Durante esos meses, yo raramente lo veía y me comunicaba con él poco y por cartas.

    Esta situación había causado que el comienzo de mi campaña se hubiera retrasado en años anteriores, por lo que me sentía bastante descontento. A través de miembros de mi cuadrilla y otros taurinos yo ya había sutilmente  recibido ofertas de apoderamiento en varias ocasiones. No obstante, yo sentía una obligación moral para continuar mi relación profesional con el primogénito de la  dinastía  torera de los Martín Vázquez, de la cual me consideraba parte. No podía olvidar que los Martín Vázquez, especialmente Pepín, me habían allanado el camino para ser torero.

    Mientras tanto se estaban componiendo los carteles de la Feria de Sevilla y por la prensa supe que se especulaba que haría mi presentación como matador de toros en la feria, pero me helé al leer los carteles del abono sin mi nombre en ellos. Supe que mi apoderado no había estado en contacto con la empresa ni que  los empresarios sevillanos se habían dirigido a él.

    En cierto modo no me debiera haber extrañado esta falta de comunicación, pues la relación de mi apoderado con la empresa de la Maestranza nunca había sido amigable. Recuerdo que, a pesar de yo haber sido un novillero puntero por dos años y de haber abierto la Puerta Grande madrileña, tuve que hacer mi debut en Sevilla sustituyendo al novillero Paco Corpas en junio del 1954. Entonces corté una oreja y salí a hombros. Mi apoderado exigió al empresario que se me firmarán dos novilladas a buen dinero para la novillada de feria del año siguiente y para la despedida de novillero. Quizás estas exigencias a destiempo no sentaran bien a la empresa.

     En la novillada de feria ni fracasé ni triunfé con un encierro muy flojo y chico que fue protestado, y en la novillada de despedida tuve una buena actuación en la que perdí los trofeos por pinchar, aunque hubo petición y di vueltas al ruedo. Dejé un buen ambiente pero, aparentemente, esto no fue suficiente para contrarrestar otras circunstancias negativas que no tenían nada que ver con mi buena actuación en el ruedo maestrante. "Bueno, me queda Madrid", me consolé con ese pensamiento como si ya estuviera anunciado en Las Ventas...pero no lo estaba.

    No pude esperar más y me presenté en Madrid a mediados de marzo para que Manolo, quien ya se había reintegrado al mundo taurino, me informara sobre mi probable presentación en Madrid. No me gustó lo que oí, pues me dijo que Don Livinio Stuyck, el gerente de Las Ventas, le había dicho que tenía una corrida de Celestino Cuadri con edad y mucho trapío, y que eso no era para mí, pues con mi buen cartel yo me merecía un encierro más cómodo.

    Esta ganadería onubense entonces no tenía la reputación de ‘dura’ que tiene hoy,  pues apenas llevaba dos años en manos de Celestino Cuadri. Sin embargo, se decía que el nuevo ganadero se había propuesto seleccionar un toro con casta y temperamento que no regalara las orejas, y presentar sus encierros con trapío. Un cronista madrileño tituló su crónica de la corrida de Cuadri de ese 8 de abril, 1956  “Arrobas y pitones en la Plaza de Madrid”.

    Curiosamente esa fecha le dio la antigüedad a la ganadería, y este año la peña taurina “La Divisa” de Trigueros (Huelva), en cuyas cercanías pastan los toros de ese hierro,  está celebrando esa efemérides con un homenaje a la ganadería  y a sus propietarios, al cual he sido invitado a participar.

    Noté que Manolo comprendía que si aceptaba esa corrida para mí se exponía a la crítica de los taurinos y no quería tener la responsabilidad de mi posible fracaso. Por primera vez, lo confronté y le dije terminantemente que al menos que me mostrara que tenía alguna fecha definida  para que yo comenzara la temporada, yo torearía esa corrida. Quedamos en ir a ver a don Livinio al día siguiente para que quedara constancia que yo era el que había tomado la decisión irrevocable de torear el serio encierro de Cuadri.

    Don Livinio era uno de los pocos empresarios que siempre había sido justo conmigo y al que yo respetaba. Nunca con él se habló de dinero y cuando me necesitó, después de mis  triunfos novilleriles, yo repetía incondicionalmente en Las Ventas y, al llenar la plaza, me pagaba como a una figura.

    Entramos en su oficina y después de los saludos oportunos, le hicimos saber la razón por la que veníamos a verlo. Volvió a repetir lo que ya le había dicho a Manolo, que los ‘cuadris’ no eran lo mejor para mí. Yo le atajé preguntándole que si no toreaba esa corrida si me podría asegurar un sitio en San Isidro. Me contestó francamente, dejándome saber  que en ese momento no se podía comprometer, pues aun estaba en negociación con los toreros bases de la feria. Ahora bien, me aseguró que si no entraba en San Isidro, me pondría luego en una corrida más apropiada para mí. Casi sin dejarlo terminar para que no se arrepintiera le dije "gracias, Don Livinio, anúncieme para el 8 de abril, yo no tengo el lujo de poder esperar". Manolo no intentó disuadirme de mi decisión pues, al no tener nada mejor que ofrecerme en ese momento, como conocía bien mi determinación, pensaría que yo me jugaría todo para triunfar esa tarde, y si no lo hacía siempre se podría achacar el fracaso, o falta de triunfo, a mi impaciencia juvenil.

    Volvamos al domingo 8 de abril del 1956 a las cinco de la tarde, cuando los tres diestros que teníamos que confrontar cinco ‘cuadris’ y un sobrero de Prieto de la Cal hacíamos el paseíllo en Madrid. La plaza estaba casi llena en una tarde soleada y sin viento. A la izquierda de la terna, caminaba el padrino de mi confirmación, mi buen amigo Victoriano Posada, quien ahora retirado vive en Ecuador, yo iba a la derecha y entre nosotros el testigo Luis Parra “Parrita”, quien luego sería un extraordinario banderillero. Delante de los tres cabalgaba el buen rejoneador lusitano Manuel Conde que lidiaría por delante de la terna un toro de Fermín Bohórquez.

    Generalmente, aunque me gusta el rejoneo como espectador, me impacientaba cuando tenía que esperar mi turno de entrar en el ruedo mientras que un centauro actuaba. No obstante, esa tarde agradecí la espera, pues me dio tiempo para tranquilizarme antes de que mi primer astado apareciera por el toril, y cuando este irrumpió en la arena yo estaba más que listo para dar la cara. Lo que luego logré hacer casi todo fue bueno pero, en vez de yo mismo describirlo con un natural prejuicio, usaré lo que el crítico Ernesto Acebal escribió sobre mi actuación en el diario madrileño MARCA:

      Por lo demás, el éxito ha correspondido a Mario Carrión. El sevillano confirmaba su alternativa. El éxito ha correspondido a quien lo ha buscado con más pasión. Para Carrión, esta tarde tenía que ‘ser’ su tarde, porque una confirmación de alternativa es algo más que una meta; es una salida a la fama. Y lo que la vida exige hay que darlo con creces cuando se quiere llegar. Así, Mario Carrión,  con una corrida complicada, a trasmano de toda facilidad, se rompió el pecho con su pasión, con un ardiente deseo por llegar a lo que el encierro no le quería dejar llegar. Hubo en Carrión una seriedad extraordinaria. Un valor auténtico. Un valor seco y hermoso, que sin estridencias,  le permitió estar siempre por encima de la corrida. Un valor sereno, que le permitió andar entre los pitones con gracia, con cante, con alegría, con maneras elegantes, creando y rematando sin ahogos ni precipitaciones. Y sobre todo, el cante grande, absoluto, de su capa, recreándose en los quites. Haciéndolos de una manera y de otra, con garbo y con arte. Con rigurosos empaque y señorío. He aquí donde se quemaron las manos al aplaudir. Donde las ovaciones levantaron el luto de la tarde. Luego, en el toro de su confirmación, muy fuerte y seguro. Por encima del toro, que lo que quería era tirárselo “encima”. Salvando con gracia el peligro, Carrión terminó por hacer una faena formal. Una faena que justificaba la razón por la ceremonia...Pero la espada se le resistió, y aquello quedó en una ovación fuerte y en una salida a los medíos. En el otro---uno de Prieto de la Cal, que estuvo en el mismo son del encierro---, Mario Carrión hizo un quite, tremendo de belleza, por gaoneras. Y en la  faena hubo variedad, medida, ajuste, temple, y numerosas notas hermosas de valor, de afición y de gusto....La gracia del toreo sevillano, con mordiente y pasión,  había puesto la Plaza sonriente y alegre. Ya cantaba el triunfo. Lo tenía  Carrión metido entre su mano derecha, su mano izquierda, y su corazón cuando hizo la suerte suprema. La hizo bien. La hizo de verdad. Pero de antiguo es sabido, que cuando la suerte se hace bien la espada queda mal. Esto le pasó a Carrión en las dos veces que intentó matar con corazón. Tuvo que descabellar y lo hizo al primer golpe. Había perdido la oreja. Sin embargo, quedaba una petición larga en los tendidos y una ovación enorme, que habría de seguirle en la vuelta al ruedo. El éxito estaba conseguido.

    Dejé la Plaza de las Ventas acompañado por los intensos aplausos de los espectadores, y luego en el hotel, como es la norma cuando las cosas salen bien, el cuarto se llenó con amigos y admiradores que me daban la enhorabuena y alababan los pormenores de mi actuación. Al día siguiente disfruté leyendo crónicas del festejo en las que los reporteros se expresaban sobre mi labor con elogios similares a los aquí acaban de leer. Estas eran señales externas de que había  triunfado. Sin embargo, no se me quitaba de la mente que la espada me había quitado la Puerta Grande. Por lo tanto, para mí lo del triunfo no estuvo muy claro hasta cuatro días después cuando Manolo fue a ver a Don Livinio para cobrar mis honorarios,  y al volver me dijo sonriente y usando la forma verbal de 'nosotros' que los apoderados usan para asociarse a lo bueno:

      Nos han pagado requetebién y toreamos el día 15 de mayo una corrida de Tassara en San Isidro con Rafael Ortega, Pepe Ordóñez y el rejoneador Angel Peralta.

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