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CONFERENCIA: |
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Texto de la conferencia dada por José Enrique Moreno, crítico taurino y director de TOROMEDIA, en la peña norteamericana New York City Club Taurino en Nueva York el 13 de noviembre, 2008. Con permiso del conferenciante, el texto fue enviado a MMDT por Lore Monnig, presidenta de NYCCT. Gracias.
Muchas veces, cuando asisto a una
corrida de toros, e incluso en ocasiones cuando lo hago a un tentadero en el
campo, me asalta un mismo pensamiento: ¿Cómo es posible que ese animal bello y
poderoso, fuerte y fiero siga un trapo que se mueve delante de su hocico y sus
ojos una y otra vez?
Reconozco que hasta a mí, autor de la
interrogante, me llega a parecer absurda, pero por muchas corridas que llevo
presenciadas a lo largo de mis veinte años de ejercicio profesional y de las
muchas horas de faenas de campo a las que he tenido el privilegio de asistir,
no deja de sorprenderme ese milagro. Porque llego a esa conclusión: que el toro
persiga el capote y la muleta y no emprenda camino a cualquier otra parte es un
auténtico milagro. El milagro de la bravura, sin más, pero ¡qué misterio tan profundo!
Porque si se ahonda en esta absurda
reflexión se llega pronto a la conclusión de que el toro no es un animal
amaestrado, ni un ser dócil al que se convenza fácilmente para realizar una
tarea y hacerla de un modo concreto. No, aquí no hay doma previa, ni pacto de
colaboración con la fiera. Que el toro siga una y otra vez la muleta –algunos
de manera incansable- es consecuencia de un milagro llamado bravura que ha sido
seleccionado por el hombre hasta convertirlo en un comportamiento habitual en esta
raza.
El toro no sigue a la muleta porque
alguien le haya enseñado a hacerlo, sino porque el hombre ha observado en él un
comportamiento que ha sabido aislar y seleccionar generación tras generación.
Lo que primero fue un instinto de defensa ahora es “impulsividad con carácter
de hábito hereditario.
En esta última frase tomo las palabras
y la idea de quien para mí – y para muchos ganaderos- es un autor de referencia
en el estudio de la bravura: el veterinario Cesáreo Sanz Egaña. En las páginas
de su libro HISTORIA Y BRAVURA DEL TORO DE LIDIA leí por primera vez que aquel
animal que yo tenía como abanderado del ímpetu y el valor, el toro, es un ser “zoológicamente
cobarde” porque su reacción ante el peligro era la huida en masa.
En realidad, yo había tenido la
oportunidad de comprobar esta afirmación muchas veces en el campo, pero
encontrarla así, de forma tan explícita, en las líneas de un libro publicado en
1958 me pareció cuanto menos impactante. Verán: de niño me
escapaba en
bicicleta a la finca ‘Peñalosa’, propiedad del famoso torero Litri, con el
único objetivo de estar cerca del toro, de mirar durante horas a ese animal en
su medio. Cuando llegaba y estaban junto a la alambrada, se me aceleraba el
corazón. Equipado con una modesta cámara de fotos me dirigía hacia el grupo con
movimientos lentos con la inocente intención de tomar una instantánea. Pronto
aprendí que mi cercanía o el simple chasquido de una rama al pisarla provocaba
la inmediata y conjunta huida de la manada. Los toros tenían miedo de mí y de
mi cámara de fotos, o al menos tomaban sus precauciones.
Si por lo general el toro huye en el
campo, ¿por qué embiste en la plaza? ¿Por qué no se cansa de seguir un engaño
que le presenta el hombre una y otra vez ante sus narices? ¿Por qué la mayoría
de los toros no toman el camino más corto, más inteligente, y se libran a la
primera de cambio del brillante personaje que les atosiga?
En esta necesidad de saber, de aprender
de las cosas del toro, me encontré con un sabio, un hombre del que a veces
llegué a sospechar que era capaz de pensar como un toro. Ese hombre se llamaba
Álvaro Domecq y Díez, a quien primero leí y luego traté desde la más profunda
de mis admiraciones y el más inagotable de mis respetos. Don Álvaro respondía
con soberana sencillez a esa primera duda básica en su libro EL TORO BRAVO: “El
toro –escribe don Álvaro- no es el que pega primero, necesita que le
peguen, que le molesten para responder”.
Estaba claro: el hombre ha observado
que el toro, cuando se le irrita, acomete, embiste, y ha seleccionado esa
irritabilidad. En definitiva, es un trabajo de observación y de selección. El
ganadero ha ido quedándose con los animales que más acusada tenían esa
capacidad de acometer que Sanz Egaña definía como una “huida hacia delante”.
Con ellos ha formado sus ganaderías. Con ellos se ha creado el toro actual, ese
que el mismo Álvaro Domecq definía como “un animal que ataca siempre, sin
resquicio de miedo”.
Ese toro es consecuencia de la
selección: “El ganadero ha sabido a base de seleccionar, de depurar la
bravura, multiplicarla”, dice Don Álvaro.
Estoy de acuerdo con esa idea, y
también con la que dice que el toro de hoy es el más bravo de la historia,
entendido esto como que es mucho mayor
el porcentaje de toros que embiste que el que desiste por completo de hacerlo,
cosa que ocurría a principios de siglo si se atiende a las crónicas que hablan
de toros rajados, entablerados o mansos, que tenían que ser perseguidos por los
toreros de entonces. Ahora también los hay, cómo no, pero son menos.
Para nuestro objetivo de esta noche,
que no es otro que el de ofrecer algunas claves del comportamiento del toro de
lidia, vamos a tomar como idea base un pensamiento del sabio don Álvaro: la
función del toro bravo es morir sin ceder y atacando.
Pero esta función puede ser matizada
hasta la saciedad, el comportamiento de un toro durante la lidia tiene cien
matices distintos y mil cambios que exigen del espectador una atención
continua. El toro es la aguja del compás, sobre él gira el espectáculo. Quien
entienda el toro comprenderá la lidia, se acercará más a los secretos del
toreo. Lo primero es seguir al toro, observarlo, no perderlo nunca de vista,
intuir sus reacciones, anotarlas sin creer nunca que se tiene la certeza de
nada.
De la gente del campo aprendí la
sencillez para definir conceptos. El misterio de la bravura era fácilmente
reflejado en un símil que por primera vez escuché a José, un sabio vaquero del
Litri que trabajaba en ‘Peñalosa’. “Los toros son melones por calar”,
decía mirándolos con unos ojos pequeños pero de una viveza que nunca olvidaré. “Son
muy suyos, no te creas, los ves ahí tan tranquilos y parecen tus amigos, pero
nunca te puedes confiar: son toros. Mira”, y me enseñaba con cierto orgullo
una cicatriz en su brazo derecho: “me lo hizo un toro noble al que
acariciaba todos los días cuando le echaba de comer. Un día se le cruzaron los
cables y…”.
La primera
vez que fui a la finca de
Victorino, en mis primeros años como periodista taurino, le oí a Victorino hijo
una historia que nunca olvidaré: hablaba de las horas que pasó tumbado en el
campo, gravemente herido, después de que un toro le tirara del caballo, le
corneara en el suelo y le vigilara durante todo ese tiempo sin permitir
siquiera que levantara la cabeza. “Era como si esperara un movimiento para
darme el golpe de gracia, para rematar a su víctima”.
Aquellas historias no hacían más que
aumentar mi obsesión por comprender el comportamiento del toro. Comprendí que
sin entender al toro nunca podría comprender la esencia del toreo. Que aprender
las claves de su comportamiento era además una asignatura imprescindible para
el desarrollo de la profesión que había elegido, la de periodista taurino.
En esta presentación vamos a intentar
ver al toro, acercarnos a sus comportamientos más básicos, pero también
adentrarnos en algunos matices más avanzados de su desempeño durante la lidia y
de acercarnos a la nueva forma de nombrar los comportamientos que tienen los
toreros y banderilleros más jóvenes.
Antes de adentrarnos en el comportamiento
del toro en los distintos tercios, tomemos como punto de partida las
características del toro bravo que nos marca el ya citado Álvaro Domecq.
Para él, un toro que verdaderamente sea
bravo debe arrancarse pronto, embestir por derecho, sin buscar atajos, siempre
hacia delante, galopando, no trotando, y debe aceptar la lucha en todo momento
y nunca rehuir, sin cansarse de embestir.
Para aprender a ver un toro debemos
asimilar los matices de la bravura que pueden considerarse como factores
positivos. Son los siguientes:
la fuerza
la codicia
la movilidad
la prontitud
venirse de
largo
la raza
la casta
la fiereza
la fijeza
el temple
el galope
meter la cara
embestir
derecho
no dolerse
durar
la igualdad
en el comportamiento o venirse
No se pierdan en este bosque de
conceptos, van a ir apareciendo uno a uno cuando intentemos observar al toro en
los distintos tercios. Otro reto de este trabajo es adentrarnos en la mente del
torero. Ellos perciben la bravura de otro modo, de una forma directa, sin
intermediarios, en el trato y el roce directo con el animal. Los toreros están
cerca de la bravura, la perciben en sus manos, saben de sus ritmos, de su
latido… Por eso ellos serán guías válidos en nuestro viaje.
Sale el toro
En la salida del toro hay que buscar
más impresiones que conclusiones. Los toros transmiten sensaciones a los
toreros y al aficionado en función de su presencia, un toro con trapío
predispone a pensar en su bravura mucho más que uno que no lo tiene. Pero
cuando empieza a aportar claves es cuando comienza a moverse por el ruedo.
Es preferible el toro que no extrañe el
nuevo entorno. La salida debe ser franca, no debe haber lugar para el recelo.
El toro que se queda ‘pensando’, que se emplaza nada más salir al ruedo y lo mira
todo con curiosidad, no transmite cosas positivas al torero. Lo más fácil es
que ese animal tímido y acobardado se frene en el capote e intente regatearlo
en una embestida complicada para su matador.
En cambio, el toro que sale con ímpetu,
con un galope claro y que remata abajo en los burladeros ya está transmitiendo
factores positivos al torero, que irá a su encuentro con una mejor
predisposición. Si el toro remata abajo puede ser una primera señal de que va a
presentar posteriormente una embestida humillada.
En la primera toma de contacto con el
capote es preferible que el toro no se frene, sino que pase con buen recorrido,
sin acortar su viaje ni salirse del trazo que le marca el torero con el capote.
No es buena señal que el toro eche las manos por delante –síntoma de ataque
defensivo- sino que tome el engaño metiendo la cara, humillando y desplazándose
lo necesario para culminar la suerte sin poner en aprietos al torero.
El toro que toma un capotazo y se queda
parado para ‘pensarse’ la próxima acción estará transmitiendo a su torero
cierta inquietud o al menos precaución. Si además escarba entre capotazo y
capotazo añadirá un defecto más a su comportamiento, ya que esta acción molesta
bastante a los toreros. Otro comportamiento negativo es el del toro que sale
huyendo nada más tomar contacto con los engaños. Este comportamiento es la
antesala de la mansedumbre, que vamos a entender siempre como la negativa a
pelear o la tendencia a la huida.
Hay determinados encastes que dan un
toro frío en los primeros tercios, por lo que habrá que ser paciente con ellos,
interpretando esas huidas iniciales como parte de su carácter. Como ejemplos
válidos están los toros de encaste Núñez y todo lo que viene de Atanasio.
Repito que no deben asimilar ninguna de
estas claves como dogmas de fe. Como dicen los ganaderos, en el toro dos más
dos no suman cuatro. En esto lo mejor es no parar de observar y estar abierto a
cualquier cambio repentino que destruya la teoría que estábamos creando sobre
tal o cual toro.
Antes de finalizar este primer contacto
con el toro hay que señalar que hay toros que ya desde el principio dejan bien
claras sus malas intenciones. El peligro del toro en el capote se manifiesta a
base de embestidas que se dirigen directamente al pecho o a los tobillos del
torero, perfectamente orientado el animal de donde se encuentra el cuerpo del
torero aunque éste esté tapado casi por completo por el capote. Hay toros que
manifiestan su sentido desde que salen a la plaza: éstos recortarán, buscarán
al torero por arriba y por abajo del engaño, se meterán siempre hacia dentro,
recortarán su viaje... En definitiva, pondrán en peligro la integridad física
del hombre.
Encuentro con el caballo (para ilustrar esta sección de la conferencia se proyectó
un video)
Después de un recibo de capa cada vez
más breve salen los caballos de picar, cuya función es básica para el toreo de
hoy. Sólo con un toro bien picado, convenientemente sangrado y no excesivamente
castigado, es posible lograr la perfección del toreo actual, que necesita de
embestidas acompasadas, con ritmo, con temple y sin estridencias que perturben
un toreo lento, suave y de estética cada vez más conseguida.
Al buen picador no hay que verlo como
el enemigo de la fiesta, sino como uno de sus necesarios mediadores. Más
discutibles son las herramientas de esta suerte: caballo y puya. No es el
objeto de esta ponencia entrar en la polémica de la necesidad de cambios en la
suerte de varas, pero lo que sí es lógico es que con un caballo menos pesado y
voluminoso, al
toro se le daría ventajas que hoy no tiene. El citado Álvaro
Domecq habla de un primer tercio “destructivo” que limita el
comportamiento del toro al estrellarlo contra una auténtica muralla.
Pero, dejando de lado esa polémica,
vamos a centrarnos en el comportamiento del toro en el caballo:
Vaya por delante que caballo y picador
deben situarse a contraquerencia del toro. Querencia es el lugar al que el toro
‘quiere’ ir, y una de las querencias naturales, propiciadas por la memoria y el
instinto del toro, es la de chiqueros. Por eso, si chiqueros es el lugar donde
quiere ir el toro, el caballo de picar se coloca en el extremo diametralmente
opuesto a esa puerta para que al toro le suponga mayor esfuerzo ir contra ese
nuevo ‘enemigo’ que tiene en la plaza..
Una vez colocado en suerte, situado el
toro frente al caballo de picar y dando la grupa a chiqueros, el toro que es
verdaderamente bravo se arranca sin tregua, con prontitud, al caballo. Va por
derecho, sin tomar atajos en su camino ni describir una trayectoria curva para
buscar el pecho o la grupa del caballo. Ambas acciones hay que interpretarlas
como un alivio del animal.
Cuando se estrella contra el peto, esto
será síntoma de entrega, se queda fijo en él y empuja también por derecho, sin
mover la cara, que llevará humillada. Para ver si un toro se está empleando en
el caballo hay que fijarse en los riñones. Si el toro los mete, los tensa,
sacando de ellos la fuerza en cada una de sus acometidas, el animal se estará
empleando a fondo.
Hay otros toros que se quedan en el
peto, pero que no empujan. De estos se suele decir que se están ‘dejando
pegar’. Simplemente. Otros empujan con un solo pitón, lo que quiere decir que
la entrega es menor, y otros se colocan de lado, en paralelo al caballo, haciendo
ver que están en la pelea pero sin estarlo en realidad, locos por buscar una
rápida huida de la lucha en cuanto encuentran una salida. Es por eso que a
muchos toros se les hace la carioca, suerte inventada por el picador Miguel
Atienza para tapar la salida a los toros mansos y poder administrarles el
castigo necesario.
También es negativo que el toro, al
sentir el hierro, dé unos pasos hacia atrás, a esta acción se le llama
relucharse, y es síntoma de mansedumbre. También es malo que intente quitarse
el palo que le administra el castigo, ya que es un comportamiento que apunta
directamente a la mansedumbre y también al sentido del animal. Entenderemos
siempre el ‘sentido’ del toro como la antesala del peligro. Sentido puede ser equivalente a
inteligencia, o listeza, salvando siempre las distancias entre lo humano y lo
animal, por supuesto.
Esto sobre los toros que se quedan en
el peto, porque hay otros que al sentir el hierro huyen con cobardía y otros
que lo hacen sin ni siquiera llegar al peto, sólo ante la desafiante presencia
del picador y su cabalgadura.
Es difícil valorar la bravura de un
toro en plazas donde sólo se da un puyazo, porque en este tercio la bravura se
debe entender como la capacidad del toro a crecerse en el castigo. Si no hay,
al menos, un segundo puyazo no tendremos una aproximación fiable a la bravura
del animal. Porque los toros van a la primera vara sin saber lo que van a
encontrar, pero en la segunda y en las sucesivas ya van sabiendo lo que les
espera, y es en ellas donde deben dar la verdadera dimensión de su bravura.
No me vale, tampoco a los ganaderos
exigentes, un toro que empuja de forma espectacular en la primera vara y que en
la segunda se lo piensa, escarba, se repucha, hace sonar el estribo o
directamente se va huyendo al sentir el hierro. El toro debe aceptar el castigo
de forma progresiva, creciéndose y empujando desde atrás, con los riñones, sin
volver la cara y sin hacer sonar el estribo.
Además debe resistirse a los estímulos
de los banderilleros cuando estos pretendan apartarlo del caballo. Un toro que
se va rápidamente detrás del primer capote que asoma al quite demostrará que no
tiene el suficiente celo que aporta la bravura.
Banderillas
Una vez picado, es el momento de ver
cómo queda el animal. Lo primero es comprobar si la pelea en varas ha mermado
demasiado su fuerza. Esto se ve en la forma de desplazarse en el capote del
banderillero que realiza la brega.
Hay que tener cuidado con esto: la
brega se realiza siempre, o al menos debe ser así, a favor del toro, es decir,
procurando
mejorar su embestida y corregir defectos. El banderillero procurará
no molestar al toro, por eso los capotazos son casi siempre en línea recta,
para no forzar la embestida. Si a esto se le une el hecho de que el
banderillero anda hacia atrás conforme se desarrolla el capotazo, se añaden
facilidades al toro.
No es lo mismo un capotazo en línea
recta, andando hacia atrás y sin bajar las manos, que un muletazo quieto, en
curva y sometiendo la embestida. De ahí que muchos toros que parecen tener buen
recorrido durante la brega se aflijan después de las primeras series de
muletazos. Estos toros no estarán sobrados de raza, el motor que los mantiene
en la lucha.
En banderillas, en definitiva, hay que
estar pendientes de factores como la fuerza, la prontitud en la arrancada, la
fijeza en los engaños y sobre todo en el recorrido de la embestida, su
longitud, por uno y otro pitón. También se puede apreciar, aunque esto a veces
resulta más complejo, si el toro se acuesta por algún pitón, si aprieta hacia
dentro o si marca alguna querencia que posteriormente deberá ser tenida en
cuenta por el matador para elegir los terrenos más adecuados para la faena de
muleta.
En el encuentro con los banderilleros
también se pueden apreciar determinados comportamientos positivos: es bueno que
el toro galope hacia el banderillero que le cita con los palos en la mano; es
bueno también que se arranque con prontitud y no tome atajos, que es a lo que
los toreros llaman ‘cortar’, querer llegar a la reunión por el camino más
corto. Si esto ocurre debemos empezar a sospechar del toro, estar alerta sobre
una posible presencia de peligro en su comportamiento posterior. Tampoco es
bueno que el toro escarbe, se lo piense mucho a la hora de arrancarse o lo haga
en una especie de estampida que desconcierte al banderillero.
La muleta, la prueba definitiva
La evolución de la Fiesta ha ido dando
cada vez más importancia al último tercio, hasta el punto de que se puede
afirmar que en los primeros tercios se llega a prescindir del lucimiento con
tal de que el toro llegue en condiciones óptimas a la muleta. Tal y como está
concebido el espectáculo en la
actualidad, de muy poco sirve que un toro ofrezca una gran pelea en varas si
posteriormente no tiene un buen comportamiento en la muleta.
Simplificando mucho, podemos decir que
la finalidad del toro actual es propiciar una buena faena de muleta. La
selección que han realizado los ganaderos en las últimas décadas ha ido
encaminada a conseguir el toro óptimo para el último tercio, olvidando en
muchas ocasiones que la prueba del caballo es fundamental para determinar y
seleccionar la bravura y resistencia de los animales.
En este sentido, nuestro guía en los
difíciles caminos de la bravura, el recordado Álvaro Domecq, era tajante. Decía
que el ganadero “debe buscar una bravura con fuerza, que transmita y tenga
movilidad” y añadía que la fuerza se basa en dos factores: la buena salud
del toro y la casta.
A don Álvaro le alarmaba el hecho de
que los ganaderos estuvieran seleccionando cada vez más la “suavidad” en
las embestidas. Para él la suavidad era un elemento peligroso en la selección
porque la consecuencia es un toro limitado de fuerza, raza y bravura. Un toro
como el que, por desgracia, tantas tardes vemos en el ruedo.
Para comprender el comportamiento del
toro en la muleta debemos manejar con claridad y precisión varios parámetros o
conceptos que deben quedar bien claros desde el principio. Vamos a intentar
analizar la embestida de un toro y aplicar un nombre a cada uno de sus
comportamientos.
La función del torero en su encuentro
con el toro es en principio didáctica: hay que enseñar al toro el camino,
canalizar el poder de su acometida para poder crear arte. Partiendo de esta
base, el comienzo de la faena de muleta en muchas ocasiones tiene únicamente
esta función didáctica. Los primeros
muletazos sirven para tantear la embestida y meter al toro en la muleta.
En ellos el torero aprecia varios
factores: la prontitud, si el toro se arranca enseguida o hace falta insistir
para lograrlo, la humillación, si lleva la cara baja o embiste a media altura o
con la cara alta, el recorrido, si se desplaza más o menos, y el
ritmo, si
embiste templado, suave, o si por el contrario lo hace con brío y a mayor
velocidad. También apreciará el torero, y por supuesto el ganadero, si el toro
tiene nobleza, factor éste más difícil de apreciar desde el tendido.
La nobleza es menos visible, más
difícil de medir, es más una sensación que transmite el toro, aunque hay claves
para saber si un toro es o no noble. La nobleza se manifiesta en una embestida
recta y metida en los engaños, en la claridad y la franqueza del toro a la hora
de perseguir la muleta, sin hacer caso
al torero, como si no existiera más enemigo que el trapo rojo que se mueve
delante de sus ojos.
El toro ideal de nuestra época debe ser
bravo pero también noble. La mezcla equilibrada de ambos factores proporcionará
un toro apto para realizar el toreo que se exige hoy, un animal propiciador de
buenas faenas.
El profesor Rodrigo García
González-Cordón señala en un estudio que la bravura está basada en ocho
factores que me parecen interesantes para marcar una pauta en la observación:
1.
Fijeza, que es la atención del toro a los estímulos.
2.
Movilidad, que es la actividad constante del toro.
3.
Acometividad, la primera arrancada.
4.
Embestida al caballo.
5.
Embestida a los engaños.
6.
Fuerza, que no es otra cosa que el poder del toro.
7.
Nobleza, manifestada en una embestida clara.
8.
Fiereza, que es la combatividad y la codicia del toro.
Vamos a repasar algunos de ellos y a
añadir otros que me parecen importantes y no aparecen en esta relación.
Lo primero que hace el torero es citar
al toro: llamar su atención moviendo delante de él la muleta. Por tanto, lo
primero que podemos apreciar es la prontitud o acometividad del animal. Si el
toro acude al primer cite, al primer estímulo, se dirá que es pronto.
Si se lo
piensa y tarda en arrancarse se dirá que es tardo. Entre los tardos se puede
distinguir los que no se arrancan por pura apatía (mansedumbre, falta de raza),
de los que no lo hacen porque están fraguando malas intenciones, que reciben el
nombre de ‘reservones’, porque están ahí al acecho, reservándose alguna sorpresa nada grata para el matador de turno.
Si el toro se distrae en el cite, mira
hacia otro lugar o se mueve doliéndose de las banderillas, manifestará una
falta de fijeza que incomodará al matador. La fijeza es la capacidad del toro
para estar todo el tiempo centrado en la pelea, sin que nada ni nadie aparte su
atención de ese engaño (la muleta) que dirige su embestida.
Cuando el toro se arranca al cite será
bueno que galope hacia la muleta. El galope es siempre síntoma de entrega. No
se entregan los toros que acuden andando o trotando a su encuentro con el
matador. Mucho menos los que gazapean, que son los que no paran de andar.
El momento en el que el toro se
encuentra con la muleta se llama ‘embroque’ y de él también se pueden sacar
muchas conclusiones, positivas y negativas. Del toro que llega al embroque y
baja la cara para intentar coger el engaño por abajo, se dirá que humilla.
Humillar equivale a entregarse en la pelea. Si el toro lleva la cara alta no se
estará empleando. Además, hay una idea extendida entre los matadores que dice
que el toro que no humilla termina orientándose, es decir, creando peligro.
En el embroque también se puede
apreciar si el toro derrota, puntea,
calamochea o pega gañafones. Todas estas acciones consisten en intentar
alcanzar la muleta con los pitones a base de hábiles y violentos movimientos de
la cabeza. Aunque este comportamiento no es exclusivo del embroque, sino que
hay toros que puntean a lo largo del muletazo y otros que lo hacen en el remate
del mismo. Todos estos comportamientos son negativos además de molestos para el
torero. El toro bravo debe entregarse
en la lucha, sin que esto quiera decir que se convierta en un cordero sumiso,
por supuesto que no.
Después del embroque el torero tira del
trapo para dibujar el muletazo. En ese trazo hallaremos más claves del
comportamiento del toro. Si el trazo es largo diremos que el toro tiene
recorrido. Si el trazo es menor y la embestida se agota a mitad del muletazo
diremos que el toro se queda corto. El toro bravo sigue la muleta hasta el
final con una embestida humillada. Para definir esta acción de llegar hasta el
final del trazo que le marca el matador los toreros dicen que el toro ‘se
rebosa’.
Para lograr esa cualidad fundamental en
el toreo actual, la ligazón de los muletazos, el toro debe repetir su
embestida. Ligar los muletazos es sencillamente encadenarlos unos a otros y
componer lo que se conoce como serie. Hay toros que repiten sin parar llevados
por un temperamento bravo y encastado, pero los toreros prefieren los que
repiten pero que se paran brevemente entre muletazo y muletazo, haciendo que
cada suerte vaya unida a la anterior, pero se pueda apreciar como un elemento
único.
Hay toros que no siguen la muleta y se
quedan cortos, y otros que directamente salen huyendo después de algunos
muletazos. Puede haber varias razones: falta de raza, falta de fuerza o
sencillamente sentido, entendido éste siempre como antesala del peligro. Un
toro con sentido sabrá pronto dónde está el torero y dejará de seguir la muleta
para dirigirse por el camino más corto hacia su enemigo. Estos toros
desarrollan peligro y lo acrecientan conforme avanza la faena.
Para Álvaro Domecq la casta del
toro es la sensación de peligro que transmite, pero no hay que confundir
términos. Un toro encastado es el que transmite esa sensación de peligro, la
sensación de que hay un toro en la plaza y no un dócil borrego. Para el
profesor Rodrigo García González Cordón la casta va unida a la capacidad de
transmitir del toro.
Muchas veces los críticos confunden
casta con raza, y, lo que es peor, casta con genio. Vamos a intentar separar
conceptos. La casta es esa sensación de viveza, de peligro, esa impresión de
que hay un enemigo en la plaza. La raza, en cambio, está más vinculada a la
capacidad del toro para mantener la lucha, a la duración, o durabilidad, que se
dice ahora, del animal. El genio es casta, pero de la mala.
El peligro es una condición del toro
fácilmente detectable, aunque en ocasiones ese peligro permanece oculto en lo
más
profundo del toro y sólo sale a relucir cuando éste ‘caza’ literalmente al
torero. Un toro peligroso buscará siempre al torero, haciendo caso omiso de
muletas y capotes. Para detectar el peligro los toreros están pendientes de la
mirada del toro.
Los ojos del toro delatan sus buenas o
malas intenciones. Si la mirada del toro se aparta de la muleta y se centra en
el torero, el animal empezará a dar claves de su mala intención al torero. El
toro peligroso amaga, prueba, mide en cada muletazo e intenta hacer presa
quedándose corto, metiéndose a mitad de un muletazo o pegando un certero
gañafón al final de la suerte.
Hay otros toros que tienen más ocultas
sus malas intenciones, que se comportan como buenos hasta que tienen seguro el
camino hacia la cornada. De estos toros que tienen un peligro que no se ve se
dice que tienen ‘peligro sordo’. Se mantienen al acecho hasta que tienen
asegurada a la víctima.
Los toros que huyen de la muleta
también pueden clasificarse en varias categorías según tengan más o menos
acusada esa huida. Los hay que simplemente salen sueltos y vuelven a la lucha,
denotando una mansedumbre no demasiado acusada. A estos les llamaremos sueltos.
A los que se van y buscan el amparo de las tablas se les llama aquerenciados. Y
los que se van y huyen de cualquier propuesta de lucha que le plantee el torero
serán mansos integrales.
Por último, la huida es siempre
sinónimo de mansedumbre, de esa cobardía natural que decíamos que corresponde
al toro por su clasificación zoológica.
Juan Pedro Domecq define la bravura
como
“la
capacidad del toro de luchar hasta su muerte”, por lo que se valorará muy
positivamente la durabilidad del animal a la hora de medir su bravura. El toro
verdaderamente bravo va a más, se crece en la lucha, embiste cada vez
más y mejor en la faena de muleta.
En el comportamiento de un toro tienen
mucho que ver las buenas manos del torero, capaz de optimizar con su técnica la
embestida de un animal o estropearla por completo. Un toro mediocre en buenas
manos puede parecer bueno. Y un toro bueno en malas manos puede empeorar su
condición y pasar desapercibido.
La observación del toro, la comprensión
de su comportamiento, es una tarea compleja en la que nunca se deja de
descubrir nuevos aspectos y donde no existen reglas infalibles. Por eso la
mejor recomendación es no perder nunca de vista al toro y, si lo creen
conveniente, seguir alguna de las pistas que hemos ofrecido en este trabajo.
Y otro consejo: no se desmoralicen si
otros ven lo que ustedes no ven. Tengan en cuenta que en esto de la bravura y
sus matices estamos jugando a descifrar un profundo misterio que ni los
ganaderos ni los toreros han logrado descifrar aún, el gran misterio de la
bravura, ese que hace que el toro siga la muleta una y otra vez, sin cansarse,
que es algo que no deja de
sorprenderme. Lejos de desanimarse, disfruten del toro, de su comportamiento y
de la fiesta. Está bien ser analítico e intentar profundizar, pero no olviden
nunca que este es un arte de sensaciones y emociones.
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