SUCEDIO
EN CARMONA (SEVILLA): |
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Fue
el pasado 23 de septiembre, vísperas de la Feria de San Miguel,
aprovechando la venida a Sevilla de mis amigos René Arneodau y Gastón Ramírez para las corridas de La Maestranza, en la que al final no
se pudo ver a "El Cid" por su grave lesión. Nos reunimos como en otras ocasiones en
la coqueta plaza de la Venta El Tentadero en la cercana localidad de
Carmona, mis amigos René, Gastón y yo, con la firme intención de satisfacer las
inquietudes taurinas que atesoran, poniéndolas en práctica. Ellos con su ya
amplia experiencia como practicantes, y yo, que me meto hasta en los charcos,
ejerciendo de apoderado, empresario, conocedor, asistente sanitario... y de
caballo de picador si hiciese falta.
El ganado, cuando fui a "verlo en el campo", me dejó confuso y preocupado. Hasta ahora siempre se escogía entre unas eralas, las más terciaditas. Esta vez, entre unas treinta, solo había dos "bebés", y el resto para volverse y decir que no había ganado. Sin término medio. El escalón a subir ---que siempre se ha ido haciendo duro--- esta vez era de una escalera. Demasiado. A pesar de ello, dije que encerraran varias y que ya escogeríamos. Eso sí, el hierro movía a la esperanza: Hermanos Tornay.
Cuando
llegamos al día siguiente con los "maestros", a pesar de que yo se
las había pintado grandes, --- en la creencia de que su imaginación superaría la
realidad y las verían más chicas---, la verdad es que se quedaron con cara de
"rajarse". Además, había un importante handicap: hasta ahora siempre
nos acompañó a estas correrías mi cuñado, el torero retirado----por la edad en
el escalafón, que no por su arte, valor y destreza que todavía exhibe cada
vez que se presenta la
oportunidad--- Mario Carrión. El, que había sido siempre consejero, maestro,
y director de lidia en estos lances, no ha podido venir esta vez
desde su residencia en Baltimore por cuestiones personales.
Eso pesaba en el ánimo y se notaba. Sobre todo porque entre los asistentes, algunos de anteriores ocasiones, le echaban de menos, y entre ellos, Maoliqui, el dueño de la Plaza y sus instalaciones, que no dejaba de preguntar por el Maestro. Maoliqui llegó a decir en la anterior actuación en fechas previas a la Feria de Abril, durante una exhibición que Mario nos hizo con una becerra, que le hubiese gustado verle esa "mano izquierda" cuando tenía 20 años.
El caso es que, entre las eralas que habían encerrado se escogieron una colorá y otra negra, con la "T" en los lomos y unas buenas hechuras y aparentes cuernas.
A la voz de “¡Cuando quieran abro el portón!”, se oyó un desmayado “¡suéltala ya!”.
René se encontraba junto a mí en el
burladero pegado a toriles y me comenta en ese instante: “¡Dios mío,
Antonio! ¡Estamos locos! ¿Qué hacemos aquí?”. En
el otro burladero, Gastón, con el subalterno de Pepín Liria, Ecijano II, gran
banderillero y mejor persona, al que habían localizado a petición mía para
que nos echara una mano por no actuar ese día, y al que estaremos siempre
agradecidos, oyó como este le preguntaba “¿la paras y después la llevamos
al caballo?. Contestó, sin convicción alguna, “sí,....bueno no. Después veré lo
que hago.”
He de decir, que como medida preventiva, yo había pedido que tuvieran el caballo de picar preparado. El problema fue que lo habían pedido la tarde anterior para picar unos becerros en una ganadería cercana y habían tenido que ir en un camión por él. Yo ya me estaba viendo con los petos puestos, y las orejas y ojos tapados con el trapo negro. Al final todo se solucionó con la llegada del equino.
A
partir de ahí, la sangre torera de estos aficionados se calentó y pudo más
que la responsabilidad que tenían delante.
El ganado salió, lo que se dice " para comérselo". Bravura, nobleza, fijeza, fuerza... Se arrancaron ambas desde lejos al caballo varias veces. Como para llevárselas a casa y practicar todos los fines de semana.
Gastón
salió y tanto en la primera como en la segunda, con el capote dio unos lances,
basado principalmente en la quietud. Quitó y colocó ante el caballo varias
veces con torería, y remató incluso con una media. Con la muleta, citó con la
derecha con temple y fue acoplándose en las series cada vez más confiado. Con
la izquierda llevó bien varios naturales, apretados y pasándose muy cerca las
vaquillas. Todo con una pasmosa quietud que hace que a veces parezca
imposible como ha pasado el animal sin atropellarle.
René
salió valiente. Quizás encoraginado. Tiene una estupenda colocación y tira de
las reses con dominio y elegante postura. Dio muy buenos pases en
ambas con la derecha y templó en otras con la izquierda alargando las
embestidas. Solo le faltó en alguna ocasión más confianza en sus buenas
maneras, y relajarse, pues su concepto es magnífico y quizás, el querer hacerlo
con tanta perfección como lo concibe, le haga a veces perder un poco la
colocación. Si se "centra", ligará mejor y se encontrará más a gusto,
pues los inicios en cada serie son estupendos.
El público les aplaudió y animó, apreciando cuanto hicieron, que fue bastante, y sobretodo reconociendo el esfuerzo y el valor que demostraron en todo momento, teniendo en cuenta que era la primera vez que actuaban "con caballo " y con eralas tan serias.
Pero, allí se notaba desde el principio que faltaba algo, y que sin embargo, se palpaba en el ambiente. Era como si el hasta ahora, siempre protector y consejero en las otras actuaciones, el maestro Mario Carrión, les estuviera desde la distancia llevando y diciéndoles: “¡cruzate más!, ¡llámala otra vez!, ¡adelanta la muleta! ¡remata y vete!.” Creo, que desde que Maoliqui preguntó “¿Y el maestro del pelo blanco?”, se realizó la transformación, se fueron los temores y se sintieron protegidos como cuando él está cerca de ellos.
A este "duende" no fui ajeno yo. Llevaba todo el tiempo viendo como embestían las eralas, una y otra vez, con tanta clase y repitiendo una y mil veces sin cansarse, y diciéndome: “¡como disfrutaría Mario ahora mismo si estuviese aquí! ¿Qué le haría con el capote a esa colorá, con la cadencia que embiste? ¿Y con la muleta? Se la reliaría al cuerpo de tantos naturales.”
En
esas lamentaciones estaba, que algo que no sé de dónde brotó, me hizo decir ( o
creo yo que dije), “no meterla que le voy a dar yo unos pases.” Cómo lo diría,
si es que salió algo de mi garganta, que no echaron cuenta, y metieron a
la brava erala para adentro, que bien se lo había ganado.
Percibí algo
así como si me hubiesen pegado un empujón, y me parecía, o sentía, que había

dejado pasar un momento de mi vida que no volvería más. Era como sucede en las
películas, que la chica mira y sonríe al muchacho sin conocerlo, en el
ascensor, y enseguida tienen un romance. ¡Pues a mí me había sonreído y no lo
había aprovechado!
Debo decir, que mi experiencia torera, aparte de mi afición y devoción por Curro Romero, es la de llamarme Mihura, con H---o sea más letras y menos dinero que el ganadero de Zahariche--- mi relación de parentesco por estar casado con una hermana de torero y estar ellos emparentados con una estirpe como los Martín-Vázquez. ¡Ah! y de una ocasión anterior de estas actuaciones, creo la primera, en que invitado salí y di dos atropellados mantazos que supusieron mi bautizo torero.
Y sucedió algo que todavía no me explico. La segunda erala, la negra había sido como la primera. Para mí más grande y con más cuerna. Yo creo que había, ya no deseado, sino maldecido viéndola, el que Mario no estuviese allí; pues después de la primera oportunidad perdida, ahora estaba convencido que con su presencia me hubiese dicho como otras ocasiones: "¿Antonio, te atreves a darle unos pases?" Pues esta vez, sí que debí decirlo lo suficientemente fuerte, porque creo que fue algo así: “Dejadla ahí, que le voy a dar yo unos pases.” Y le pedí al fotógrafo que estaba a mi lado: “Procura tomarme antes de que me tire para que parezca que le doy el pase.”
Juro
que salí y si me toman el pulso ni lo encuentran. Vamos, que si me pinchan no
echo ni sangre. Creo que el corazón se había parado. No andaba: flotaba.Había
tomado la muleta y el estoque simulado de René, quién me dijo algo así "¿de
verdad que quieres hacerlo?" A lo mejor le contesté algo, no sé. No era yo. Me
di cuenta después.
Me
fui lentamente para el animal. Creo me decían que se arrancaría pronto. Tardó
todo lo que quiso y más. Esto me hizo pensar,---- a pesar de todo---,”¿qué
habría hecho Mario si estuviese aquí?" Me pasaron volando por la
mente todas las fotos que he visto en sus albunes, recuerdos de su
estupenda carrera. Y las cosas que en estas actuaciones le he visto hacer, así
como de sus recientes faenas en México, en el homenaje que le tributaron
por los 50 años de alternativa. En
ese momento, el animal se vino hacia mí, y yo, como sí de una transmutación se tratase,
quise ser en ese momento Mario Carrión.
No sabía hasta que lo he visto, lo que había hecho. Creo que cuatro pases. Pero en ese momento deseaba con todo corazón que aquello lo estuviese haciendo Mario. Por supuesto que nada parecido a lo que él hubiese conseguido, pero con toda la diferencia propia de un advenedizo, yo estaba convencido que estaba transportando su presencia a la placita en ese momento.
Me retiré dignamente con la muleta recogida, y aunque oía que me animaban a seguir, ya se había roto el hechizo, yo estaba en la realidad, y empezaba a lamentar mi atrevimiento.
Solo me queda pedir perdón por no haber sabido clonar mejor a mi querido cuñado y Maestro, y dar las gracias a mis amigos por dejarme realizar esta locura y a los que consiguieron captar ese momento mágico, que quedará plasmado para mis nietos.
FOTOS
1.
Mario Carrión en un tentadero en México (Mayo, 2005).
2. Gastón
Ramírez en un ajustado natural,
3.
René Arneodau termplando derechzo
4. Antonio Mihura en un pase por alto de pitón a rabo,
5
...bordando un derechazo,
6. ...y rematando con gracia sevillana.