Aunque regularmente mi esposa Sally y yo pasamos una temporada en Sevilla con mi cuñado Antonio Mihura y mi hermana Mari Carmen, con la intención de mantener los lazos familiares, y de no dejar que se me marchiten mis raíces sevillanas, siempre lo hacemos en una época cuando yo, además de cumplir con esos deseos, también pueda saturarme de ver toros
Sin embargo, especiales circunstancias no nos permitieron viajar a España durante la temporada taurina de 2003, y decidimos hacerlo en diciembre, ya que mi cuñado, mi hermana y los sobrinos nos habían insistido hace mucho tiempo en que pasásemos con ellos alguna vez las fiestas navideñas.La idea creció en mi, pues desde el 1955, el año en cual tomé la alternativa de matador de toros, no había pasado las Navidades en Sevilla. Desde esa fecha hasta mi retirada en 1960, había pasado las Navidades en Sudamérica, en donde me hallaba toreando, y luego en los Estados Unidos en donde he vivido desde entonces. Exponiéndole mi anhelo, convencí a Sally, a la que como a mí le costaba trabajo el, por primera vez, no pasar esas fiestas junto a nuestros hijos y sus familias. Mis razones fueron convincentes, pues el 14 de diciembre nos hallamos embarcados en un avión rumbo a España.
No voy a exponer los pormenores de esa visita, pues ese no es objeto de esta vivencia. Solo
mencionaré el que lo pasamos a lo grande y que las nuevas experiencias me hicieron revivir unos tiempos pasados, que en el caso de España no fueron los mejores, aunque los recuerdos de esos tiempos son inolvidables. Especialmente los del invierno del 1955 cuando, con mi recién estrenado doctorado, soñaba con ser figura del toreo. También este viaje me hizo realizar con satisfacción que ahora en la próspera España son muchos los que pueden gozar plenamente de los excesos navideños, mientras que entonces, en una España cuya economía mostraba las cicatrices de la Guerra Civil y de los efectos del aislamiento en que nos tenía el mundo occidental democrático, éramos pocos los que teníamos cierto bienestar para hacerlo.
No esperaba durante esta visita invernal de disfrutar de nada relacionado con los toros, a lo más alguna que otra tertulia con algún aficionado o taurino, pues en este tiempo el espectáculo taurino se traslada a América, o en España entra en un estado soporífero de hibernación. Pero no sería así, pues sorpresivamente me vi envuelto en la organización de una fiesta taurina privada y participé activamente en ella. Así sucedió.
Al llegar a Sevilla, mi cuñado Antonio me dijo "¿estás listo para torear unas becerras?". Creyendo que era una broma le contesté "estoy listo para comer turrón, pavo y mucho jamón, enseñarle a mi mujer los nacimientos y presentarle a Melchor, Gaspar y Baltasar, los Reyes de Oriente". Añadió, "hablo en serio, nuestro amigo René ha llamado diciéndome que, como habéis hablado muchas veces, quiere comprar un par de becerras para torearlas contigo. Así que, siguiendo el consejo del torero "Curro Puya", he hecho arreglos para que vayamos a Carmona a hablar con "Maoliqui", pues tiene unas becerras bravas.". Hagamos un paréntesis, antes de relatar los resultados de esta conversación, para presentar a René, el causante de esta aventura taurina.
René Arneodau es un hombre francés- americano y sevillano por adopción, con alma torera y corazón artístico, a quien el deber le ha llevado a seguir los pasos de su progenitor para convertirse en acomodado y dedicado hombre de negocios. A finales de la década de los ochenta conocí a René en Baltimore, Estados Unidos, en donde él residía temporalmente. Era entonces un joven de alrededor de 25 y, a pesar de nuestra diferencia de edad, inmediatamente nos hicimos buenos amigos, pues a los dos nos unía la pasión por los toros. Luego, con nuestro amigo Jim Toland y otros aficionados fundamos la Peña Taurina de Maryland. Las actividades de la peña, que incluían viajes para reunirnos con socios de otras peñas, con los que teníamos coloquios y hacíamos demostraciones de toreo de salón, nos ayudaron para cimentar nuestra amistad. René que de más joven había tenido aspiraciones toreras, expresaba a menudo el deseo de que algún día toreásemos alguna becerra.
El 1993 el amor de una mujer y el sentido de responsabilidad hicieron que René dejara atrás la vida
menos complicada que llevaba en Baltimore, para regresar a Francia y tomar el timón del negocio familiar. Pero esto no fue el fin de nuestra amistad, pues René hizo un hábito el ir anualmente a las ferias sevillanas en la primavera y en el otoño, y de visitar Baltimore en el verano. En Sevilla una y otra vez asistimos a los toros, para luego pasar horas de tapeo juntos con mi familia, envolviéndonos en eternos coloquios sobre toros, y de alguna manera siempre salía a relucir en la conversación la intención, como decíamos en broma, de torear juntos una vaquilla en 'un mano a mano'. Pero la ocasión no llegó hasta este sábado 10 de enero de 2004 cuando el francés se encontró cara a cara con este sevillano en la pequeña plaza de toros de La Venta y Escuela Taurina "El Tentaero', en las afueras de Carmona, a media hora de Sevilla.
Unos días después de mi llegada a Sevilla Antonio me llevó a Carmona para vernos con "Maoliqui", una antiguo novillero que ahora es el dueño de la Venta y Escuela Taurina "El Tentaero". Después de Antonio hacer los arreglos económicos y gastronómicos para el almuerzo que seguiría al toreo, y de yo asegurarme que las becerras eran de casta y no estaban toreadas, elegí con "Maoliqui" un par de eralas a propósito para la ocasión.
El negocio de "Maoliqui" es redondo, pues al lado de la venta, que se encuentra a la espalda del Parador de Carmona,
ha construido una bonita plaza de toros dotada de todas las facilidades para manejar el ganado y con un tendido que acomoda más de un centenar de personas. Compra ganado bravo a diferentes ganaderos, para luego vender la bravura para que se entrenen los toreros o se diviertan los aficionados. Y el ciclo del negocio lo cierra matando a las reses en el matadero anexo, para luego vender la carne, transformada en suculentos platos, en el restaurante de su venta. Otra actividad de este activo hombre es la de apoderar a la novillera Vanesa Montoya, una joven de 19 años, nacida en Triana, a la que invitamos para que toreara en la fiesta. Todo estaba en regla. Ahora solo se necesitaba que el maestro francés no se rajara y llegara de Francia.
René no falló, llegando un día antes de la cita en Carmona. Por la tarde, después de almorzar juntos, entrenamos un poco con Antonio, quien se había animado a hacer su debut como practico en Carmona, La practica fue breve, pues tuvimos que irnos de tapeo con nuestras esposas para darle la bienvenida a nuestro estimado diestro francés.
El sábado el buen tiempo nos acompañó, pues al llegar a la venta a eso de las doce lucía el sol en un límpido cielo andaluz y la templada temperatura parecía más peculiar de una mañana de primavera que de un frígido día invernal.
En el tendido de la plaza se hallaban una veintena de invitados, formada por mi familia y amigos, a los que se les habían unido aficionados locales que al enterarse del asunto habían acudido a la plaza para presenciar el evento.
Si tuvimos suerte con el tiempo aun más la tuvimos con una de las becerras, cuya bondad y bravura y
persistencia permitieron que unos nos divertiríamos toreando y otros viendo. Yo paré la erala, y luego la becerra, respetando mis canas, me permitió lucirme con capote y muleta, como en mis buenos tiempos lo hacia con animales serios. Para mí esto tuvo su importancia, pues mi hermana Mari Carmen, quien la pobre cuando era una chiquilla se pasaba las horas rezando con mi madre las tardes cuando yo toreaba, tuvo la ocasión de, por primera vez, disfrutar viéndome actuar con un animal bravo. René nos sorprendió ejecutando con elegancia, seguridad y decisión varias tandas de buenos pases. Antonio tuvo un debut afortunado, pues dio unos pocos pases con la muleta, no muchos, pero buenos como los de su ídolo Curro Romero. El buen aficionado sevillano Rafael Castro, se tiró de espontáneo, y nos dio el susto, pues al completar un ajustado derechazo, fue volteado por la becerra, sin otro resultado que herirse el ego.
La sorpresa de la tarde la proveyó la novillera Vanesa Montoya, quien al torear esa y otra becerra, mostró poseer empaque y arte agitanado, cabeza lidiadora y valor como para tenerla en cuenta. Condiciones para ser torera las tiene, lo que necesita es suerte.
La otra becerra fue otra historia. Tenía casta y genio malos, y aun peores ideas. Pedía toreros que se pelearan con ella. Y como yo, a mis setenta abriles, ya no quiero pelearme con nadie ni con nada, y mis protegidos carecen de experiencia, invité, con el permiso de René, a Antonio Ramírez, un novillero de Carmona, que se encontraba en el tendido, y a Vanesa a torear la becerra. Los dos estuvieron valientes y encelándola le sacaron algún partido, al precio de soportar achuchones y un par de volteretas. Fueron fuertemente aplaudidos, como todos los que actuamos anteriormente, por un público amigable y familiar.
El almuerzo que se sirvió en el comedor de la venta después del toreo fue tan bueno, o mejor, que la primera becerra. Los platos que se quedaron vacíos fueron las muestras del buen gusto de la sabrosa comida casera que "Maoliqui" y su hijo Carlos nos prepararon.
La sobremesa se extendió por un par de horas. Se comentó alegremente los pormenores de esta inesperada fiesta taurina, que para algunos de los comensales era una fresca experiencia.
La fiesta no terminó en la Venta "El Tentaero", pues luego subimos al magnífico Parador de
Carmona, para tomar café y copa en uno de sus suntuosos salones, que está decorado al estilo medieval. Después, antes de partir para Sevilla, pasamos a la terraza adjunta, para desde allí deleitar nuestra vista con el bello paisaje, formado por la fértil Vega de Carmona, que desde el fondo del paredón del castillo se extiende y se pierde en el horizonte. Como para inspirar a nuestro amigo Antonio Zambrana, el conocido pintor sevillano que nos acompañaba.
Este fue el fin de una jornada en la que René cumplió su deseo de compartir el toreo conmigo, en la que mi cuñado Antonio, por primera vez, experimentó ese especial cosquilleo que se siente al pasarse cerca un animal bravo, por pequeño que sea, y en la que yo tuve el gusto de ofrecerles a mis familiares y amigos unas muestras de mi toreo con una noble becerra en la placita de una venta, un simulacro de lo que años atrás me atrevía hacer con los toros en importantes ruedos.
FOTOS:
1. Vanesa Montoya, Mario Carrión, René Arneodau y Rafael Castro en el ruedo de "El Tentaero"..