EN LA PEQUEÑA PANTALLA
CORRIDA DE LA BENEFICENCIA: UNA OREJA Y POCO MAS
Por Mario Carrión


El 10 de junio, cuatro días después de concluir la Feria de San Isidro, se celebró la tradicional Corrida de la Beneficencia en la Plaza Monumental de la Ventas en Madrid. El cartel lo componían Manuel Jesús "El Cid", Serafín Marín y Matías Tejela para lidiar toros de "Alcurrucén". Originalmente estaban anunciados César Rincón y "Morante de la Puebla", pero no pudieron actuar por diferentes causas, el colombiano por estar recuperándose de una cornada y el sevillano por haberse retirado temporalmente de los ruedos.

La combinación era interesante, pues los tres diestros habían sido los triunfadores de San Isidro y además de los tres se eparaba que hicieran lo imposible para obtener otro triunfo en Madrid, para de esa manera solidificar el avance que habían obtenido con sus actuaciones en esa feria. De los tres solo uno lo haría.

Como el festejo fue televisado por TVE y TVE Internacional millares de aficionados de todo el mundo, y yo entre ellos, tuvimos la ocasión de observar en la pequeña pantalla que Manuel Jesús "El Cid" reivindicara su gran actuación en la ultima corrida de San Isidro con los 'victorinos' y que Marín y Tejela dejaran que se les escapara un triunfo, al no acoplarse con el buen toro que le correspondió a cada uno.

Los toros de "Alcurrren" estuvieron bien presentados y aun mejor armados y tenían el peso justo para satisfacer a la afición madrileña. Los tres primeros astados, sin ser extraordinarios ni bobalicones, pues necesitaban que se les diera la lidia apropiada, fueron nobles y manejables, siendo el mejor el primero. Los tres de salida no parecían tener las condiciones para el triunfo, pues embestían sin fijeza y algo sueltos, por lo que los diestros no se esforzaron en lucirse ni con los lances de recibo ni en quites, pero los toros cambiaron para buenos en el último tercio. Los tres últimos astados no se parecían en conducta asus hermanos. El cuarto blandeaba y humillaba poco y al final del trasteo con la franela se echó vencido y tuvo que ser apuntillado por un subalterno. El quinto fue tan débil que sabe Dios cuales serían sus condiciones, pues al no devolverlo a los corrales el presidente, se armó tal bronca que Marín tuvo que desistir de hacer faena, deshaciéndose del inválido animal de una estocada; y el último de la tarde fue el de peores condiciones para la lidia. Era manso y embestía rebrincado y con la cara alta, o sea no apto para el lucimiento. Tampoco en la segunda mitad de la corrida los diestros se hicieron notar con el capote, aunque en verdad ninguno de los últimos toros lo permitía.

Lo bueno de la tarde lo hizo "El Cid" con su suave muleta al 'alcurrucén' que abrió plaza. Después de unos pases de tanteo, se llevó al toro a los medios para citar de largo y ligar una buena serie de derechazos, bajando la mano y llevando largo al naimal. Le dio sitio de nuevo, pero el animal tardaba en arrancarse y se paraba después de cada pase. Al citarlo de cerca, el toro comenzó a repetir, permitiendo al maestro ligar tres excelentes series de naturales, aunque entre serie y serie había pausas, que robaban algo de intensidad a la faena. "El Cid' es el rey de natural y de nuevo lo mostró en los que dibujó el jueves, eran largos y templados llevando la muleta plana y dando suaves toques en los momentos oportunos, y tampoco se queda corto en los ajustados pases de pecho con los que remata las series. Al pinchazo y estocada con que remató al animal, les precedió tres elegantes ayudados por bajos. Los espectadores comenzaron a sacar unos cuantos pañuelos, que por segundos se multiplicaban, hasta que la petición se hizo mayoritaria y el presidente concedió la única oreja de la tarde, con la que "El Cid" dio una aclamada vuelta la ruedo.

Ese sería el único trofeo concedido y la única vuelta dada en el festejo. También sería la única media hora brillante de la tarde, pues luego la corrida se hundiría poco apoco, conforme otro toro salía al ruedo. Como se ha anotado, el cuarto de la tarde fue flojo y también se quedaba corto en las embestidas, con él el sevillano estuvo voluntarioso y cuando lo tanteaba por bajo para ahormarlo para la muerte, el toro se acostó como si sacara un pañuelo blanco para rendirse, teniendo que ser apuntillado por el puntillero, mientras que "El Cid" reflejaba su desilusión en su rostro, pues por segunda vez este año su sueño de abrir la Puerta Grande de La Ventas se le esfumaba.

Desde aquí en adelante se hace desagradable comentar sobre la corrida, pues es difícil explicarse lo que les ocurrió a Marín y Tejela en sus primeros toros, dos astados con condiciones casi similares al primero, aunque algo más inferiores, con los que ambos no se acoplaron en las faenas de muleta. Estuvieron decididos y valientes, pero a los dos les faltó temple y mando, dejándose enganchar la muleta demasiadas veces y sin llevar a los toros embebidos en la franela. Parecía que el temple, el mando y la imaginación para usarlos que, sin duda ellos atesoran como han probado con sus grandes faenas en la Feria de Abril sevillana y en el pasado San Isidro, esa tarde los habían dejado en el hotel. Las faenas carecían de coordinación, una serie de pases estaban bien construidos y promovían los aplausos en el público, y por el contrario la próxima serie contenía pases en los que el toro seguía su camino sin nada ni nadie que lo guiara, y claro el público cesaba su palmoteo. Los dos mataron de una estocada a sus primeros y los espectadores guardaron silencio.

Fue una pena que los dos jóvenes maestros no tuvieran material para desquitarse en la segunda parte de al corrida. Primero el catalán se vio obligado a cortar la faena del inválido quinto a petición del respetable, ya que la lidia se había realizado bajo una lluvia de protestas, causadas por la endeblez del animal y por el presidente no retirarlo. También mató con facilidad y de nuevo Marín oyó un momento de silencio, que lo exoneraba del descalabro, pero luego la bronca arreció al arrastrarse el toro, y las protestas se oirían en China cuando las dirigían al presidente por no haber retirado el inválido. Por otro lado, Tejela pechó con el garbanzo negro del encierro, que se lidió en sexto lugar, un manso que embestía con al cara alta y a trompicones. El madrileño estuvo decidido con el incómodo manso, sacándole pases sueltos aquí y allí y buscándole las cosquillas para ver si podía conseguir lucimiento, pero no había maneras y mató fácilmente para de nuevo oír el silencio de los espectadores que llenaban las tres cuartas partes del aforo de la plaza.

Como es tradicional el Rey Juan Carlos ocupó el Palco Real y siguiendo el protocolo los tres espada le brindaron su primer toro. Su Majestad abandonaría la plaza pensando que le ha tocado ver mejores Corridas de la Beneficencia que la que acababa de presenciar.

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