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VIVENCIAS DE
HACE MEDIO SIGLO: |
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Desde que me
retiré del toreo activo en 1959, he tenido la fortuna de llevar una vida
profesional y familiar muy activa y rica en experiencias, lo que me ha
permitido vivir lejos del Mundo del Toreo en los Estados Unidos con cierta
nostalgia pero sin, a menudo, pensar en
lo que fui o dejé de ser en ese carismático mundo.
No obstante, el
haber sido un torero profesional durante casi diez años me marcó para toda la
vida, identificándome como torero antes que nada, por lo que los recuerdos de
mis actividades en los ruedos, aunque en algunos momentos de mi vida he
intentando reprimirlos, parecen haberse afincado en mi mente. Ahora bien esos
recuerdos eran vagos y hasta hace poco se hallaban alojados en mi cerebro sin
orden ni concierto. Sin embargo, al cumplirse medio siglo de algunas de mis más
relevantes experiencias taurinas en esta primera década del nuevo siglo, he
tenido la motivación de mirar hacia atrás para revalidar, darle forma y ordenar
esos recuerdos que flotaban en mi mente para plasmarlos en mis VIVENCIAS DE
MEDIO SIGLO que, de cuando en cuando, las estoy entrando en esta ventana
cibernética.
Para escribir
estas memorias he tenido la suerte de contar con las minuciosas referencias
sobre mi vida taurina, compuestas por recortes de prensa, carteles y fotos, que
mi padre pacientemente recopiló y archivó cronológicamente en diez álbumes. En
realidad cada uno de esos álbumes viene a ser un capítulo biográfico de esos
años en los ruedos. Esto me ha hecho posible el consultarlos para mencionar
sucesos y datos concretos, y así no confiar enteramente en mi memoria para
recordar e interpretar asuntos ya ancianos.
Al cumplirse el
18 de abril de este año 2006 el medio centenar de años de la confirmación de mi
alternativa en la Plaza de Toros Monumental de las Ventas en Madrid, esta
pasada primavera escribí VIVENCIAS DE
HACE MEDIO SIGLO: DE MI ALTERNATIVA A LA CONFIRMACION. En su texto expresaba
mis sentimientos y relataba los hechos sucedidos en el período de tiempo que va
desde primero de junio del 1955 hasta unos días después del 18 de abril del
1956, cuando mi apoderado me confirmó que el éxito obtenido la tarde de mi
confirmación había causado el que mi nombre fuera incluido en el cartel de la
corrida del 15 de mayo del abono de la Feria de San Isidro-1956.
Ahora desde ahí
tomo el hilo de mi historia taurina para continuar relatando lo sucedido
después de ese importante hito en mi carrera en Madrid hasta que en diciembre
de ese mismo año dejé Madrid a bordo de un avión de KLM, rumbo a Quito,
Ecuador, para iniciar mi primera aventura taurina americana.
Como explicaba
en mi anterior vivencia, el haberme quedado fuera de la feria de Sevilla por el
politiqueo taurino, a pesar del año anterior haberme despedido como novillero
de esa afición con éxito, y el no haber toreado ninguna corrida de toros antes
de la confirmación, me había bajado la moral, como también me afectaba el no
haber sido contratado para la Feria de Cáceres de ese año, en donde me hice
matador de toros el año anterior, cortando tres orejas y un rabo. Ahora bien,
el haber superado ese estado síquico para triunfar esa tarde de mi confirmación
en Madrid y el verme anunciado en San Isidro me produjeron una euforia momentánea
que me hizo ver un panorama rosado en el inmediato horizonte de mi carrera en
los ruedos.
Sin embargo, la
realidad fue otra, pues el horizonte no estaba tan despejado como por un
momento me lo imaginaba, pues en vez de torear varias corridas antes de San Isidro como anticipaba, solo
actué en la Plaza de Campo Pequeño en Lisboa el 6 de mayo y en un festival en
Coria (Cáceres) el 10 del mismo mes, además de tentar varias vacas, como
hacia a menudo, en la finca extremeña
de mi amigo el ganadero Emilio Arroyo. Así, que de nuevo contaba los minutos, o
mejor dicho los segundos, para estar otra vez en las Ventas para jugarme allí
mi carrera a una carta, como si todo lo bueno que antes había logrado en los
ruedos durante cinco años y las seis cornadas graves recibidas hasta entonces
para conseguirlo no contaran para nada.
Siendo un buen
torero notable, como yo era, pero no una figura del toreo, era necesario poseer una gran entereza psíquica
y determinación para soportar la continua presión mental que me producía el
saber que para alcanzar una posición alta en el toreo era necesario triunfar a
lo grande en cada actuación. El estar valiente y decidido, el relucir en quites
o en algunas series de muletazos, el que la prensa comente que lo de más clase
y arte que se logró en una dada tarde de toros lo hizo uno, y el que los buenos
aficionados te estimen y halaguen, para un espada que se halla en la cumbre
todo eso es importante, pero para un joven matador de toros que se está
abriéndose camino paso a paso eso significa poco. El necesita regularmente
cortar orejas y rabos y abrir puertas grandes en las plazas de primera categoría
para
remontarse hacia la cima. El simplemente estar bien significa solamente que uno
puede tener algunas más oportunidades para seguir activo y no siempre actuando
bajo las mejores condiciones.
Así que cuando
me vi anunciado en San Isidro no me costó trabajo el asumir que tenía que
jugarme el físico, o la vida, esa tarde en busca del triunfo; eso era lo
natural para mi.
En cambio, me preocupaba cuando pensaba en tantas variables
que estaban en manos del destino que pudieran facilitarme o negarme el éxito en
esa tarde clave para mi carrera. Así que tuve casi un mes para pensar con algo
de ansiedad en las eventualidades que
pudieran afectarme en el desenlace de mi actuación, tales como la calidad de
los toros que me pudieran tocar en suerte, el mal tiempo, el uso de la espada,
mi propio estado físico, el humor del público y otras tantas cosas más que
pueden suceder en una tarde de toros que están fuera del control de uno.
Soñando o despierto unas veces me veía abriendo la Puerta Grande de Las ventas
y otras lidiando sin brillantez a toros intoreables bajo la lluvia y un viento
huracanado, como a veces sopla en Las Ventas. Raramente pensaba en que simplemente
pudiera tener una buena actuación sin obtener trofeos que fue, como veremos
luego, el resultado de mi actuación en San Isidro.
Me he referido
a esos juegos mentales en los que mi imaginación estaba envuelta antes de mi
actuación en San Isidro, como una muestra de lo que ya me había sucedido en
otras ocasiones, y que me volvería a ocurrir en el futuro, pues creo que estas
torturas mentales, que van para atrás y para adelante desde la confianza a la
duda, son la norma para toreros ambiciosos que, sin contar con una
administración influyente, tienen que ganarse los contratos a pulso tarde tras
tarde, sin poder permitirse el lujo de dar un mal paso. Solo una afición que
raya en la locura permite que uno se conserve cuerdo bajo esa continua presión.
Mi preocupación
con Madrid no me incumbía para desmerecer la importancia relativa de mi próximo
paso, que era el de debutar como matador de toros en Portugal. De novillero
contaba con buen cartel en esa nación vecina, habiendo toreado en varias
ocasiones en diferente localidades, pero no había debutado en Lisboa, lo que
haría el 6 de mayo, ya como matador. Esa tarde hice el colorido y elaborado
paseíllo en la Plaza de Toros de Campo Pequeño con los famosos ‘cavaleiros’
Fernando Salgueiro y Pedro Luceiro, el Grupo de Forcados Amadores de Lisboa y
con el matador de toros “Joselillo de Colombia” para lidiar ocho toros de
Antonio de Oliveira Durao. Aunque los serios toros en Portugal se torean
despuntados, el lidiarse enteros, sin picar, supone una dura prueba para los
toreros que tienen que luchar con ellos, dominándolos primero para luego poder
templar sus broncas embestidas.
Superé la
prueba con creces, toreando a gusto con el capote a ambos bien presentados
astados, y con la muleta estuve valiente y dominador con el encastado y
temperamental primer toro de mi lote, y logré componer una artística faena a mi
más manejable segundo cornúpeta, siendo fuertemente aplaudido en mi primero y
dando vueltas al ruedo en el otro. Esto último es el equivalente de cortar
orejas en España pues, como es sabido, en Portugal no se matan los toros en el
ruedo y por lo tanto no se conceden trofeos.
Dos días
después toreé unas becerras en la finca de Emilio Arroyo, que se encontraba
cerca de Coria (Cáceres), pueblo este en donde torearía un festival el 10 de
mayo. El festejo lo había organizado dicho ganadero para que yo tuviera la
ocasión de matar dos toros días antes de mi actuación en Las Ventas. Toreé y
maté bien y los lugareños, entre los que contaba con muchos amigos pues pasaba
largas temporada entrenándome en el campo de esa área ganadera. Se
entusiasmaron concediéndome las orejas y el rabo de los dos animales. Los trofeos no tenían importancia
pues el público fue generoso conmigo. Lo significativo para mí, era en que en
ambas actuaciones en Lisboa y Coria, me había encontrado puesto y dispuesto
para presentarme de nuevo ante el docto público madrileño. Ahora no me quedaba
otra cosa que hacer sino esperar cinco días más.
Regresé a
Madrid el día 14. Allí me encontré con mi apoderado para ponerme al día de mis
asuntos y, al despedirme de él, me dijo con una fúnebre seriedad “mañana
tenemos que arrimarnos”, como si yo no lo supiera, como también sabía que el
‘nos’ sobraba en la frase, pues que el que tenía que arrimarse era yo. Luego
cené con unos amigos de mi peña y después de una animada charla de sobremesa me
retiré tarde al Hotel Inglés, a eso de las doce. Dormí como un lirón y me
levanté tarde y ya no salí del hotel, distrayéndome leyendo, hablando con algún
íntimo amigo que me visitaba y con el mozo de espadas.
Ahora comprendo
que esta conducta no parece tener mucho sentido, pero se repetía durante toda
mi carrera. Siempre unos días antes de una actuación importante nadaba en
contra de una corriente de dudas y me preocupaba pensar en el desenlace de mi
actuación; en cambio, cuanto más se acercaba la fecha de la corrida, la
confianza en mí mismo suplantaba a mis especulativas dudas, y entraba en un
estado de tranquilidad y paz mental que rayaba en la espiritualidad. En cierto
modo esto era como un ramalazo del fatalismo moruno, tan común en los
andaluces, una voz interior parecía que me susurraba dulcemente “has puesto y
vas a poner todo de tu parte para triunfar, por lo tanto no le des más vueltas
al asunto, lo que sea será”.
Por
consiguiente, durante mi estancia en el hotel el día de la corrida, en el viaje
a la plaza con la cuadrilla, en la espera en el patio de caballos y durante el
paseíllo, sentía el lógico miedo por enfrentarme al peligro, pero no especulaba
en el porvenir. En esos momentos solamente pensaba concretamente en que debía
de actuar con conocimiento y valor. Y eso fue lo que conseguí hacer esa tarde
en el ruedo de Las Ventas en la quinta corrida de las nueve del abono de la Feria San Isidro.
El
cartel de la
corrida del Día de San isidro, lo formamos el rejoneador Angel Peralta, Rafael
Ortega,
Pepe Ordóñez y yo que nos encerramos con un buen presentado, difícil y
encastado encierro de Clemente Tassara. Estos toros no nos proporcionaron el
material apropiado para grandes triunfos, no obstante, sin obtener trofeos,
tuve una lucida tarde, estando muy por encima de las cualidades del ganado que
me tocó en suerte, siendo fuertemente aplaudido en quites, al completar mis dos
faenas y al abandonar el ruedo.
Los resultados de esa feria, en general, no fueron brillantes. En el periódico madrileño HOJA DEL LUNES del 21 de mayo, “Don Luis” tituló el artículo en que resumía lo que ocurrió en la feria con el refrán “Mucho ruido y pocas nueces” y daba a los protagonistas unas figurativas notas de
sobresaliente a Manolo Vázquez; de notable a Antonio Ordóñez y Mario Carrión; de bueno a Paco Méndez, Rafael Ortega y Antonio Bienvenida; de aprobado a ‘Antoñete’, César Girón, Joselito Huerta y Pepe Ordóñez; y de suspenso a ‘Chicuelo II’ y Julio Aparicio.
Además, el crítico evaluaba así mi actuación:
A Mario Carrión, sin más que una corrida y
con los peores toros, hay que beneficiarle en puntos aprobatorios, a quien,
además, no se achicó ante la mala suerte y la carencia de ocasión de desquite,
puso a contribución una gran valentía y de sus mejores deseos, y salió de la
plaza entre la ovación y las esperanzas que no ha dejado mermadas su meritoria
actuación.
Me quedé
satisfecho con mi actuación y de como el público había respondido a mis
esfuerzos, pero no contento, como
tampoco me quedaría con los resultados de las dos corridas más que torearía en
Madrid esa temporada. Mi obsesión era abrir la Puerta Grande o cortar orejas, como lo había hecho
de novillero en tres ocasiones, y todavía no lo había conseguido como matador.
Sin otra
actuación entre medio, volví a Madrid el 10 de junio para confirmar la
alternativa al elegante diestro catalán Joaquín Bernardó, ante la presencia del
gran torero mexicano Joselito Huerta. Lidiamos unos toros mansotes de “El
Pizarral de Casatejada”, cuyas dificultades se acrecentaron por el vendaval que
reinaba que hacia flamear los engaños como si fueran banderas en lo alto de una
torre. A pesar de las circunstancias adversas los tres diestros tuvimos muy
buenos momentos y yo perdí la oreja de mi primer toro por pinchar en tres
ocasiones antes de cobrar una estocada.
Aquí cito algunos pasajes de la crónica que con el título de “Sevilla,
México y Barcelona triunfan en la Monumental de las Ventas” que fue publicada
en un diario madrileño. De la corrida decía:
Y con los Pizarral de Casatejada colaboraron
a deslucir la tarde el viento y el frío, que tras amedrentar a los espectadores
de sombra y apretujarlos en el sol, solo tuvieron para distracción del
respetable tres toreros en liza, pretorios de ilusiones, de afanes y ansias de
triunfo...Mario Carrión, Joselito Huerta y Joaquín Bernardó. Sevilla, México y
Barcelona en franca y leal competencia taurina.
En el mismo artículo el crítico juzgaba mi actuación de la
siguiente manera, al mismo tiempo que traía a colación mi mala fortuna con los
lotes en mis tres comparecencias en Las Ventas:
Mario Carrión lleva lidiado seis toros en
Madrid como matador de alternativa. Y con los seis ha respondido a su gran
cartel de novillero triunfador en las Ventas. Pero los seis toros fueron nada
menos que media docena de bureles, mansotes, con genio, con peligrosidad. Y con
los seis Mario peleó, luchó, expuso, aprovechó su oficio para sacar a relucir
su arte allí donde era factible y, cada tarde, fue Mario Carrión aumentando su
cartel en vía de meta de figura excepcional de la torería. Entre la terciada
corrida de Casatejada, el toro fue para Mario, y salió manso y bronco, y Mario
lo toreó a conciencia, con honradez, con arte, y su cartel de gran torero,
subió muchos enteros en Madrid.
La buena prensa
no resultó en muchos contratos inmediatos pues estuve parado hasta el 29 de
julio cuando actué en Inca (Mallorca), toreando antes solamente un festival en
Logroño el 24 de junio y, cuando ya estaba anunciado para actuar en una serie
de corridas consecutivas, esa tarde en
Inca recibí una grave cornada que me quitó de la circulación por casi un mes.
Cuando digo que
el 29 de julio toreé en Inca, debería haber dicho que “hice el paseíllo en ese
ruedo”, pues nada más abrirme de capa para ejecutar unas verónicas, mi primer
toro que, como los demás, pertenecía a la ganadería salmantina de Ramos Matías
Hermanos, me prendió aparatosamente por debajo de la rodilla izquierda para
inferirme una seria herida. Esta era la segunda cornada que recibía como
matador de toros y la séptima en mi corta carrera. No fue la más grave pero sí
la que más miedo me hizo sentir en el momento de recibirla. En las otras
ocasiones las cornadas sucedieron tan rápidamente
que lo único que recuerdo de
ellas es que fui herido, y la gravedad de las heridas, pero no los detalles de
los sucesos. En cambio en Inca recuerdo como el pitón del toro me enhebró las
carnes y el asta del animal se quedó enganchado entre la masa que rodea la
rodilla y los fuertes cordones de los machos de la taleguilla, dejándome
colgado de la cornamenta por unos instantes, y zarandeándome como si yo fuera
un pelele, mientras Máximo González, uno de mis banderilleros, coleaba al toro
y “Torquito", mi peón de confianza, tiraba de mi cuerpo para desprenderlo de las
garras del cornúpeta. Entonces el animal, probablemente asustado por la presa que
tenía enganchada en su cornamenta, sorpresivamente bajó la cabeza y me depositó
con delicadeza en la arena. Entonces se quedó mirándome fijamente, momento que
aprovechó uno de los compañeros que habían acudido a hacerme el quite para
interponer su capote entre toro y torero. No pude incorporarme y fui llevado a
la enfermería por la asistencia. Allí
fui operado de una herida, que el médico en su parte facultativo
catalogó como grave: “herida por asta de toro en la rodilla
izquierda que comienza en la región tibial anterior y sigue en la cara interna
para terminar en el tercio inferior del muslo de unos veinte centímetros”. La corrida
se convirtió en un mano a mano entre el
cordobés José María Martorell y el mexicano Joselito Huerta, quienes
completaban la terna esa tarde.
Al día
siguiente del suceso fui trasladado por avión al Sanatorio de
Toreros de Madrid, de donde me dieron el alta el 9 de agosto para seguir un
tratamiento de rehabilitación. Tuve una lenta recuperación de la herida pues,
aunque el pitón no había roto ninguna arteria o vena importante, había
destruido bastante masa muscular y dañado los ligamentos de la rodilla.
Me dolía más el alma que la rodilla, pues esto sucedía en agosto cuando
la temporada estaba en su apogeo, y cuando yo debería haber estado cosechando
los beneficios de mis buenas actuaciones en Madrid. Perdí de actuar en Lisboa, Barcelona, Jaén y Tafalla más en
otras plazas con las que estábamos en negociación.
Aun sin estar
completamente recuperado, reaparecí el 24 de agosto en Almagro (Ciudad Real) en
una corrida de nueve toros, alternando con Angel Peralta, Dámaso Gómez, Pepe
Ordóñez y Marcos de Celis; y, como la reseña de la Agencia EFE reportó, tuve
una actuación gris: “Mario Carrión realiza una faena sin lucimiento y
termina de una estocada que basta.(Silencio). En el otro faena voluntariosa y
artística, para estocada y descabello. (Aplausos)”.
Sin embargo, el dos de septiembre en la corrida que
inauguraba la Plaza de Toros de
Daimiel, otra ciudad manchega, di la vuelta al ruedo en mi primer toro y
corté las dos orejas y el rabo a mi segundo. Los trofeos fueron importantes
pero aun lo fue más para mí el gustarme a mí mismo toreando y el encontrarme de
nuevo como en casa en la cara del toro, olvidándome del daño en la rodilla y de
mi mediocre actuación en Almagro.
De la Mancha a
Aragón en donde el 8 de septiembre me enfrenté con dos mansos toros de Ramón
Fernández Zumel que pusieron a prueba mi fortaleza física. A mi primero lo
foguearon, horroroso espectáculo que afortunadamente ha desaparecido de la
fiesta al ser sustituidas las banderillas de fuego por las banderillas negras.
No se necesitaba arte para enfrentarse a ese toro, sino lidia y poderío para
dominarlo y matarlo de una estocada. Di una vuelta al ruedo. Más de lo mismo,
aunque sin los fuegos artificiales, sucedió en la lidia de mi segundo toro y en
las de los tres toros de mis compañeros, el salmantino Victoriano Posada y el
mejicano Antonio del Olivar. Todos fuimos ovacionados al quitarnos de en medio
los regalos que nos trajo el ganadero. Solamente el toro último lidiado por el
azteca tuvo clase y se fue sin las orejas al desolladero. A veces, cuando uno
supera las dificultades de toros extremadamente difíciles de lidiar,
enfrentándolos con decisión y torería, produce una intensa satisfacción que
supera a la de obtener apéndices, aunque realmente eso no cuente mucho para el
público general de entonces y menos para el actual, ni tampoco se refleja en más contratos.
Al día
siguiente hice el paseíllo por el ruedo de la Plaza de Toros de Calatayud
(Zaragoza) con Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordóñez para torear toros de
Prieto de la Cal. Esa tarde conseguí ejecutar una gran faena a un toro pero, al
pincharlo dos veces, el premio se redujo a petición y vuelta. Ahora bien, me
queda mal recuerdo de esa corrida, pues estuve envuelto en una controversia, ya
que por haberme tocado el lote de toros de más volumen, un periodista sensacionalista
reportó
que yo no había sorteado, lo que era completamente falso. El asunto traía cola,
ya que se había estado acusando a esas super-figuras de no sortear cuando la
situación lo permitía. Hubo declaraciones de los diestros y sus apoderados en
la prensa nacional. Yo manifesté la verdad, que en mi caso tal cosa no había
ocurrido y si ocurrió consistió en una trampa sin el consentimiento de mi
apoderado o el mío.
La espada no me
falló el día 15 en la corrida con la que se inauguraba la Plaza de Toros de
Villacarrillo (Jaén), pues allí tuve un triunfo sonado al matar bien cuatro
toros y cortar cuatro orejas, dos rabos y una pata a dos de ellos. Creo que lo
de la
pata era excesivo, pero era una manera de premiar lo extraordinario en
los años cincuenta. Afortunadamente esa grotesca e innecesaria recompensa
ya no
está en uso, más que suficiente es el conceder un rabo. La corrida era un
festejo mixto en el que se anunciaba que dos toros de Esteban Gonzáles Camino
serían rejoneados por Angel Peralta y que los otros cuatro serian lidiados en
un mano a mano por Manuel Jiménez “Chicuelo II” y Mario Carrión. Sin embargo, no hubo mano a mano, pues el
diestro albaceteño fue cogido al muletear a su primero y yo tuve que matar los
cuatro astados. Aprovecho aquí para incluir una nota anecdótica. De novillero
yo debería haber competido en un mano a mano con esa valiente figura
del toreo, pero esa vez yo fui quien cayó gravemente herido y él tuvo que matar
uno de mis novillos y también el albaceteño triunfó ruidosamente. Estábamos
casi empatados.
Esa misma noche
salí con mi cuadrilla en un largo viaje para Barcelona para actuar allí al día
siguiente. En el Hispano-Suiza, el potente y clásico automóvil que usábamos la
mayoría de los toreros de esa época para movilizarnos, todos estábamos
eufóricos comentando sobre los detalles de mi gran actuación en Villacarrillo y
anticipando otra salida en hombros en la capital de Cataluña. Sin embargo, ni
en Barcelona, en la corrida que era mi
penúltima actuación de la temporada, ni en
Madrid, en donde puse punto final a mi campaña del 1956, las cosas no me
rodarían como yo deseaba. En ambas actuaciones los imponderables se
interpusieron para impedir que yo hubiese terminado la temporada con notas de
sobresaliente, a pesar de mis esfuerzos.
El día 16 de septiembre en Barcelona Enrique
Vera y yo, quienes nos presentábamos como matadores en la ciudad condal, más
Carlos Corpas hicimos el paseíllo por el ruedo de la Monumental, con una plaza
casi llena. Entonces, en Cataluña había mucha afición, no como ahora, y los
tendidos de ese coso se cubrían a menudo con espectadores. Lidiamos una
cinqueña y correosa corrida de Angel Liguero, cuyos toros hacían honor al
apellido del criador, por la rapidez como se revolvían intentando prendernos.
Vera y yo nos escapamos con solo las magulladuras de un revolcón, en cambio
Corpas terminó en la enfermería con una grave cornada. Lo mejor de la tarde fue
la efectividad con que los tres diestros usamos las armas toricidas para salir
airosos de esa odisea taurina, tanto que se publicó una crónica con este
original título “Formula matemática: 6 toros = 1 pinchazo y 6 estocadas”,
en la cual se dedicaba un párrafo a una de mis faenas:
Mario
Carrión, sevillano él y con ansias de triunfo, brindó a la multitud su primera
faena con la franela, que inició con cinco pases por bajo muy toreros, seguidos
por cinco ayudados por alto buenos de verdad, tres naturales siendo volteado
antes de marcar la salida al astado en el postrero, uno cambiándose el engaño
de mano, y cinco derechazos. Agarró media estocada en la yema, y lo mismo que
la música había acompañado tan gallarda faena, la multitud lo ovacionó mientras
daba la vuelta al ruedo y salía a los medios.
De vuelta a Madrid en el Hispano-Suiza los miembros de mi
cuadrilla seguían de buen humor, pues consideraban mi actuación en Barcelona un
éxito. Por el contrario, yo iba algo compungido, pues hubiera querido reversar
los resultados, que la vuelta al ruedo hubiera sido en Villacarrillo y los
copiosos trofeos los hubiera obtenido en la Monumental. Entonces los triunfos
en Barcelona, aunque no igualaban en prestigio a los de otras plazas de
primera, tenían más repercusión material que incluso los de Madrid, pues en las
dos plazas de toros de Barcelona se daban más corridas que en ninguna otra
plaza del mundo y, si se triunfaba, se sumaban muchos festejos. Pensé “bueno, si no pudo ser en
Barcelona me queda Madrid”.
Sin embargo, el
30 de septiembre en Las Ventas, actuando con el rejoneador José Pérez de
Mendoza, mi paisano
Antonio Vázquez y el mejicano Guillermo Carvajal, quien
confirmaba la alternativa, y lidiando una corrida de “El Pizarral de
Casatejada”, remendada con dos sobreros,
no di ni siquiera una vuelta al ruedo. En cambio, esa tarde sucedió un
hecho, que luego ya retirado en mis conversaciones con los taurinos, nadie lo
ha mencionado, ni yo tampoco me he esforzado en recordarlo hasta ahora: en un
toro oí los tres avisos.
Entonces,
consideré un fracaso este suceso, pues estaba muy disturbado para evaluar
racionalmente lo sucedido. Hasta tal punto, estaba tan cegado que no aprecié la
reacción positiva del público ni las buenas y justas criticas de que fui
objeto. Tampoco aprecié que muchos de mis partidarios vinieran después de la
corrida a la habitación del Hotel Inglés para darme la enhorabuena ---cuando
debiera haber sabido que la primera señal de fracaso es que raramente un amigo
o partidario se presenta en la habitación de uno---. Ni incluso me animó la
rara reacción de mi apoderado y primo Manolo Martín Vázquez quien, por norma,
siempre encontraba algo que criticarme, aunque cortara orejas o abriera una
puerta grande. En cambio, esta vez me animó y me dijo que en el ruedo hice bien
todo lo que era posible hacer, y para convencerme me forzó a oír esa noche al
duro crítico radiofónico “Curro Meloja” de Radio Madrid,
quien en la crónica radiofónica de la corrida emitió comentarios positivos sobre mi actuación.
Aun así, por la
noche me fue difícil reconciliar el sueño, temiendo lo que la prensa del día
siguiente pudiera decir de mí. Pues bien, tuve buena prensa. Según FIESTA
BRAVA, esto es lo que sucedió esa tarde en el ruedo madrileño:
La
desgracia persiguió toda la tarde a este buen torero que es Mario Carrión, su
primero rechazado por abecerrado, fue el de Escudero Calvo que debía
lidiarse....el sobrero, un torazo, viejo y con sentido, acusó gran peligro por
el pitón derecho, por lo que el macareno, decidido y torero, lo toreó por
naturales aguantando horrores hasta que en uno de los pases le tiró un hachazo
que le partió la taleguilla por la ingle izquierda. Sin perderle la cara
continuó Carrión exponiéndole más que lo el marrajo merecía, y tras un pinchazo
dejó una estocada corta que merecía la muerte. El toro cabeceando y con medias
arrancadas impedía el descabello, tras numerosos intentos el tiempo transcurrió
sonando los tres avisos, y el toro, que no pudo seguir al cabestraje, fue
apuntillado en el ruedo desde la barrera, después de varios intentos del
puntillero, prueba de la forma que se defendía el animal. El público reconociendo la voluntad y el
valor del espada, le hizo objeto de una gran ovación de desagravio.
En
el sexto de Prieto de la Cal, torazo corraleado que dio en la báscula más de
seiscientos treinta kilos en bruto y que hizo una brava salida, Carrión lo
recogió con cinco verónicas enormes y media belmontina que le ovacionaron con
clamor. El exceso de kilos y el haberle pegado bien el picador de turno,
hicieron que el toro fuese a menos hasta convertirse en un auténtico
marmolillo. Carrión jugándose todo y en afán de desquite, intentó torear al
natural y en redondo, quedándosele el enemigo en mitad de los pases, pese a lo
cual le pisó terreno comprometidísimo. Mató con brevedad y al abandonar la
plaza lo hizo escoltado por un gran aplauso.
Mario
Carrión hizo grandes quites a lo largo de la corrida, premiándose su actuación
con el capotillo con olés y ovaciones.
Desde que comencé mi carrera yo acostumbraba a residir en
Madrid durante la temporada taurina, pasando algunos días entre mis actuaciones
en la finca que unos amigos míos tenían cerca de El Escorial, para así evitar
las distracciones de la capital. Al concluirse las temporadas regresaba a la casa
de mis padres en Sevilla, y esto hubiera hecho después de la corrida de Madrid,
con mas razón que nunca pues seguía inquieto por no haber conseguido el triunfo
con corte de orejas que buscaba con una pasión ciega. Sin embargo, como me
había comprometido a torear dos festivales, uno el 12 de octubre en Getafe
(Madrid) y otro el 28 del mismo mes en Daimiel (Ciudad Real), decidí quedarme
en la capital hasta después de actuar en esos festivales, y también aproveché
la ocasión para pasar tranquilamente unos días en la finca de mis amigos cerca de El Escorial, lejos del mundanal
ruido.
No existe mejor remedio para levantarle el ánimo a un torero
que el torear a gusto, bien sea en el campo o en festivales, y el uno saber que
pronto va a tener de nuevo la oportunidad de hacer lo mismo en una corrida de
toros. Pues ambas cosas me sucedieron antes de volver al hogar familiar de
Sevilla.
En los festivales me divertí toreando sin presión,
haciéndolo para mí mismo, teniendo al mismo tiempo la rara ocasión de alternar
con dos maestros retirados de otra generación taurina, en Daimiel con mi primo
Manolo Martín Vázquez, y en Getafe con Pepe Bienvenida. Y con respecto a torear
otra corrida de toros, al volver a Madrid después de actuar en Daimiel, tuve una gran sorpresa al enterarme que no
tendría que esperar todo el invierno para de nuevo hacer el paseíllo vestido de
luces en una plaza de toros.
Resulta que
el entonces novillero ecuatoriano Fernando Traversari “El Pando”, quien
capitalizado por un aficionado quiteño, estaba organizando una mini-feria en
Quito, la capital de El Ecuador, me
ofrecía un ventajoso contrato para actuar en diciembre en dos corridas en esa
ciudad, con la opción a torear en otras
ciudades del país si tuviera éxito en la capital. Por consiguiente, acepté el
contrato y acordamos que el 16 de diciembre haría mi debut en Quito, alternando
con Victoriano Posada y el mismo “El Pando”, quien ese día recibiría la alternativa.
La noticia de mis próximas actuaciones en América fue dada a
conocer por los medios de comunicación y eso causó que en la prensa taurina que
se me hicieran entrevistas para saber mis reacciones y los pormenores de mis
próximas actuaciones en Quito. Existía curiosidad pues hacía algún tiempo que
no se organizaba una temporada taurina con toreros españoles en Quito.
El último día de octubre solamente mi cuerpo volvía feliz a
Sevilla en tren, pues mi espíritu ya se encontraba en América pegando naturales
para abrir un nuevo y determinante capítulo en mi vida...pero esto es otra historia.
En Sevilla
llevé una vida familiar y en vez de tomar un respiro temporal de la disciplina
de total entrega al toreo, como por norma hacia en los años anteriores, seguí
entrenando y toreando en el campo para
estar apunto cuando hiciera mi primer paseíllo en un ruedo americano.
También en
Sevilla tuve tiempo para recapacitar objetivamente sobre lo que había sido mi segunda
campaña como matador de toros. Concluí que, debido a las circunstancias
adversas, no había alcanzado el objetivo que me había propuesto al iniciar la
temporada; no obstante estuve convencido que había puesto todo de mi parte para
tratar de conseguirlo, dejando constancia en donde toreé de mi determinación y
valía torera. Como mi meta era la de ser figura, mi propósito en el año 1956 había
sido el subir unos escaños en el escalafón de matadores de toros, usando como
trampolín la plaza madrileña de Las Ventas. Eso no sucedió, pues ni subí ni bajé
escalones, pero pensé que a pesar de ello ese año había dejado un buen cartel
para de nuevo en la próxima temporada tener otras oportunidades en España y
tratar de nuevo usar principalmente el ruedo madrileño como punto de partida.
Además, anticipaba que mis actuaciones en América me permitirían estar bien
preparado para enfrentar al toro español en 1957.
Concluyo estos recuerdos citando al popular critico K-ito quien, en su artículo de resumen de la temporada europea del 1956, publicado en DÍGAME en noviembre, definía concisamente mi situación:
En
la terrible lucha por sobresalir en la profesión taurómaca se va consolidando
la figura del torero de la Macarena, que une a su denuendo las florituras de la
escuela de Sevilla. Paso a paso se abre camino Mario Carrión a impulsos de su
excelente calidad torera. Y mérito es brillar con luz propia en la compacta
masa de matadores de toros.